lunes, 24 de marzo de 2025

The Man I Killed/Broken Lullaby (Ernst Lubitsch, 1932)

Como todos los autores que tienen una obra lo suficientemente amplia y compleja, Lubitsch ha sido víctima de los simplificadores: así, al igual que Ford era un director de westerns, Hitchcock de thrillers, Sirk de melodramas, etc., el creador de Broken Lullaby es considerado, en el mejor de los casos, maestro de la comedia frívola, aunque para ello haya que prescindir de varias de sus mejores películas, que tienen el inconveniente de no ajustarse al modelo. Y como en el cine las armas de exterminio son el olvido y el silencio, hoy resulta difícil encontrar un análisis serio de algunas de las obras máximas de los grandes cineastas, simplemente porque se pasan por alto y se omiten comentarios. No hay espacio aquí para acometer el estudio que The Man I Killed merece no sólo por su carácter excepcional en la filmografía de Lubitsch, sino por su excelencia dentro de la misma y del género al que pertenece, el melodrama, pero voy a tratar de apuntar algunas causas por las que considero esta película estrictamente imprescindible y en modo alguno ajena a sus preocupaciones, como ya debía sospecharse por el mero hecho de que la produjese él mismo, en el apogeo de su poder, e interviniese personalmente —junto con dos de sus colaboradores habituales— en el guión.

Es dudoso que haya algún cineasta que no pueda considerarse un manipulador; lo que ocurre es que los hay tan burdos que ni siquiera lo consiguen eficazmente, y que dentro de los más hábiles los hay más o menos honrados. Pocos —tal vez sólo Hitchcock— han sido tan leales con el público y con sus personajes, como Lubitsch; ambos han tenido fama de irresponsables, despreocupados y superficiales, pero a los dos se les reprochó, cada vez que se ponían serios, el abandono de su terreno propio, de modo que no reincidieron muy a menudo, y procuraron recubrir con una capa de ligereza y brillantez la gravedad de las cuestiones que planteaban sus películas. Cuando las han tratado a cuerpo descubierto, como Lubitsch aquí, han sido castigados en la taquilla y por algunos de sus más fervientes «partidarios», que se preguntan qué tiene que ver Lubitsch con el pacifismo, aunque debiera ser obvio que un defensor del placer, la vida y la libertad como él tenía que estar ferozmente en contra de toda guerra, enemiga implacable de cuanto propugna.

Si en 1921 había satirizado —en un estilo grotesco y surreal que prefigura Sopa de ganso— la guerra y sus protagonistas en Die Bergkatze, en 1932 debía vislumbrar la amenaza que se cernía sobre el mundo —en plena depresión económica, mientras se consolidaba en Italia el fascismo y Hitler se acercaba al poder en Alemania— demasiado claramente como para andarse con bromas, y se embarcó en la arriesgada empresa de rodar un breve —setenta y siete minutos— melodrama, que arranca con la brutalidad sarcástica de Stroheim —el desfile del armisticio con un muñón en primer término, la abundancia de tullidos e inválidos y los ominosos uniformes de gala de los vencedores en la misa de acción de gracias, etc.— y culmina con la melancólica generosidad de un McCarey —el de Make Way for Tomorrow, por ejemplo —o un Ford— el de Pilgrimage, They Were Expendable o el episodio de La conquista del Oeste (The Civil War)—, tras seguir una trama de sustitución de la víctima por el culpable de su muerte que prefigura Magnificent Obsession, de Sirk. Se trata de un Lubitsch menos brillante que el de costumbre, más directo, más sincero, creo yo que más grande.

En Casablanca nº 29 (mayo de 1983)

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