Aparte de la muerte repentina y prematura de Robert Kramer, un gran cineasta americano que en España es un absoluto desconocido, lo que más me ha impresionado de esta semana es una película, curiosamente americana, que pese a ello tiene grandes posibilidades de ir directamente, como su preciso pero nada comercial título sugiere, al mismísimo "Limbo", pese a tratarse de la última obra de John Sayles, el gran realizador de Passion Fish, City of Hope, Lone Star, El secreto de la isla de las focas u Hombres armados, es decir, uno de los pocos que mantienen vivo al cine de su país.
Es, ciertamente -el título lo demuestra- un cineasta independiente, pero no deja de ser curioso que los mismos que le elogian su libertad y su condición de francotirador luego le reprochen que no se atenga a las normas convencionales de la narración dramática, lo que sería un contrasentido, ya que sus personajes, austeros y poco quejumbrosos, no exteriorizan el drama que llevan dentro, y que es, en este caso, llegar a cierta edad sin haber echado raíces, establecido relaciones firmes y satisfactorias ni haber creado nada, sino seguir un tanto sin rumbo, tratando de sobrevivir, en la soledad helada aunque hermosa del último confín de su país, Alaska.
No sorprende nada que en una película de Sayles estén perfectos todos los actores, en su mayor parte poco o nada conocidos (David Strathairn, Vanessa Martinez), porque eso es en su cine lo habitual, y a ello ayuda siempre que, como guionista, sea un gran creador de personajes y un fino dialoguista, pero Limbo nos depara, a pesar de ello, una novedad: además de estar espléndida como intérprete, tanto como en Abyss de James Cameron, Mary Elizabeth Mastrantonio se revela como una estupenda cantante "country".
Texto preparatorio para la intervención en El Séptimo Vicio, de Radio 3 (18 de noviembre de 1999)
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