viernes, 28 de noviembre de 2025

El imperio Coppola

Relativamente "exigua" en número de películas —unas 25, aunque varias de duración superior a la normal—, para llevar ya cuarenta años en activo (al menos, si se compara su producción con la de los directores de la época habitualmente considerada hoy como "clásica"), la filmografía de Francis Ford Coppola se cuenta entre las pocas del cine estadounidense que todavía podríamos sin excesivo escándalo denominar "reciente" —el realizado precisamente en estos últimos cuatro decenios: empezó su carrera justo cuando se comenzaba a desmoronar el sistema, todo lo discutible que se quiera, que había hecho y mantenido la grandeza de Hollywood— que admitiría, sin inaceptable hipérbole —de las que tan a menudo suscita o provoca el personaje en cuestión, y no digamos tras su definitiva elevación a los altares en el cincuentenario del Festival de San Sebastián y en las casi sincrónicas votaciones decenales de las mejores películas de la Historia del Cine que organiza la académica revista británica Sight & Sound—, el calificativo de imponente, que con mucho prefiero —pese a su desuso— al de "colosal", a veces retóricamente (o por la creciente contaminación de la crítica por la jerga y hasta la intención publicitaria) aplicado a una obra que, junto a grandes superproducciones, cierto es, cuenta también en sus filas con piezas de normal y hasta relativamente modesto —para lo allí usual— presupuesto, y no por ello menos interesantes, significativas, logradas, importantes, impresionantes o emocionantes (que es lo que importa, más que su coste o su rentabilidad, no digamos su recaudación bruta en taquilla) que las que, por su volumen y amplitud, dominan el edificio —un tanto heteróclito e irregular— que poco a poco, con largos periodos de inactividad o trabajosa preparación y elaboración, ha venido construyendo el cineasta.

Dejando de lado sus otras muchas actividades, más suplementarias que verdaderamente complementarias —desde las iniciales de guionista hasta las hoy casi predominantes de empresario vinícola o promotor de revistas literarias o de información general, ahora Story, antes City; ¿será significativo el salto desde el espacio urbano a la narración?— que se disputan con la dirección su tiempo, su energía y su imaginación, e incluso dejando a otros colaboradores hipotéticos de este número de Nickel Odeon las iniciativas colaterales —como la producción de películas, propias o ajenas, o el "rescate del retiro", más bien tentativo (o quimérico e ilusorio) que real, quizá sólo lograra desempolvarlos de una triste capa de olvido, de cineastas admirados como Michael Powell y su puesta en contacto con otros, tanto ya igualmente veteranos como Michelangelo Antonioni o Kurosawa como (entonces) jóvenes europeos tipo Wim Wenders, Werner Herzog, Hans Jürgen Syberberg o Ivan Passer—, y no porque carezcan en si de interés (desde luego, para el propio Coppola a veces parecen tener más atractivo que su carrera como director), sino con el fin de tratar de despejar el abigarrado campo de visión que se nos ofrece, a primera vista, cuando contemplamos los trabajos (titánicos pero, desde fuera, de apariencia un tanto perezosa) de Coppola en su totalidad o en conjunto: bastante problemática resulta ya la unidad de su obra "personal" como para entretenerse en sus otras múltiples labores, que más bien añaden confusión, dispersión, desconcierto y hasta contradicciones difíciles de conciliar o de abarcar que orden y claridad.

Por mi parte, prefiero no tomar tampoco en consideración los impersonales subproductos que hizo más como meritorio o aprendiz que como autor, estos sí exageradamente carentes de los mínimos medios indispensables para llevar a divertido, si no buen fin, tan disparatados proyectos, evidentemente más ajenos que propios y, en todo caso, de muy leve interés (incluso como precedentes de algo por venir) y, por suerte, sin continuidad. Y no, conste, porque haya de avergonzarse de ellos ni deba el espectador procurar sortearlos, sino porque creo que a los artistas hay que valorarlos por lo mejor que hacen —sin excluir lo fallido, mientras sea también interesante o personal—, no por cuán bajo hayan sido capaces de caer, y menos todavía si esas insuficiencias o esos desfallecimientos lamentables se sitúan al arranque o al final de su carrera. Dejo a otros la colección y exhibición de "antecedentes penales", a menudo pistas falsas en cuanto al carácter de sus casuales perpetradores aprovechadas como arma arrojadiza por los envidiosos (conscientes o no de ello).

Lo primero que puede decirse es que, al repasar la obra cinematográfica en sentido estricto de Coppola, sea en el recuerdo, sea —mucho mejor— exponiéndose (uno y su memoria) de nuevo al impacto de las propias películas, la sensación predominante es, junto a la de riqueza, de confusión, desorden y hasta cierto agobio.

Parece difícil restablecer un mínimo principio de unidad, de identidad, hasta de orden, con las películas variopintas y multicolores que tienden a etiquetarse bajo el triple nombre de su "autor", Francis Ford Coppola, acto hoy ya reflejo en la mayoría de crítica, hasta cuando nada invita a semejante atribución en una filmografía, y para el que en este caso, de todos modos, suele haber base sobrada: normalmente (aunque hay excepciones), la iniciativa es de Coppola y el control también, por lo menos durante el rodaje; firme o no (y tiende a hacerlo, como guionista sindicado que fue antes de verse "promovido" a realizador), suele escribir los guiones o participar activamente (y, desde luego, casi siempre con derecho a la última palabra) en su elaboración o trasformación, incluso con anterioridad al rodaje (y no digamos en él, ni, para colmo, en el montaje, la sonorización, etc.); las decisiones últimas las toma él también, y suele ser su propio productor, con lo que rara es la ocasión en que ha logrado imponerle sus términos el poderoso estudio que financia o distribuye (o ambas cosas) sus caprichos, obsesiones y tablas de salvación (que de todo hay en su filmografía), aunque también pueden encontrarse encargos ocasionales (como el primer Padrino, el de 1972) de productores (en aquel momento, hoy casi ninguno lo sigue siendo) muy poderosos; a menudo emplea a parientes varios en los equipos técnicos y artísticos, incluso cuando no parece evidente (la actriz Talia Shire se apellida realmente como Francis Ford, y es su hermana), y en varias ocasiones su padre, Carmine, fue el autor o el arreglista o el director de la música, o (cuando Coppola logró fichar a Nino Rota) parte de ella; de lo contrario, tiende a utilizar una y otra vez a los mismos, los que se han ganado su confianza.

Ni siquiera ayuda a poner un poco de orden el no muy riguroso juego al que Coppola se dedicara durante algún tiempo —no queda claro desde qué momento ni anunció cuándo había renunciado a dar esa clave, quizá por no estar muy seguro o haber cambiado de opinión—, consistente en firmar con su nombre íntegro las películas que consideraba más personales, y eliminar su middle name y firmar solo "Francis Coppola" en las que eran más artesanales o respondían a un encargo (o tal vez no le dejaban plenamente satisfecho), es decir, a las que no reconocía —guiño a sus discípulos, exégetas y otros "iniciados"— como completamente "suyas".

Con todo, creo que, sin pecar de injusticia, cabe atribuirle sin remilgos la responsabilidad de todas sus películas, para bien o para mal. El aparente o efectivo (siempre dudoso y discutible, al menos relativo) grado de libertad del artista tampoco es un criterio que lleve muy lejos en esta tentativa de poner orden y claridad donde ni lo uno ni lo otro abundan en demasía, como puede comprobarse al observar que las películas más apasionantes, logradas o sonadas de Coppola se reparten más o menos equitativamente entre las que pusieron en marcha otros y luego le encomendaron su realización y las promovidas desde su mismísima concepción por FFC, sea en solitario o acompañado de algún socio, acólito o cómplice, y sean éstos ocasionales o amigos de toda la vida.

La confusión reinante es, pues, notable, como lo son los contrastes de tamaño, tono, estilo, ritmo o enfoque. Visto negativamente, podría hablarse incluso de caos, de un magma confuso e informe, aunque no sé que pueda exigírsele otra cosa a un artista: bastante tiene con hacer su obra como para ponerle orden y garantizar su coherencia; sería añadirle cargas y problemas para exclusiva comodidad y conveniencia de críticos, historiadores y estudiosos, con el agravante de hacer al autor más consciente de su propio "ego" de lo que suelen serlo.

En todo caso, sería difícil negarle a Coppola personalidad; pero no sería fácil, en cambio, definir su estilo como algo coherente y evolutivo, como ese "algo" indefinible —pero más o menos descriptible— que, a pesar de sus adaptaciones a las reglas y convenciones de cada género, de las limitaciones o los excesos que permite cada presupuesto y de las tendencias o modas que son de "curso legal" en cada época, conserva siempre un cierto "aire de familia". Sus intereses y preocupaciones son de lo más amplio y variable, y si su temperamento puede considerarse como "obsesivo", lo cierto es que no tiene una obsesión excluyente, sino varias a menudo simultáneas, y por ello no puede describírsele como monomaníaco ni monotemático, y mucho menos tacharle de monótono. Podría tomarse esta diversidad de enfoques como una demostración de su espíritu independiente y experimentador, o indicio de un cierto afán por explorar nuevos territorios y rehuir la repetición (y con ella la tentación del perfeccionismo y de la autocorrección permanente), pero temo que a costa de incurrir en hipérboles o meras exageraciones, y no conviene sumar las del observador a las ya patentes en el objeto de nuestro estudio, si de veras tratamos de introducir un poco de orden y sistema, de arrojar luz sobre una carrera que parece presidida al alimón por el capricho y la pereza, el entusiasmo y la duda, la ambición y la modestia, la publicidad y cierta huraña vocación eremita, la autoafirmación y la inseguridad, la megalomanía y los complejos de inferioridad cultural frente a Europa, la fobia a verse encasillado y la tentación de regresar al lugar del "crimen", según una pauta esquizoide nada infrecuente entre los cineastas de su generación, y agudizada en los americanos.

Sin duda, es Coppola un personaje complejo, contradictorio y... poderoso. Esto último le permite cambiar de opinión con relativa facilidad, cancelar un proyecto en marcha —pese a lo mucho ya invertido—, rehacer parte de lo rodado o eliminarlo en el montaje, ocultar lo que hace o permanecer alejado del plató durante años, renacer de sus cenizas y recomponer su imperio después de haberse endeudado y arruinado —ha quebrado varias veces—, triunfar sin que el éxito le suponga un estímulo o un acicate o perder sin por ello desanimarse apenas ni, menos todavía, rendirse o hundirse definitivamente. En resumen, ha conquistado la infrecuente opción de contradecirse.

Y en la medida —dudosa en cuanto a la fidelidad, precisión y proporción, pero innegable— en que sus películas, casi inevitablemente, reflejan al menos una parte (o parte de una faceta) de su manera de ser, no es raro que parezcan, sobre todo a primera vista, como heterogéneas y hasta incompatibles no sólo al comparar unas con otras, sino hasta algunas de sus secuencias entre ellas, dentro de una misma obra, como sucede, con mayor o menor intensidad, en creo que todas, con la excepción de, quizá, el primer (y por entonces único) Padrino.

Quizá no sea fácil, a partir de esas pistas, hacer un retrato-robot del personaje —lo cual tampoco es imprescindible—, y alguna de sus películas, de carecer de títulos de crédito, dudaríamos en atribuírsela de inmediato y sin la menor duda (como sucede, en cambio, casi sin excepción, en el caso de Hitchcock, o igualmente, aunque de forma algo menos patente e instantánea, en los de Hawks o Ford), pero eso no equivale tampoco, ni mucho menos, a insinuar que sean anónimas; gusten o no, adocenadas y convencionales sí que no son, y ni sus trabajos más "alimenticios" o "recaudatorios", que normalmente ha hecho suyos a partir de 1972, podrían en justicia tildarse de impersonales.

Quizá la descomposición del propio sistema de Hollywood, a la que asistió, y no como mero espectador o crítico distanciado —regocijado o agorero, tanto da—, sino desde dentro, desempeñando —como otros muchos cineastas de su generación, que entonces eran, en mayoría, jóvenes aprendices y debutantes, dedicados a olvidar mediante el ejercicio práctico las generalidades teóricas que habían estudiado en la Universidad— los más variados cometidos en la "factoría" de Roger Corman, marginal y paupérrima pero totalmente mainstream y tributaria del estado general de la industria, sea el origen de esta cacofonía, que es posible que hasta cierto punto sea voluntaria, o al menos asumida, como parte de una táctica para sobrevivir: abrirse camino, primero, y luego mantener las posiciones conquistadas, en un entorno ferozmente competitivo y en el que la publicidad, el culto a la personalidad —y, por tanto, el autobombo— estaban a la orden del día, por lo que la situación aconsejaba ser astuto y camaleónico, jugar con la ventaja añadida de la sorpresa, del ataque relámpago en el punto más inesperado e incluso, si se terciaba, más distante de la zona de operaciones en la que se había detectado su presencia por última vez.

Esto hace que no pueda ni deba disociarse la actitud variable de Coppola de unas circunstancias muy determinantes y que no cesan de cambiar, con creciente rapidez y de la forma más drástica, ni de la desorientación —al menos temporal— que tales mutaciones súbitas y radicales producen. Si su trayectoria parece errática y despistante no es solo por afán de borrar las huellas y de quitarse de encima a los competidores, o de obtener una difícil primicia en algún nicho inexplorado o provisionalmente no ocupado. Quizá no consiga imponer sus reglas improvisadas o particulares a la industria del espectáculo ni siempre logre negociar con éxito y en beneficio propio (o mutuo) con las grandes compañías financieras y distribuidoras, pero desde luego obliga a que los que le seguimos con interés, curiosidad y atención tengamos que movernos, en lugar de permanecer quietos y utilizar una misma vara de medir, el mismo rasero que para sus otros colegas (ni siquiera Martin Scorsese, Steven Spielberg, Brian De Palma, George Lucas o Terrence Malick, no digamos John Milius, Robert Duvall o Carroll Ballard, mucho menos asiduos).

Y parece claro que no se puede analizar El Padrino (y me refiero ahora a la trilogía, no a su primera entrega) del mismo modo que Apocalypse Now —la de verdad o la reciente versión Redux, más bien Redundante y Reconducida, en todo caso, hacia el gusto corralero del día—, mucho menos que Jardines de piedra o La conversación, o Peggy Sue se casó y no digamos The Rain People; ni siquiera películas que aparecen emparejadas entre sí, como Rumble Fish y The Outsiders, obedecen al mismo planteamiento ni permiten la misma clase de lectura durante la proyección o de análisis tras ella.

Las primeras películas algo personales de Coppola, excesivamente permeables a los gustos del día como para que puedan defenderse (o incluso disfrutarse) en su integridad —y menos aún hoy que entonces, pues su comunión con las modas de los últimos años 60 las hace irremediablemente anticuadas, aunque también las convierta en documentos históricos y explique sus defectos principales—, pese a que You're a Big Boy Now! y Finian's Rainbow tengan ciertos valores y The Rain People sea, en algún sentido, admirable, no son base suficiente para que nadie hubiera podido anticipar que Coppola fuera capaz de hacer algo ni remotamente comparable, en ningún sentido, con The Godfather.

Porque es otro el cineasta que surge con esa película, del mismo modo que Otto Preminger no se manifiesta plenamente hasta Laura. Incluso sorprende el (a la postre, indudable) acierto de la Paramount al encomendar tal superproducción a un director casi novato que, para colmo, no había dado la menor muestra de aptitud o siquiera afinidad con el género, corriendo un riesgo que hoy probablemente ninguna compañía estaría dispuesta a asumir ni sus propietarios finales a dejar que llevara a la práctica, incluso si el director tuviera a su favor algún éxito de taquilla que hasta entonces Coppola no había cosechado todavía.

Porque El Padrino supuso en 1972 —y hoy se ve con mayor claridad— un insospechado rebrote del más perfecto y aparentemente natural y espontáneo clasicismo, de una solidez que ya por entonces parecía perdida hasta como posibilidad para el cine americano, y que se producía, para colmo, en el terreno más insospechado y menos propicio, el de la gran superproducción basada en un bestseller que, para colmo, tocaba temas espinosos y aún latentes (y hasta presentes) y que exigían, para que la película resultase convincente, un alto grado de violencia. No era cuestión de darle un enfoque mítico y abstracto; daba igual que la acción se centrase en 1946, porque lo que Coppola —siguiendo a Mario Puzo— cuenta era todavía entonces —como hoy, treinta años más tarde— de actualidad, no solo historia o leyenda.

En efecto, ¿quién podría imaginar siquiera, no digamos creer si lo pretendiese alguien sin que nosotros mismos pudiéramos verificarlo, que un joven y algo blando cineasta, sin experiencia suficiente, y en su primera confrontación con tal tema, con una época en la que apenas había nacido y con una cantidad de medios y de fondos que superaba a la suma de los de todas las películas anteriores en las que se había visto implicado, iba a ser capaz de superar a todos sus precursores, por muy ilustres y clásicos que fueran, y darnos a esas alturas de la historia la que es la mejor y más profunda de las películas de gángsters, mejor incluso que la precursora y definitiva Scarface?

Cabe preguntarse cómo es tal fenómeno posible —en ningún otro género ha sucedido nada ni remotamente semejante, y hay mejores directores (o al menos tan buenos como Coppola) que no han tenido tal fortuna en sus incursiones en otros territorios archibatidos por el cine de la gran época—, y cómo ha sido capaz Coppola no ya de superar la prueba con honores sino de lograr una obra tan admirable y que tan asombrosamente resiste los asaltos y la marea erosiva de los años: no hay que olvidar que el primer Padrino tiene hoy más a sus espaldas que Stagecoach (La diligencia, 1939) de Ford cuando la vi por primera vez en 1964.

La primera deducción es que algo de lo que contaba Puzo lo llevaba dentro también Coppola, quizá rechazado o ignorado, tal vez olvidado, y que la novela que tenía que adaptar se lo hizo revivir, asumir y reimaginar artísticamente por un doble motivo: para no ser injusto con los suyos y para no resultar completamente inverosímil. Se produce, pues, un encuentro de Coppola con sus raíces italianas (probablemente dormidas, si no denegadas), que tendría consecuencias para el resto de su carrera, reintroduciendo poco a poco la familia tradicional, la lengua de sus padres y hasta referencias cinematográficas insólitas en el cine americano.

Lo segundo que llama la atención es que no se trata de una película basada a su vez en otras películas, como hasta cierto punto cabía esperar. No creo que Coppola se dedicara a revisar la historia del cine de gángsters; y si lo hizo fue, creo yo, para rectificar algunas deformaciones y para evitar repeticiones o copias inconscientes, mimetismos automáticos y atajos fáciles. Nada debe The Godfather a sus precursoras, aunque sean —hoy tras ella, hasta entonces incontestadas— las obras maestras del género, o más bien "subgénero" (ya que se trata, en realidad, de una provincia del más vasto y difuso imperio del cine negro).

No quiero decir que sea imposible detectar alguna huella de otros realizadores en el primer Padrino; se pueden y deben ver, por ejemplo, las de Griffith —ignoro si Coppola había visto The Musketeers of Pig Alley (1912) de D.W. Griffith, pero es la película en la que más me hace pensar, mientras la veo, la trilogía de El Padrino— y John Ford, y hasta ciertos procedimientos —refinados y mejorados— se dirían tomados de David Lean... o de William Wyler.

Ocasionalmente, cabe detectar la sombra de Frank Capra (no en vano ¡Qué bello es vivir! tiene elementos de cine negro y hasta denuncia el caciquismo y el dominio del crimen organizado que se daría en un mundo sin personas como el protagonista, George Bailey, y también los había en otras obras suyas de 1931 a 1948). Pero no las hay del cine "negro" ni de los semidocumentales sobre el gangsterismo y su represión de los años 30, 40, 50 o 60. Desde Sternberg, Hawks, Wellman, Curtiz, Lloyd Bacon, Mamoulian, Walsh, Keighley, LeRoy a Dassin, Kazan, Anthony Mann, Fritz Lang, André de Toth, Allan Dwan, Frank Tuttle, Wise, Robson, Dmytryk, John Berry, Litvak, Robert Aldrich, Siodmak, Fuller, Jacques Tourneur, Lewis Allen, Preminger, Don Siegel, Nicholas Ray, John V. Farrow, John Cromwell, Lewis Milestone, Lewis B. Seiler, Ulmer, Orson Welles, Stanley Kubrick, Phil Karlson o Joseph H. Lewis, todos parecen deliberadamente evitados como referencias plásticas y hasta estructurales. El enfoque es nuevo, y no solo por el color; y se aparta no sólo de los modelos clásicos, anónimos o famosos, sino también del aspecto decorativista del "subgénero retro", tan de moda por esas fechas y representado por El Gran Gatsby, adaptado de F. Scott Fitzgerald por FFC que dirigió Jack Clayton, el remake de Farewell My Lovely (Adiós, muñeca) de Raymond Chandler que realizó Dick Richards en 1975, The Way We Were (Tal como éramos, 1973) de Sydney Pollack o la visión kazaniana de El último magnate de Fitzgerald.

Lo que Coppola consigue, sin que nadie pareciese advertirlo, quizá por producirse en el centro mismo del sistema hollywoodense, en una obra de gran presupuesto y destinada a ser un espectacular éxito de taquilla coronado por los premios de la Academia, es el ejemplo perfecto de lo que, restringido a la exigua parroquia de los previamente convencidos, se consideraba y predicaba unos años antes —muy pocos—, y todavía por entonces, como el ideal de un cine "social" y "político" o al menos "comprometido" y "responsable", es decir, una representación distanciada, reflexiva, brechtiana, que analizase el funcionamiento y las implicaciones de los intereses, grupos y mecanismos en juego o en conflicto en el proceso de evolución histórico-económica de una sociedad concreta, corroída por una corrupción multiforme y en incesante mutación de formas, rostros y métodos, de la que, nada casualmente, el gangsterismo ha sido reiterada metáfora, con antecedentes ilustres que se remontarían, como poco, a La resistible ascensión de Arturo Ui de Bertolt Brecht y El testamento del Doctor Mabuse (1932) de Fritz Lang.

Uno de los rasgos destacados de los Padrinos estriba en que Coppola elude la mitificación o poetización de los gángsters, incluso su justificación sociológica y victimista, pero también su caricatura meramente negativa y esquematizadora, despersonalizada; desde los más poderosos a los más insignificantes y adocenados, casi todos son presentados inequívocamente como delincuentes sin escrúpulos ni freno, sumamente peligrosos y despiadados, capaces de matar a quien pueda ser un obstáculo, un desafío o un peligro, un mal ejemplo, un precedente indeseable. Lo que no impide que tengan, al mismo tiempo, una cierta dignidad —a veces, incluso grandeza—, o que sean tan leales como exigentes o implacables con los suyos. Sin identificarnos verdaderamente con ninguno, Coppola trata —diría yo que con éxito patente— que estemos en condiciones de entenderlos, de apreciar que sus decisiones suelen ser, desde su peculiar punto de vista, razonables y hasta las más convenientes, a la vista de las circunstancias y de las "reglas del juego" que han importado del Viejo Continente. Entiendo que la perspectiva de Coppola haya hecho que algunos consideren fría la primera parte de The Godfather. La peculiar trayectoria de Michael Corleone (Al Pacino) ilustraría por sí sola —y está siempre bien acompañada— la enriquecedora ambigüedad de la postura de Coppola, que consigue individualizar a cada uno de los personajes y liberarlos de cualquier determinismo social, étnico o familiar: asistimos con meridiana claridad al momento de prodigiosa penetración en el que Michael decide asumir la jefatura de la familia, con todo lo que ello implica, y de ese modo acepta un destino que hasta entonces había rechazado y que, de haber querido, hubiera podido evitar, y con él todas las consecuencias que, a corto y a largo plazo, supone para él mismo y para muchas otras personas.

The Godfather. Part II, rodada dos años más tarde y ya con control absoluto del propio Coppola, que se beneficiaba de la independencia conquistada gracias al éxito de la primera, es una película de otro tipo, completamente diferente, a la vez una revisión crítica, en profundidad, de la primera, y una tentativa de explicación que se remonta una y otra vez al pasado, y una visión mucho más subjetiva, libre, personal y estilizada de lo que representa la Mafia. Por estricta necesidad —secundada por una audacia excepcional—, la estructura narrativa y cronológica rompe con todos los patrones admitidos en el cine comercial, y se permite una libertad de movimientos a la que solo Bird de Clint Eastwood —también por necesidad más que por conveniencia— ha osado desde entonces aproximarse.

En esa segunda parte, consecuentemente, son menos los hechos que la visión de Coppola lo que cuenta, y por ello es comprensible que el propio lenguaje cinematográfico pase a un primer piano, por lo que reaparecen las alusiones al cine del pasado, y con unas referencias inusuales en Hollywood —hasta esa generación de cineastas; véase Brian De Palma—, tan minuciosamente ignoradas y marginadas como puedan ser los autores soviéticos (y muy especialmente, S.M. Eisenstein). Frente a una mostración frontal que se sucede casi linealmente, secuencia tras secuencia, como mucho recurriendo al montaje paralelo de Griffith, The Godfather. Part II tiende, como ninguna otra película americana, a lo que cabría describir como una posible actualización del "montaje de atracciones", naturalmente adaptado al cine sonoro y a la muy diversa "textura" del cine americano. Pese a esas influencias, desarrolladas con toda libertad por el propio Coppola, es sin duda la película más personal del cineasta.

The Godfather. Part III es, si se quiere, un apéndice; rodado muchos años más tarde, puede aducirse en su contra que no era estrictamente imprescindible, aunque a mí me parezca un complemento muy interesante, y como tal oportuno y bienvenido. Nada hubiera sucedido, desde luego, si Coppola no hubiera vuelto a ocuparse de los variados destinos de los Corleone, pero, si él lo encontró interesante, no veo razón alguna para llevarle la contraria. Faltaba quizá esa visión operística de una fase ulterior de corrupción y decadencia, que reitera —poniéndola al día— la validez y vigencia de las dos primeras partes, y que no desmerece con respecto a ninguna de ellas, aunque carezca de la capacidad de sorprendernos de que supieron hacer gala, cada una a su manera.

Los tres Padrinos constituyen un territorio aparte, cerrado en sí mismo, dentro de la filmografía de Coppola, que puede analizarse sin tener en cuenta sus restantes películas. Ni las anteriores ni las posteriores; ni siquiera Apocalypse Now, que comparte con ellas la ambición de constituirse en fresco colectivo de un momento crucial de la historia americana, ni las más modestas La conversación y Jardines de piedra son necesarias para comprender la trilogía, aunque, a la recíproca, es posible que ninguna de las obras de Coppola posteriores a The Godfather sean plenamente inteligibles ni calibrables sin tener en cuenta esa reflexión lúcida e implacable sobre la integración de los inmigrantes sicilianos y sus descendientes en América.

En Nickel Odeon nº 29, dedicado a “El padrino” (invierno de 2002)

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Zelig (Woody Allen, 1983)

En un clima cinematográfico tan adormecido como el actual, hasta Woody Allen se ha convertido en una figura polémica y controvertida, de esas que dividen a los cinéfilos en bandos inconciliables: hay muchos fanáticos «allenófilos» y algunos —más escépticos— «allenófobos», entre los que, por otra parte, apenas hay debate o discusión, pues cada cual se mantiene, más o menos firme pero cómodo, en su posición respectiva. De modo que no pertenecer a ninguno de los dos bandos enemistados en esta especie de «guerra fría» es como estar en «tierra de nadie», porque tiene uno que discutir con uno mismo, con lo que los neutrales nos vemos obligados a prestar a Woody Allen una atención que ni sus partidarios ni sus detractores le prestan, a dedicarle un tiempo y un esfuerzo muy superior al que requiere simplemente ver sus películas o leer sus librillos.

Porque lo cierto es que la precaria salud del cine en general —no sólo ni particularmente el americano— impide prescindir, sin más, de un cineasta como Woody Allen, al que tal vez en otro tiempo no se hubiese dado importancia, o al que se habría borrado de la nómina de directores «interesantes, curiosos y prometedores», si ésta no fuese tan escasa tras dos patinazos tan voluntarios y deliberados, tan libremente hechos y tan pretenciosos como Stardust Memories (Recuerdos, 1980) y A Midsummer Night's Sex Comedy (La comedia sexual de una noche de verano, 1982): por menores ofensas se ha enviado a ciertos realizadores al limbo crítico y al ostracismo económico. Lo que ocurre es que el nivel medio fomenta la indulgencia, y que, por una razón u otra, a Woody se le perdona todo: para algunos, porque nada hay que perdonarle, ya que es tan infalible como el Papa cuando habla «ex cathedra» —y Allen lo hace siempre—; para otros, porque vivirá siempre del crédito concedido a raíz de Annie Hall (1977), o de Manhattan (1979); además, se las ha apañado ingeniosamente para convertirse en motivo de curiosidad para la prensa, con lo que todo cuanto dice o hace es noticia, y ya se sabe que lo importante es dar que hablar, aunque sea mal, porque es, a fin de cuentas, publicidad, y como siempre alguno de sus fervientes defensores tiene acceso a tribunas influyentes, se acaba por crear el «ambiente» preciso para que el espectador medio se sienta en la necesidad de ver «la última película de Woody Allen», pues no en vano es un tema de conversación, tan socorrido como el tiempo y mucho más «culto».

De manera que, por mucho que, en ocasiones, pueda irritarnos, aburrirnos o dejarnos fríos, durante unos años vamos a seguir viendo películas de Woody Allen, con la esperanza de que sean tan buenas como las dos o tres que más nos gusten —pues a casi todo el mundo le ha gustado mucho alguna, en su momento;es dudoso que, años más tarde, sigan gustando tanto, ya que suelen ser excesivamente tributarias de la moda de cada temporada—, con el temor de que, si no vamos a verlas, nos estemos perdiendo algo que valía la pena.

Así las cosas, hay que reconocer que Zelig (1983) da pie —si no más amplia base— para que sus «fans» lancen las campanas al vuelo, y permite a los preocupados por su reciente trayectoria un respiro de alivio. Hay que agradecerle, para empezar, su concisión: la idea central de Zelig no daba, ciertamente, para más, pero Allen ha tenido la desusada cortesía de no rebasar los ochenta minutos de duración, pese a que la misma fragmentación de la película, su propia textura —hecha de retazos de noticieros y de documentales reconstruidos— y su género —la biografía— hubieran permitido ampliar su metraje indefinidamente, fuera de toda proporción. En segundo lugar, para mí supone un espectacular ascenso de nivel desde el —bajísimo, creo yo— de sus dos películas anteriores, doblemente hundidas por venir a continuación de las que considero las tres cumbres de su carrera: las dos que todo el mundo prefiere y la maldita Interiors (Interiores, 1978). Así que me alegro de que remonte el vuelo, y de que descanse un poco de copiar a Fellini (Otto e mezzo, Amarcord, Giulietta degli spiriti) y Bergman (Sonrisas de una noche de verano, la olvidada ¡Esas mujeres!).

Zelig es, en el fondo, una obra mucho más personal que las precedentes; y digo «en el fondo» porque puede no parecerlo a primera vista —no es explícitamente autobiográfica, no proclama su carácter confesional, no es subjetiva estilísticamente— y porque es más profundamente personal que, por ejemplo, Stardust Memories. Como muchas historias de ciencia ficción, Zelig tiene su origen en una sola idea, un solo personaje: el monstruo, encarnado —cómo no— por el propio Allen; siguiendo una estrategia también frecuente en el cine fantástico, Allen ha vestido su inverosímil historia con el ropaje más realista posible, y ha creado un falso documental, en el que se mezclan imágenes de archivo retocadas y manipuladas —falseadas—, fingidos fragmentos de noticiario —rodados ahora, en blanco y negro y sometiendo la película a un tratamiento que le da el granulado y la falta de contraste que caracterizan los documentos de época—, extractos de falso cinéma-vérité,etc., con el fin de no simplemente contar una ficción de forma verosímil, sino de hacer creer que no hay tal ficción, sino que lo que nos relata sucedió realmente en el pasado.

El «monstruo» es —a diferencia de la mayoría— muy interesante: Zelig es un hombre de apariencia más o menos normal, vulgar y sin nada que le distinga ni le confiera mérito alguno; es «un cualquiera». Lo grave es que su falta —o atrofia— de personalidad es tan acusada como su ansia de ser aceptado y, a ser posible, querido, y su aversión a ser distinto, a llevar la contraria o enfrentarse con los demás. Y eso provoca, por un curioso mecanismo psicosomático, que sea una versión humana y perfeccionada del camaleón: su adaptación aparente al entorno se hace tan absoluta como su real inadaptación al mundo tal como es, y cambia de forma y de mentalidad, de cuerpo y de personalidad, según entre qué personas se encuentre, con una prodigiosa capacidad de sintonía y dependencia, pues cualquiera, por poco que trate de influirle, le afecta en cuanto se le aproxima físicamente. Así, Zelig es gordo entre los gordos, adelgaza en cuanto se le acerca un flaco, pierde la vista junto a un ciego, se convierte en chino, negro o nazi según la gente que le rodee, y toca jazz en una banda, habla de medicina con los médicos y de política con los políticos... sin hacer para ello el menor esfuerzo, sin darse cuenta, sin querer y sin que los demás quieran moldearle o hacer que se asemeje a ellos. Esto puede parecer la contribución de Allen al centenario de Ortega, ya que sería una buena ilustración práctica para, a continuación, explicar el verdadero significado de la célebre definición orteguiana: «Yo soy yo y mi circunstancia». Porque Zelig es hasta tal punto su circunstancia —y en el sentido más próximo, limitado, cambiante y físico de la «circunstancia»— que deja por completo de ser «yo», y al no ser una persona, la circunstancia deja de ser «suya», con lo cual, carente de identidad, no es nadie. Y si digo que este argumento es muy personal para Allen es porque constituye una especie de exorcismo —como Candilejas para Chaplin—, una exageración de algo que hay en él y que constituye una amenaza para su persona y para su carrera como artista: se trata del camaleonismo estilístico y temático de Allen, excesivamente permeable a la obra de sus creadores favoritos —que enumeraba en Manhattan—, y cuya influencia absorbe, sin duda no del todo conscientemente, en una proporción que acaba por ser desmedida.

Zelig reenlaza con otra biografía ficticia, también tendente al pastiche y la parodia, Take the Money and Run (Toma el dinero y corre, 1969) y con otra operación de «retoque» y reconstrucción, What's Up, Tiger Lily? (Lily la tigresa o Woody Allen el número uno, 1966), casualmente sus dos primeras películas. ¿Será Zelig, además de un exorcismo y de una caricatura de los vaivenes de público y crítica con respecto a Allen, un retorno a los orígenes? Que la principal referencia formal vampirizada por Allen en Zelig sea, precisamente, Ciudadano Kane, hace pensar que sí. Pero ya veremos.

En Casablanca nº 36 (diciembre de 1983)

lunes, 24 de noviembre de 2025

Ju Dou (Zhang Yimou, 1990)

Aunque no sea comparable a Chen Kaige, ni a otros miembros aún más interesantes de la llamada "Quinta Generación" del cine chino —como Huang Jianxin o Yan Yueshu—, el fotógrafo y actor Zhang Yimou se está ganando una merecida reputación como director; en España, se ha beneficiado de la pasajera (y algo tardía) moda impuesta por los que han decidido creer que el cine chino empieza después de la Revolución Cultural, e ignoran hasta qué punto Zhang Yimou no es un renovador, sino que entronca directamente con toda una tradición del melodrama que procede del mudo y que tuvo momentos de esplendor en todas las décadas salvo, claro está, entre 1966 y 1977. Tanto Hong gaoliang (Sorgo rojo, 1988) como Semilla de crisantemo son melodramas de ambiente rural en condiciones casi feudales, con una buena dosis de estilización plástica —rojo y amarillo parecen dominar la pantalla permanentemente— y con la excelente actriz Gong Li como protagonista. No es la novedad — más bien superficial — lo que les confiere el indudable valor que tienen ambas películas, sino más bien la intensidad dramática de las tremendas historias que narran, con la suficiente dosis de exotismo como para hacerse perdonar lo que tengan de "folletinescas" y con cierta afectación — más bien occidentalizante— en el montaje y el empleo de objetivos que ayuda a que pasen por "modernas".


Personalmente, encuentro que el estilo de Zhang Yimou es todavía incipiente, tributario del primer Chen Kaige —que desde Huang tudi (Tierra amarilla, 1984) se ha serenado y refinado mucho —y con excesivas huellas de que antes que director ha sido fotógrafo —lo cual nunca es buena señal—, por lo que espero que no se le suban a la cabeza los premios y los elogios que se le prodigan, para que no se quede ahí. En cambio, su experiencia como intérprete le acerca a los actores, con los que demuestra entenderse muy bien, y saber guiarlos por los complicados personajes cuyas desdichadas vidas elige contarnos. De ahí que, pese a ciertas reservas formales —rigidez de encuadres y composiciones, tendencia a montaje efectista, elipsis más llamativas que acertadas, irregularidades de ritmo—, sus películas acaben por impresionar y, más allá de su impacto superficial y de su ostentoso esplendor visual, consigan emocionar a los espectadores de cualquier país, salvo quizá el suyo, donde tienden a ser prohibidas.

En “Todos los estrenos. 1991”. Madrid : Ediciones JC, diciembre de 1991.

viernes, 21 de noviembre de 2025

Chantal Akerman, viajera solitaria

No quisiera condenarla a desplazarse incesantemente y para colmo sin compañía, que de seguro encuentra con facilidad, en el camino o en cualquiera de sus etapas, siempre que lo desea. Pero, la verdad, así la veo, en solitario y en marcha, en la medida en que su trayectoria me parece, cada año más, la propia de un autodidacta que ha empezado pronto a moverse y actuar; en este caso, el de Chantal Anne Akerman, a tomar fotografías y a filmar con cámaras ligeras, apañándoselas con el material disponible. Sola o con el equipo más reducido que ha podido, economizando, eligiendo con intuición y cuidado qué fotografiar. Su objetivo inicial fue, sin duda, mirar a su alrededor y registrar lo que la rodeaba: un cuarto, una casa, una calle, un bar, un aeropuerto, un hotel. Un amanecer, las farolas que se encienden o se apagan en las calzadas, un rostro solitario o una multitud, gente que baila, que calla, que habla, que piensa, que recuerda, que camina. Como los pintores sin dinero para pagarse modelos, se retrató a sí misma, a sus amigos y parientes, a gente encontrada al azar de los viajes que se dejó fotografiar. No actuaban, no representaban personajes. No eran actores, a veces padecían de timidez, y no había guión, sino cuatro ideas, o ninguna todavía entonces, que ya vendría, durante el proceso de rodaje y montaje. Estos seres convertidos en personajes ocasionales por la presencia de la cámara eran, simplemente; quizá no ellos mismos en condiciones normales, sino personas reales y relativamente normales, aunque, eso sí, más o menos conscientes –hasta que se acostumbraban y se olvidaban de la cámara, los que lo conseguían– de ser filmadas.

Se configura así un cine “a salto de mata”, de medios escasos, sin argumento ni pretensiones –aunque sí, a su manera, ambicioso, e inevitablemente personal–, a caballo entre el documental, el diario íntimo (a menudo nada explícito, o silencioso) y las fantasías suscitadas por el entorno, la hora y los sentimientos, sin dirección de actores, más próximos siempre los que desempeñaban tal función a los “modelos” bressonianos, incluso cuando, ocasionalmente, se trataba de buenos o grandes intérpretes, sobre todo actrices como Delphine Seyrig, Aurore Clément y otras. Se trataba, para la directora, creo, más aún que de rodar una película, de buscar una manera de estar allí sin ocupar mucho sitio, de buscar un buen rincón desde donde ver bien sin llamar la atención, sin molestar, y de ganarse la confianza –siquiera la indiferencia– de los filmados. Y de ir así acumulando, poco a poco, sin prisas, materiales para después reflexionar sobre ellos, e irlos sumando, tiempo tras tiempo, rítmicamente, organizándolos sin intervencionismo excesivo, manipulando lo menos posible los fragmentos escogidos, respetando y conservando lo que de realidad en bruto, opaca, se haya colado en las imágenes y por su parte ella, Chantal, haya logrado captar de la verdad cambiante y fugitiva, cazada casi al vuelo entre las meras apariencias y sus reflejos múltiples, un poco al azar de los ritmos y las pausas, de las horas del día y de la noche, de los estados de ánimo que reinaran a uno y otro lado de la cámara (a veces ella estuvo en ambos, como en 1974 en Je tu il elle, saltando de un terreno a otro, un poco a la manera de Chaplin en The Inmigrant, caminando por la frontera, y todavía en 1996 se filmaba a sí misma para la serie televisiva Cinéastes de notre temps en Chantal Akerman par Chantal Akerman, una de sus piezas más emocionantes).

Son estas unas formas de aprendizaje hoy quizá en desuso –aunque debieran ser las más normales, ya que cada vez es más fácil y barato tanto filmar como viajar–, y que no eran para Chantal Akerman un medio para convertirse en una cineasta “profesional”, sino para tratar de averiguar, casi a tientas y en parte a merced de los azares y la suerte, lo que andaba buscando, sin saber muy bien lo que era ni si llegaría a encontrarlo. Un método “amatorio” o “amoroso” (esos pueden ser también algunos de los significados de “amateur”, actitud o condición que no ha de reservarse al mero y quizá tibio “aficionado”, el amor es algo más fuerte que la afición) de mirar y registrar lo que a uno le rodea, que puede ser, ciertamente, inseguro y arriesgado, que no siempre es “productivo” –sobre todo desde perspectivas economicistas y comerciales ajenas por completo al sujeto activo que mira, escucha y rueda, a veces graba–, pero que puede ser suficiente, incluso satisfactorio, y casi siempre interesante, sobre todo si hay por medio autenticidad, veracidad, sinceridad y talento. Tanto para recordar lo visto y lo sentido como para compartir con otros –amigos o desconocidos– esas experiencias, esos pensamientos, esos estados de ánimo, y tanto durante el rodaje, con los demás partícipes, como después, con los eventuales, quizá no muy numerosos, espectadores. A los operadores de Lumière, diseminados por medio mundo, les hubiera bastado con eso, como le sigue bastando a Chantal Akerman; de no llegar a tiempo a los acontecimientos, ya se ocupaban de hacerlos repetir o de reconstruirlos, como se reconstruye en una investigación la escena del crimen, a partir de testimonios e hipótesis, enjuiciando después con mirada crítica si es plausible o posible.

Lo que es más raro, después de una carrera ya larga y una obra cuantiosa –en los formatos, soportes y metrajes más variados–, y a pesar de haber adquirido, casi sin proponérselo y bastante pronto, una reputación casi aplastante en ciertos ambientes, un renombre notable, al menos entre muchas pequeñas minorías de todos los rincones del mundo, sobre todo a partir de su segundo largo, Jeanne Dielman 23, Quai du Commerce 1080 Bruxelles (1975), es que Chantal Akerman no haya sucumbido a los cantos de sirena de la vanidad y permanezca hoy plenamente fiel a sus comienzos, a sus raíces, a sus primeros pasos, a sus deseos, pese a las muchas vueltas que ha dado el mundo en esos treinta años –37 si nos remontamos a su primer corto–, a lo que ha cambiado el panorama de lo que todavía entonces nadie que no fuera, además de un pedante, un perfecto imbécil, hubiera osado llamar “el audiovisual”, sino, simplemente, el cine, que hoy ya no es más que un barrio periférico y venido a menos de una metrópolis más amplia y difusa, pero que en 1975 o 1968 aún era el todo, o al menos lo parecía.

Que Chantal Akerman siga siendo una belga errante y parezca siempre una principiante, que lo mismo va a la antigua Europa “socialista” del Este hoy integrado en la Unión Europea que explora la frontera siempre conflictiva entre los Estados Unidos y México, o atraviesa en tren o en coche la Unión Europea, o recala en París, Amsterdam, o Londres, o vuela a Nueva York, Chicago o San Francisco. Y que en todas partes se siente tan en casa, o quizá, mejor dicho, tan poco “en casa”, como en Bruselas. Sigue viajando con cámaras. Ahora quizá sean ambas digitales, y diminutas. Los medios, al aligerarse, se hacen más portátiles, y al abaratarse los costes de uso permiten que los cineastas que aún desean tal cosa –cada vez, al parecer, y muy paradójicamente, menos numerosos– sean más libres, menos dependientes de los productores y menos pendientes de tratar de vender una idea, un proyecto, de tener que intentar seducir con un guión biensonante y ambicioso a una comisión, de hacer creer –conscientes del engaño– que van a hacer ganar dinero a quienes de hecho lo ponen y que por eso, automáticamente, se creen los dueños y propietarios de una obra que ni siquiera entienden, que serían incapaces hasta de soñar o recordar, pero sobre la que quieren opinar e influir, de la que a veces tratan de apoderarse y en el proceso lo que consiguen es dañarla, destruirla o frustrarla.

Pero la libertad y la intemperie, la casualidad y la improvisación, los encuentros y el nomadismo, aunque durante cierto tiempo estimulan, a la larga, normalmente, cansan. Y con la edad casi todos nos vamos haciendo más cómodos, más quietos, más estáticos. Nos movemos menos y actuamos poco, con la excusa de que estamos muy ocupados tratando de recordar, de que “el tiempo de la acción ha pasado, comienza el de la reflexión” –como decía el Petit Soldat godardiano, casi remedando al Orson Welles de The Lady from Shanghai–, y argumentando que es más propio de nuestra edad limitarnos a pensar, o, con el pretexto de que sabemos ya, y ya conocemos esos lugares, y no tenemos nada que aprender, y si acaso nos queda cada vez menos hueco en la memoria y disminuye nuestra capacidad de asimilar lo nuevo, nos vamos hundiendo en el inmovilismo. Pocos siguen descubriendo el mundo con la mirada y una cámara desnuda. Chantal Akerman, en cambio, sí. Sigue siendo (cada vez más) libre.

En “Chantal Akerman”, catálogo de la videoinstalación de Chantal Akerman en la Galería Elba Benítez de Madrid. Enero de 2005.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Cary Grant: el arte de saber estar

La muerte de Cary Grant sorprende más que otras porque nos habíamos acostumbrado a su ausencia actual, pero no habíamos dejado de verle —en pantalla— perennemente joven o, a lo sumo, maduro; nunca viejo o caduco. Se nos antojaba, si no eterno, por lo menos permanente. Aunque supo retirarse a tiempo —hace veinte años ya, con una tibia comedia premonitoriamente titulada «Anda, no corras» en inglés—, sus intermitentes apariciones —más o menos publicitarias— en la prensa, sonriente siempre y aparentando menos edad de la que tenía, contribuyeron a mantener vivo el recuerdo de sus grandes actuaciones, caracterizadas por una singular combinación de naturalidad y elegancia, y siempre enriquecidas por una especial ironía, por un sentido del humor que hizo de él, pese a ser inglés, quizá el más grande de los actores americanos. Porque, aunque nacido en Bristol y educado en Gran Bretaña, de la que inequívocamente procede su «flemática» actitud en la pantalla, Archibald Leach fue siempre un actor por completo ajeno al naturalismo, que interpretaba mediante la estilización de la conducta y de los gestos, sin caer jamás en el exceso ni bordear la caricatura: nunca se le vio realmente en apuros, pues siempre había entre él y el personaje que encarnaba una cierta distancia, hecha de humor, escepticismo y «juego»; era tan evidente su seguridad, se notaba tanto que estaba disfrutando mientras actuaba, que no era posible olvidar que estaba interpretando.

Esto limitó, en algún sentido, su radio de acción como actor, vedándole personajes neuróticos, excesivamente preocupados, torpes o rústicos, pero le catapultó a la cumbre de la «alta comedia». Ni siquiera Hitchcock consiguió hacer que creyéramos en su maldad o que temiésemos en serio por su vida —Sospecha, Con la muerte en los talones—; aunque su obeso compatriota y el flaco Hawks lograron eludir su habitual simpatía —Encadenados, Sólo los ángeles tienen alas—, nunca hubiéramos podido tomarle por un tonto o un maleducado. De cuando en cuando intentó romper con su imagen despreocupada, y en este sentido None But the Lonely Heart de Clifford Odets es la excepción que confirma la regla, pero hizo bien en no insistir en el western ni en el film de guerra, porque no era ése su terreno más adecuado. Era otro su ambiente, y en él supo moverse como pez en el agua. En el melodrama discreto —Tú y yo de McCarey, por ejemplo— y en todo tipo de comedias no tuvo igual, porque en esos géneros no tenía límites, como demostró el estrepitoso ridículo que hicieron cuantos tuvieron la osadía de tratar de imitarle.

Supo mantener el tipo en medio de la locura —La fiera de mi niña, Arsénico por compasión— o sumarse a ella con equilibrado entusiasmo —Me siento rejuvenecer—, lo mismo que logró conservar la dignidad y la compostura en las situaciones más delicadas, sospechosas o comprometidas —Página en blanco, Charada, Atrapa un ladrón, Con la muerte en los talones, Indiscreta—, durante toda una larga carrera profesional en la que se cuentan con los dedos de una mano las películas carentes de interés: pocos actores han conseguido elegir con tanto acierto guiones y directores, y quizá ninguno cuente tantas obras maestras en su filmografía; hasta tal punto es así que su presencia constituye una garantía casi absoluta, y sólo extraña que nunca tratase de pasar al otro lado de la cámara.

Siempre me ha llamado la atención que ni el inglés ni el francés —to be, être— distingan, como lo hace en cambio el castellano, entre ser y estar, y que utilicen el mismo verbo —to play, jouer— para actuar y jugar, indiferenciación semántica que tiene, sin duda, consecuencias a la hora de interpretar un papel, tanto en la ficción como en la vida real. Si un actor puede ilustrar a la perfección esa concepción de la representación, ése fue, sin duda, Cary Grant, probablemente la persona que más ha disfrutado haciendo —sin aparente esfuerzo— su trabajo. Es evidente que le divertía hacer cine, y esa fruición es contagiosa.

Seguro que se tomó la muerte con mucha calma; como siempre, con elegancia; quizá hasta con humor.

En Manhattan nº 1 (enero de 1987)

lunes, 17 de noviembre de 2025

Animación en la sala de espera (Manuel Coronado y Carlos Rodríguez Sanz, 1981)

Solo a unos inconscientes principiantes se les podía ocurrir la idea de filmar sin tapujos -habría que averiguar cómo lo consiguieron- la realidad desoladora de un hospital psiquiátrico en la España inmediatamente posterior al fin de la dictadura. Fue la primera y única película de sus dos correalizadores, el segundo firmante un crítico de cine y de teatro bastante conocido, ya fallecido, el otro, para mí, tan desconocido hoy como entonces.

Les salió una película nada convencional. Desnuda, seca, dura y desagradable como muy pocas rodadas en España, antes desde luego, pero también después. Sin convencionalismos, sin actores, aunque sí con personajes. ¿No se considera loco al que se ve habitado por otro ser? ¿No actúa de una manera disconforme con lo que se considera estadísticamente normal, sin cumplir las normas establecidas de educación, urbanidad e hipocresía? ¿No cuenta historias que nadie cree, a las que se buscan explicaciones simbólicas, metafóricas, traumáticas?

Como no sabían hacer cine, más que de verlo, y les faltaban hasta los rudimentos de la técnica, y más aún los hábitos adquiridos y el sentido de la rutina que a veces pasa por “oficio”, se apañaron como pudieron, con poco tiempo y pocos medios materiales, aprovechando el desconcierto y la inaudita libertad recién recuperada de esos años de la transición. No hacía falta más para capturar sin maquillajes una realidad hiriente. Nunca se pasa por televisión, no se ha editado nunca en vídeo (ni, por supuesto, en DVD), los jóvenes no la han visto, y algunos de los que la vieron han preferido olvidar esa visión de pesadilla que supo no ser cruel, ni escandalosa, ni retórica, ni compasiva, ni periodística -es justo lo contrario que un reportaje, un verdadero documento-, ni melodramática, ni panfletaria.

No es una película preconcebida, ideológicamente inspirada por la corriente, entonces en boga, de la antipsiquiatría. En eso, y por eso, supera no sólo cualquier cosa mostrada por los americanos neoyorkinos, sino también los manifiestos un tanto retóricos de Bellocchio y sus amigos Silvano Agosti, Sandro Petraglia & Stefano Rulli (Matti da slegare), de Ken Loach (Family Life), incluso de Raymond Depardon & Sophie Ristelhueber (San Domingo). Fueron a ver y eso que se encontraron lo reflejaron con lealtad hacia los retratados, tal cual, sin añadir gran cosa de su cuenta. No hacía falta. Y ellos no sabían cuál pudiera ser la solución. Lo único claro es que lo que encontraron les produjo horror, el mismo horror desnudo que provocó la película en sus contados espectadores, que no hemos podido olvidarla.


ANIMACIÓN EN LA SALA DE ESPERA (1981)

Animation dans la salle d'attente

de Carlos Rodríguez Sanz et Manuel Coronado

Seuls quelques débutants inconscients pouvaient penser à filmer sans détour – il faudrait vérifier comment ils y parvinrent – la réalité désolante d'un hôpital psychiatrique de l'Espagne de l'immédiat après-dictature. Ce fut le premier et unique film de ses deux coréalisateurs : Carlos Rodríguez Sanz, critique de cinéma et de théâtre assez connu, décédé en 1981, et Manuel Coronado, aussi inconnu de moi aujourd'hui qu'alors.

Ils réussirent un film qui n'avait rien de conventionnel. Nu, sec, dur et âpre, comme peu de films tournés en Espagne, avant, bien sûr, mais aussi après. Sans lieux communs, sans acteurs mais avec des vrais personnages. Ne considère-t-on pas comme fou celui qui se croit habité par un autre être ? N'agit-il pas de manière non conforme à ce qui est statistiquement défini comme "normal", sans respecter les normes établies de la bonne éducation, de la courtoisie et de l'hypocrisie ? Ne raconte-t-il pas des histoires que personne ne croit, celles auxquelles on cherche des explications symboliques, métaphoriques, traumatiques ?

Comme il ne savaient pas "faire" du cinéma mais seulement ce qu’on peut apprendre à le voir, et qu'il leur manquait jusqu'aux rudiments de la technique, et plus encore les habitudes acquises et le sens de la routine qui passent parfois pour du "métier", ils se débrouillèrent comme ils purent, avec peu de temps et peu de moyens matériels, profitant de la confusion et de la liberté inouïe, récemment retrouvée en ces années de la "Transition". Il n'en fallait pas plus pour capter sans fard une réalité blessante. Jamais ce film ne passe à la télévision, jamais il n'a été édité en vidéo ni en DVD, les jeunes ne l'ont pas vu, et certains de ceux qui l'ont vu ont préféré oublier cette vision de cauchemar qui avait su n'être ni cruelle, ni scandaleuse, ni rhétorique, ni compassionnelle, ni journalistique - c'est très exactement le contraire d'un reportage : un vrai document – ni mélodramatique, ni pamphlétaire.

Ce n'est pas un film préconçu, idéologiquement inspiré par le courant, alors en vogue, de l'antipsychiatrie. En cela, et pour cela, il dépasse non seulement n'importe quelle chose montrée par les New-yorkais, mais aussi les manifestes un rien rhétoriques de Marco Bellocchio et ses amis Agosti, Petraglia et Rulli (Matti da slegare / Fous à délier), de Ken Loach (Family Life), ou même de Raymond Depardon et Sophie Ristelhueber (San Clemente). Ils allèrent voir, et ils rapportèrent ce qu'ils rencontrèrent avec loyauté envers ceux dont ils faisaient le portrait. Tel quel, sans ajouter grand-chose de leur propre compte. Ce n'était pas nécessaire. Ils ne savaient pas quelle pouvait être la solution. La seule chose claire est que ce qu'ils rencontrèrent les horrifia. Cette même horreur nue que le film inspira le film à ses rares spectateurs, et qui nous le rendit inoubliable.

[Texto en francés redactado por Miguel Marías]

Para Cinéma du Réel 2005 (marzo de 2005)

viernes, 14 de noviembre de 2025

Iguana (Monte Hellman, 1988)

Debo advertir que no me cuento entre los admiradores incondicionales de Monte Hellman, ni entre los fanáticos de su excelente Two-Lane Blacktop (1971). A decir verdad, me quedé de una pieza cuando por fin logré ver sus dos famosísimos y reputados westerns con Jack Nicholson, que, la verdad, encuentro mucho menos rigurosos y enigmáticos que, por ejemplo, el estupendo guión de Burt Kennedy modesta pero más eficientemente dirigido por Harry Keller Six Black Horses (1961), y que me parece imperdonable parangonar (como se ha hecho) con los pequeños (pero no inflados) westerns de Budd Boetticher con Randolph Scott abusivamente agrupados bajo la incorrecta etiqueta de "ciclo Ranown". Por no hablar de sus tres primeras películas, series Z muy pobres y más bien sosas, en la esfera de Corman o la de Lippert, dos rodadas en las Filipinas, y que como mucho pueden, en algún caso, resultar simpáticas o entretenidas, pero sobre las que lo más piadoso es no entrar en muchos detalles.

No niego que sea un director extremadamente interesante, sobre todo para lo que ha dado de sí (y de nuevo) el cine americano desde mediados de los años 60, pero su carrera ha sido tan accidentada, intermitente y errática que las promesas raramente se han visto confirmadas, pese a lo cual su inicial consagración como "director de culto" se ha mantenido intacta, exagerándose para ello los valores de sus tres film míticos, en detrimento de varios de los que yo considero mejores (pero que ha sido difícil lograr ver en buenas condiciones, es decir, sin manipulaciones destructivas o en versiones repudiadas), y tratándose con excesiva benevolencia algunos films alimenticios simplemente bien hechos (los más "recientes" entre Iguana y Road to Nowhere, 2010, que es de nuevo un proyecto personal e independiente) o magnificando sus poco perceptibles y evaluables aportaciones a películas (notables o mediocres) en las que intervino a títulos diversos y no siempre definidos ni acreditados (desde The Killer Elite de Peckinpah o Reservoir Dogs de Tarantino hasta RoboCop de Verhoeven, Avalanche Express de Mark Robson o The Greatest de Tom Gries) o a proyectos que fueron confiados finalmente a otros directores (Pat Garrett & Billy the Kid, 1973, de Sam Peckinpah).

Iguana es una pobre co-producción con Italia, que se rodó en buena parte en Lanzarote, con algunos técnicos y actores españoles, y aquí se estrenó como La iguana, remontada, mutilada y delictivamente doblada, por lo que goza de una pésima reputación, y encuentro deplorable que la Filmoteca Española se haya molestado en proyectar (y más veces que la original) versiones espúreas (o espurias, si se prefiere) tanto de esta película como de la igualmente o más maldita China 9 Liberty 37, que es para mí (en su difícil de ver versión en inglés, con el montaje del director, completa, en Scope) la obra maestra de Hellman, pese a ser, en apariencia, un vulgar spaghetti-western. En su versión verdadera, montada (como, en principio, todas las películas de Hellman) por su director, es uno de sus cuatro mayores logros, y una obra absolutamente insólita. Basada en una novela de Vázquez Figueroa (a quien me abstendré de vilipendiar sin haberlo leído; a fin de cuentas, además de Hellman, se ha apoyado en él Fleischer) inspirada por la leyenda de un marino inglés llamado Watkins del que ya había escrito Herman Melville en The Encantadas (Hood's Isle and the Hermit Oberlus), cuenta una historia tan rara como misteriosa e interesante, digna de alguna de las películas de Jacques Tourneur producidas por Val Lewton o de alguna de las de Jack Arnold que produjo la Universal en los años 50, y relacionada a su vez con algunos mitos literarios de ilustre estirpe y con abundante y variada prole cinematográfica (La Bella y la Bestia, El Fantasma de la Ópera); plásticamente y en parte por su espíritu, puede evocar conexiones que con casi total seguridad Hellman ignoraba: Moonfleet de Fritz Lang, Anne of the Indies de Tourneur, The Spanish Main de Borzage y el Robinson Crusoe de Buñuel, cumbres de varios subgéneros conexos o contiguos hoy (y ya en 1988) extintos.

Sin embargo, lo que aporta de nuevo Iguana, y resulta ser decididamente "hellmaniano" es su distancia de los personajes, que transmite al espectador, colocándole en la incómoda posición de testigo externo de actos a menudo brutales (y "escandalosos" para timoratos de todos los pelajes), y en la aún más difícil (si en tal quiere alguien erigirse) de juez de unos personajes poco articulados y elocuentes, que nunca se explican (ni apenas reflexionan, que a menudo no se entienden a sí mismos) y a los que sólo conocemos por sus hechos, de motivaciones a menudo impenetrables (aunque no inimaginables) y nunca manifestadas, pues se guían por impulsos, reacciones incontroladas, deseos, rencores o instintos muy primarios. Esto, que sucede prácticamente en todas las películas de Hellman, pudo deberse inicialmente a guiones chapuceros y falta de tiempo y de actores competentes, pero a partir de The Shooting y Ride in the Whirlwind parece un rasgo asumido. Por eso, pueden resultar muy desconcertantes –e incluso frustrantes– sus películas, casi siempre de estructura circular (o se vuelve al punto de partida o se salda la partida con un empate, o la victoria es pírrica o efímera), sobre todo cuando cuentan historias muy románticas –como en este caso, El fantasma de la Ópera en una isla desierta– con un espíritu no ya escéptico, pesimista y totalmente ajeno al romanticismo (como sucede en Jacques Tourneur), sino agresivamente contrario a toda ilusión idealista. Por eso, ninguna acaba bien, o al menos no realmente bien, y los muy raros happy endings teóricos quedan teñidos por la duda y la melancolía, puestos en tela de juicio como apuestas a largo plazo, como reconciliaciones definitivas, lo que puede hacerlos, en un extraño y retorcido segundo grado, particularmente conmovedores (como en China 9 Liberty 37), pero casi siempre las dejan sin punto final, con puntos suspensivos (estruendosamente llamativos en el caso de Two-Lane Blacktop: la proyección simula atrancarse y la película "se quema"). En cambio, el final de Iguana es verdaderamente trágico, con algo de la lacónica y ambigua (no se ve la cara del recién nacido) gravedad desolada del cierre de Moonfleet.

Por último, y aunque pueda parecer una frivolidad, no creo lícito hablar de Iguana sin lamentar que el cine español en su conjunto se haya permitido desaprovechar (salvo Medem en Los amantes del Círculo Polar) a una actriz como Maru Valdivieso (o Valdivielso, como reza en la película), sin duda, con la Jenny Agutter de China 9 Liberty 37 la más atractiva de las "heroínas" (si puede decirse, la palabra es tan inadecuada como su contraria) hellmanianas. Entonces tenía 24 años, han pasado 22, y seguro que todavía hay papeles para ella.

En Miradas de Cine nº 96 (marzo de 2010)

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Recordando a Becker

Este año se cumple el primer centenario de la muerte del gran Gustavo Adolfo Bécquer, y se conmemora justamente. Sin embargo, se olvida que el 21 de febrero hizo diez años que Jacques Becker, uno de los más grandes cineastas franceses, abandonó este mundo, horas después de acabar la sonorización de una de sus obras maestras, La evasión (Le Trou, 1960). Si París, bajos fondos (Casque d'or, 1952) queda ya demasiado lejos, otras dos de sus más grandes películas circulan esporádicamente por nuestros cineclubs: Montparnasse 19 (o Les Amants de Montparnasse, 1957) y Touchez pas au grisbi (1954).

Si Montparnasse 19 es un film febril, patético, sublime, "mal hecho" por un gran técnico al que las prisas y las dificultades imponían encuadres y movimientos de cámara elegidos casi al azar, a toda velocidad, sin pararse a pensar, Touchez pas au grisbi es un film claro, sereno y reposado. En Montparnasse 19 había que mostrar rápido, y hacer sentir: Modigliani intenta vender sus dibujos, Becker le dice a Gérard Philippe que haga cuatro gestos, coloca la cámara delante, donde sea, y la mueve para intentar captar la emoción de la escena. Entonces todo es verdadero, desgarrador y desgarrado, sincero y personal. Becker, con todo en contra, se juega todo a una carta, en cada plano (perdiendo y no dándose por vencido, jugando obstinadamente, como un suicida), y consigue así la que es tal vez su mejor obra, la más cercana a Nicholas Ray, con À bout de souffle y Pierrot le fou, que se ha rodado en Europa.

Touchez pas au grisbi es, en apariencia, un film de gangsters, y como tal no desmerece demasiado frente a Scarface. Pero en el fondo su tema es otro: ante todo, la amistad; y, además, el envejecimiento de los hombres de acción. Becker lograba plenamente, en 1954, lo que luego otros muchos directores franceses han intentado, con éxito limitado unos, como Claude Sautet en A todo riesgo (Classe tous risques, 1959), de forma artificiosa otros, como Jean-Pierre Melville (El confidente, El guardaespaldas, El silencio de un hombre), o —la mayoría— cayendo en el ridículo: Enrico, Jean Becker, Cavalier, Herman, Deray. Porque Becker no ha intentado trasplantar a Francia una mitología y un estilo americanos, sino que ha buscado en su país el equivalente de los gangsters americanos. Sus personajes, sus métodos, su forma de vivir y de pensar es francesa, y el estilo de Becker también.

Así, lo más importante de esta película no son los tiroteos, ni los ajustes de cuentas, ni los estallidos de violencia —que son excelentes—, sino la amistad que une a Max (Jean Gabin) y Ritone (René Dary), su soledad, su esperanza de que éste sea su último golpe y poder así retirarse y vivir en paz, con una mujer. Este es el sentido de aquella admirable secuencia en que Max hace que Ritone se dé cuenta de las arrugas que surcan sus rostros, de sus ojeras, de sus canas. Ritone se contempla en el espejo, con la misma y serena tristeza que Chaplin en Candilejas. La aventura está tocando a su fin, la fatiga les paralizará pronto. La nostalgia domina a Max, aún consciente y cauteloso, que escucha sin cesar su disco favorito. Ritone, que no quiere reconocer que ya está viejo, actúa imprudentemente, y es capturado por Angelo (Lino Ventura). Para salvarle —aunque eso significa no poder descansar, volver a empezar—, Max acepta entregarle el botín. Una cita nocturna en la carretera, un intercambio —cercano a Río Bravo y a Eldorado, dos films sobre la amistad—, la trampa de Angelo, la batalla. Ritone resulta herido.

Max entra con Betty, su amante, en un restaurante. Llama por teléfono para preguntar por Ritone. Una panorámica, al otro lado del teléfono, nos lo muestra sin vida. Max vuelve al comedor, echa una moneda en el juke-box y, mientras suena su disco favorito, se sienta a comer, hecho polvo, llevando el ritmo con el cuchillo. Betty le mira, lo nota, sonríe con tristeza, y la cámara gira hacia el juke-box.

Así termina este film seco y preciso —como los de Hawks—, humano —como los de Chaplin—, horizontal —como los de Mizoguchi—, hecho de cortas panorámicas laterales —como los primeros de Godard—, cuyo secreto está en la mirada fraternal que tiene Becker para con sus personajes. Por eso decía Becker: "Los argumentos no me interesan en sí. La historia (la anécdota, la narración) me importa un poco más. Sólo les personajes, que se convierten en mis personajes, me apasionan hasta el extremo de pensar en ellos sin cesar".

En El Noticiero Universal (2 de mayo de 1970)

lunes, 10 de noviembre de 2025

Los rostros de Alonso Quijano

Cada lector tiene de Don Alonso Quijano y Sancho Panza una idea visual concreta, no sé si generada por el texto cervantino o por la ilustración de diversas ediciones, sean ilustres (Doré) o no. Y es difícil que el cine o la televisión acierten a restituirnos nuestra imagen de estos seres de ficción, porque recrearán la de sus autores.

A fin de cuentas, el caballero de la triste figura y su compañero de peripecias no son sino criaturas imaginarias y cada cual ha de ser su propio «imaginero». Así, por mucho que admire a Fernando Rey, me cuesta verle en el papel de Don Quijote que Manuel Gutiérrez Aragón le ha asignado en una serie televisiva aún inédita (y no sé si truncada). En cambio, para mí, Fernando Fernán-Gómez puede unir la locura, la melancolía y el desgarbo que requiere el personaje, sin que por ello sea aceptable la película que, prematuramente, interpretó a las órdenes de Gavaldón. Quizá de haberla dirigido el propio Fernán-Gómez...

El problema es que El Quijote es un libro maravilloso, y que no hace falta ninguna versión cinematográfica. Cosa, además, harto difícil, pues es un relato muy largo, en el que lo grandioso no es el argumento al que tiende a reducirlo, condensándolo, cualquier guión, ni la supuesta moraleja, sino su tono narrativo, su estilo literario, su empleo de la lengua, —todo ello intrasladable al cine—, además, claro está, de sus personajes. Por este lado también ha fracasado los que han tenido la osadía de dejarse tentar por la obra de Cervantes: ni Pabst ni Rafael Gil —no digamos Arthur Hiller en su versión musical— dieron con los intérpretes adecuados. El muy digno y físicamente acertado Nicolai Cherkassov no pudo redimir la pesada y académica realización de Grigori Kozintsev. Alguien propuso a Gary Cooper, y al verle con las piernas más largas que la alzada del caballo en El hombre del Oeste, o «desfaciendo entuertos» con molinos de viento en las películas de Capra, puede pensarse que no era mala idea.

Por otra parte, siempre me intrigó que Howard Hawks pensase seriamente en Cary Grant como el Quijote y en Cantinflas como Sancho (y esto último lo llevó a la práctica, con resultados penosos, alguien que no era Howard Hawks).

Pero la dificultad no radica sólo en los actores, ni en la adaptación, sino en hallar un cineasta que tenga algo que ver con Miguel de Cervantes o, al menos, comprenda y admire El Quijote. Por eso la tentativa más prometedora fue la de Orson Welles, que desde 1956 hasta su muerte fue rodando planos sueltos de una versión muy personal, con Francisco Reiguera y Akim Tamiroff, que dan perfectamente el físico y la actitud de Don Alonso Quijano y Sancho Panza.

Por desgracia, Orson Welles no llegó a terminar la película, pero existe un importante metraje, en parte montado, que la Filmoteca Nacional está tratando de recopilar desde hace años.

Esperemos que estas gestiones den resultado y que algún día sea visible el trabajo de Orson Welles, el único con posibilidades, incluso estando inacabado, de acercarse a la esencia de El Quijote.

En Cambio16 (5 de agosto de 1991)