Desde el pasado viernes se proyecta en Madrid –miren la cartelera en otras ciudades– una película que la prestigiosa sección del festival de Cannes “Una cierta mirada” va a programar.
Pero, como no se den prisa, me temo que sea tarde. Y sería una pena, porque es una película verdaderamente notable. No difícil, ni aburrida, como algunos se han apresurado a decir o insinuar inequívocamente, como si trataran de desanimar al curioso. Ni siquiera, en realidad, tan rara como se pretende: la “rareza” es un concepto relativo, dependa de su escasez (y en ese sentido sí que es rara) o del entorno (pues, a qué les voy a engañar, también: no tiene nada que ver con ninguna otra película de 2006).
Pero es también modesta, simpática y original, dentro de que inmediatamente reconocemos a Don Quijote y Sancho. Ni nos extraña que hablen catalán, unos ratos mucho (Don Quijote), otros muy poco. Todo sucede en escenarios naturales, no hay un interior. Está rodada con medios austeros, pero suficientes, más adecuados al tema y los personajes que inútiles fastos ahogadizos. Sopla el aire en las ramas de los árboles, no hay premura ni discursos, se siente el frescor del agua cuando se bañan. Se nota la servidumbre, sí, pero también el afecto de Sancho por su señor, al que sigue la corriente porque también a él gusta la aventura. Como dos niños, se toman el juego muy en serio, y sin perder la dignidad ni la humanidad. Al fin, después de un año de mucha lata y morralla oportunista, un homenaje personal y sentido a Don Quijote. No hace falta que sea el centenario, cualquier año es bueno, y más vale, se habrá dicho Albert Serra, no ser confundido con el torpe cortejo. Prometedor comienzo de carrera, para Serra hay que pedir ánimos y suerte fuera, que dentro poco caso le harán, como es costumbre inveterada y común en las 17 autonomías.
Texto preparatorio para la intervención en El Séptimo Vicio, de Radio 3. Escrito el 16 de mayo de 2006.
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