lunes, 31 de marzo de 2025

Trouble in Paradise (Ernst Lubitsch, 1932)

Hay comedias que sacrifican a la brillantez, al tono festivo obligado por el género, la realidad de los personajes, la verosimilitud de sus reacciones, la profundidad de sus sentimientos e incluso —cuando no se le puede sacar partido humorístico— la conflictividad de sus relaciones. No es el caso de Un ladrón en la alcoba, película en la que la elegancia y el ingenio de los protagonistas exigían un grado equivalente de ambas virtudes por parte del director que no quisiera traicionarles. Es decir, se trata de una comedia que tal vez ningún otro cineasta hubiese sido capaz de realizar con éxito. El toma y daca inicial entre el famoso ladrón de joyas Gaston Monescu (Herbert Marshall) y la no menos hábil rival Lily (Miriam Hopkins), que se hace pasar por la condesa de Venecia, marca ya el nivel al que ha de desarrollarse toda la película, sin que la entrada en acción de los restantes personajes (Kay Francis, Edward Everett Horton) lo rebaje ni aminore el ritmo.


Si hay —por lo menos— tres Lubitsch, Un ladrón en la alcoba representa al tercero —síntesis de los dos primeros— en todo su esplendor. Hay un Lubitsch inventor de imágenes, creador de modelos a escala reducida del mundo, dramaturgo ingenioso y que se las sabe todas, tan brillante y sarcástico como, por momentos, inhumano, porque la fuerza de la estructura formal y narrativa hace que los personajes no lleguen a cobrar vida y se conviertan en (divertidísimas) marionetas: es el caso, por ejemplo, de una de sus obras maestras absolutas, Ser o no ser. Hay otro Lubitsch, menos preciso y más relajado, más emparentable con el cine de buenos sentimientos que representaron Capra, McCarey o La Cava, en el que lo que importa es, ante todo, la presencia de los personajes: ahí tenemos El bazar de las sorpresas, película muy subestimada, o las incomprendidas —por inasibles— El diablo dijo no y El pecado de Cluny Brown. El tercero consigue equilibrar ambas tendencias en un todo armónico y fluido, sin rupturas, a veces bordeando la banalidad (como en Lo que piensan las mujeres), otras veces aunando emoción y humorismo, como en Design for Living, Angel, Ninotchka o, sobre todo, Trouble in Paradise. La razón de que no todas las películas que aspiran a sintetizar ambas tendencias de Lubitsch estén plenamente logradas, y de que a menudo se vean superadas por obras menos «completas», más «parciales», radica, creo yo, en el variable acierto en la elección de actores; no se trata de que sean mejores o peores intérpretes, sino en su grado de adecuación a la función —tan distinta— que desempeñan los personajes en unas u otras películas. Así, dentro de la extraña tendencia de Lubitsch, acentuada en los últimos años de su vida, a escoger como protagonistas masculinos actores que parecían tontos (Jack Benny, Don Ameche, Monte Blue, Maurice Chevalier) o que podían aparentar obcecación y falta de inteligencia (James Stewart , Melvyn Douglas, Gary Cooper, Fredric March, Charles Boyer), a veces recubierta por un aire mundano y otras por cierta elementalidad, los resultados oscilan entre que un mismo intérprete resulte simpático y brillante (en Ninotchka) o pesado y espeso (en That Uncertain Feeling), entre que su estupidez no moleste y sea funcional (Jack Benny en Ser o no ser) o suponga una relativa limitación (Don Ameche en Heaven Can Wait, Chevalier en todas las que protagoniza). En Un ladrón en la alcoba, en cambio, Lubitsch centró su atención en Herbert Marshall, actor subvalorado pero de enorme inteligencia, con un poso de dramatismo bajo su impecable elegancia y dignidad, que es —aquí como en Angel— el único protagonista de Lubitsch que no me hace lamentar que este director nunca utilizase al actor que imagino como el perfecto héroe lubitschiano: Cary Grant.

En Casablanca nº 29 (mayo de 1983)

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