Aunque los tíos tengan una cierta tradición cinematográfica, del de Jacques Tati (Mon oncle) al que tenía en América Alain Resnais (Mon oncle d’Amérique), pasando por el de Claude Jutra (Mon oncle Antoine), e incluso los haya misteriosos, como el tío Harry (George Sanders en The Strange Affair of Uncle Harry o, simplemente, Uncle Harry) de Robert Siodmak precisamente, e inquietantes como los de Alfred Hitchcock (el tío Charlie interpretado por Joseph Cotten en Shadow of a Doubt) y William Castle (Let’s Kill Uncle, 1966), pocos cinéfilos pueden presumir de uno tan exótico e intrigante como mi tío el director, al que es de imaginar –aunque no me consta, o no me acuerdo– que debió ser considerado, hace unos treinta años, la “oveja negra” de la familia por parte de la misma, y más que por dedicarse al bohemio oficio de cineasta –ya que el cine parecía atraer hasta a los más serios y formales del clan–, por consagrarse activamente, y casi en exclusiva durante varios años, a un género tan poco respetable como el “porno”, propensión que debía resultar particularmente chocante y paradójica a esos extranjeros que se asombraban de que alguien, por si fuera poco apellidado Franco –como el entonces veterano y persistente timonel del país– tuviera la osadía de tomar como propio el nombre de Jesús, para muchas religiones –incluida la católica… en los restantes países– casi tabú, por ser el de Jesucristo y parecer, por tanto, reservado en exclusiva a Dios hijo. Claro que ni el incómodo apellido –que era el de mi madre, y el segundo mío– ni el nombre, normal por estas tierras, eran para mí, ni para mis primos y hermanos, nada extraños, y más nos han llamado siempre la atención sus seudónimos, desde el transparente “Jess Franco” hasta el anglosajonizado “Jess Frank” –que tenía el mérito de reunir, siquiera fonéticamente, a los dos hermanos James, cantados en la pantalla por Henry King, Fritz Lang, Samuel Fuller y Nicholas Ray, entre otros–, pasando por los que acostumbraba tomar en préstamo, con no poco descaro, de algunos grandes del jazz, como el pianista James P. Johnson y el trompetista Clifford Brown, y por otros cuantos, de variada procedencia y sonoridad, con los que disimulaba –no sé por qué, ya que la modestia no ha sido nunca una de sus virtudes más destacables– su tendencia a ejercer de Juan Palomo, es decir, a hacer de todo en una película, desde escribir la apócrifa –y, desde luego, inédita– novela que le servía de argumento, además del guión y los diálogos, hasta componer y a menudo interpretar la música, sin olvidar su hitchcockiana afición a hacer de comparsa, que culminó en obra ajena, la inmortal tragicomedia negra El extraño viaje (1964) de Fernando Fernán Gómez, en un papel de cierta importancia que se parece a mi tío como una gota de agua a otra, no he logrado nunca saber si porque sólo era capaz de hacer de sí mismo o porque Fernán Gómez supo calarle a fondo y es, además de todo lo demás, un fino retratista.
En una familia tan amplia como la de los Franco Manera –mi abuela tuvo once hijos, de los que sobrevivían siete cuando yo era niño–, y en la que ni la mayor parte de sus miembros originarios, tal vez por aversión a las multitudes y a los conflictos territoriales en el comedor, ni casi ninguno de sus cónyuges y vástagos, brillaban por su espíritu familiar, ni tendían en absoluto a pensar –sino más bien lo contrario– que sus parientes fuesen capaces de hacer nada a derechas ni pudiesen estar dotados de algún talento particular, cada cual tendía a no ocuparse demasiado –ni para bien ni para mal– de los demás, a no estar al corriente de sus actividades –diversas y numerosas en casi todos, y de lo más variopintas– y, en general, a desentenderse de la familia. En esta última faceta, los más jóvenes de mis tíos, tal vez por haber sido los más pequeños y por haber interrumpido su infancia la guerra civil, eran los más hábiles, y el tío Jesús pronto se reveló "un hacha".
Aparte de los tradicionales trasnoches, que le llevaban a invertir el horario con el resto de la familia, escapando así hábilmente a su control, y las no menos tradicionales escapadas a París –que era entonces el foco de libertad más a mano, y además el más atractivo, en particular para un amante del cine y el jazz–, los sucesivos inicios forzados de varias carreras universitarias equivocadas y los ocasionales trabajos como pianista y bajo en clubs de jazz permitieron a mis tíos menores y más traviesos –los más divertidos y "de fiar", claro está, para sus sobrinos– zafarse muy pronto de toda conexión que no fuese la dictada por la necesidad económica o, en lo afectivo, alguna totalmente selectiva y deliberada, además de esporádica. La afición, primero, y luego la dedicación profesional al cine, además de permitir a mi tío Jesús vivir de lleno en un mundo de ficción que ya había erigido concienzudamente a base de sistemáticas, fantásticas e inverosímiles mentiras, de las que parecía importar menos su credibilidad teórica que la dosis de imaginación puesta en urdirlas y la habilidad con que se encadenaban al narrarlas entre evasivas y vaguedades, la lógica interna con la que un invento conducía a otro embuste, cimentado con algún que otro detalle real o, por lo menos, "realista", y que había de ser ratificado con una nueva trola, tan descabellada que a la fuerza tenía que ser aceptada, en virtud del razonamiento –tan frecuente en las escenas de interrogatorios de las películas policíacas, sobre todo cuando se trata de establecer una coartada– de que nadie sería capaz de inventar una excusa tan poco convincente y tan complicada, y que por lo tanto no podía ser mentira, ya que, de haber recurrido a ella, hubiera ideado algo más normal. Y es que hay que contar con que, como siempre se ha sabido en mi familia, "la realidad supera a la ficción", por lo que las cosas no pueden relatarse tal y como son o sucedieron, por mucho que reflejen cabalmente la verdad, ya que con excesiva frecuencia resultan increíbles y parecen simples exageraciones, o versiones irónicamente caricaturescas de los hechos, dado que por lo menos la mitad de los miembros de la familia tiene fama de caracterizarse por una notable propensión a disfrutar contando cosas, lo que lleva, por pura eficacia dramática o por exigencias de la propia narración, a embellecer y redondear la historia, de cualquier modo ya irremisiblemente viciada por una tendencia manifiesta a la acotación sarcástica, la suposición arbitraria y el detalle incongruente, excéntrico, surrealista o absurdo –que normalmente está ahí, palabra, aunque la gente no suela verlo, o al menos puede deducirse de la conclusión–. Estas inclinaciones naturales, sin duda producto de un exceso de lecturas inadecuadas y tal vez prematuras, hace que a casi todos los Franco y los Marías Franco nos tomen en serio cuando gastamos una broma o inventamos algo para alarmar o divertirnos, y en cambio crean que es una broma buena parte de las veces que hablamos completamente en serio y ateniéndonos escrupulosamente a la descripción objetiva de los hechos, fenómeno que no deja de ser curioso, y que sin duda explica la afición a la narrativa de buena parte de la familia.
El caso es que, a pesar de tener en común la afición al cine, al jazz y a los relatos de aventuras, policiacos y de terror, además de algo de sangre, el tío Jesús y yo nos hemos visto muy poco, cada vez durante menos tiempo y más de tarde en tarde, y desde hace muchos años siempre fuera del ambiente familiar y más bien en el marco de nuestras respectivas y diferentes actividades relacionadas con el cine.
No tengo idea de dónde pueda estar en este momento, como lo ignoré cuando fuimos –según descubrí demasiado tarde– casi vecinos; no sé su número de teléfono actual, si es que lo tiene, y que alguien me lo dé –si no se lo han cortado– suele ser simplemente el preludio de una enojosa e intrincada investigación detectivesca, llena de imprevisibles y a veces enojosas ramificaciones, sin garantía alguna de que un buen número de llamadas arroje resultados concretos: para cuando uno consigue –si lo logra– dar con su pista, el pájaro ha volado, dejando tras de sí algún que otro socio o casero descontento y bastantes cabos sueltos, mas no su nuevo paradero. Más vale que no me pregunten si está casado, y aun menos con quién, porque hace tiempo que, para no meter la pata ante alguna de sus acompañantes, omito yo mismo tal género de inoportunas muestras de interés. Aunque probablemente él ignora cuántos hijos tengo, y creo que no conoce a mi mujer –aunque quizá recuerde vagamente que hace dieciocho años mi madre, su hermana mayor, le invitó a mi boda, en Soria, cuando él debía de estar rodando algo en Brasil o Suiza–, no debe pensarse que esta falta de información mutua es mero producto de la indiferencia; los dos somos ardientes seguidores del "vive y deja vivir", y no llevamos un fichero de las andanzas familiares. Además, yo creo que, por su parte, hay cierta voluntad de misterio, un residuo de su afición a interpretar diferentes papeles, a jugar a los espías, a verse como un personaje de Peter Lorre –seguramente, su actor favorito, sin duda por ser el que físicamente más se le parecía–; de haber sido novelista, poeta, pintor, músico o, al menos, un autor cinematográfico respetado, la crítica hablaría de sus heterónimos, como si fuese Pessoa, y algún americano habría perpetrado una tesis doctoral –aunque para esto siempre estamos a tiempo– sobre algo así como el sexo, el miedo, la oscuridad y la esquizofrenia en el mundo fílmico de Jess Frank (Sex, Fear, Darkness and Schizophrenia in the Film World of Jess Frank sería un bonito título).
En los últimos años, las noticias más directas que he tenido de mi enigmático tío Jesús son algunas de sus películas, una porción insignificante de su inabarcable, confusa, cronológicamente inordenable, siempre creciente y casi invisible filmografía, pesadilla de los expertos que intentan confeccionarla que, según me dicen, rebasa ya cuantitativamente el objetivo que se había fijado cuando empezó: superar la obra de un cineasta que llevaba las mismas iniciales, John Ford. Confieso que de esas 170 películas habré visto unas treinta, y que de las rodadas en los últimos veinte años conozco un porcentaje mínimo; naturalmente, sigo sin conseguir echarle el ojo a ninguna de las varias películas –no siempre las mismas– que, en público o en privado, ha declarado en diferentes ocasiones que eran las mejores que había hecho, circunstancia de la que también son intrigadísimas víctimas sus raros seguidores en este país y hasta los varios fidelísimos "fans" que, para gran sorpresa mía, tiene no sólo en Francia –el primer país donde le hicieron un poco de caso, sobre todo los especialistas en cine fantástico–, sino ahora en Estados Unidos y, sobre todo en Inglaterra. Ninguno de los adoradores devotos de Jesús que he llegado a conocer en persona, y que sin duda me aprecian o respetan más desde que han sabido que soy sobrino suyo, ha acertado a explicarme qué es lo que tanto les atrae, interesa o divierte de las películas de mi tío; alguno, aunque admite a regañadientes que ninguna es realmente muy buena, ni siquiera buena, sostiene y proclama que en todas hay por lo menos una escena, un plano, un detalle, una idea que vale la pena, y que en general no son aburridas. Sobre el primer punto casi estoy de acuerdo, aunque sospecho que tales hallazgos eran más numerosos en los años 50 y 60 que en los 70 y 80; en cuanto a la segunda afirmación, siento decir que he debido tener la mala fortuna de pillar las excepciones a la regla, porque he visto varias francamente fatigosas, y sin gracias aisladas que las rediman.
Lo cierto es que mi tío fue, desde su más tierna infancia, un gran aficionado al cine, de esos que, siempre que podíamos, nos pasábamos las tardes viendo dos veces un programa doble, y con una memoria prodigiosa para recordar argumentos, diálogos, movimientos de cámara, encuadres y composiciones de planos, músicas y hasta gestos de actores (lo que contrastaba con la escasísima retentiva indicada por su exiguo aprovechamiento en aquellos estudios que no le interesaban), y que, al principio de su carrera, cuando tenía ambiciones creativas, conscientemente o no, llenaba sus películas de cualquier tipo –comedias, melodramas, musicales, policiacas, de terror, de aventuras– de frases, movimientos de cámara o planos sueltos plagiados, imitados o recordados sin querer de otras películas, aunque perteneciesen a géneros muy diferentes –en un film de terror podía mezclarse el recuerdo de Franju, Hitchcock, Whale y Fisher con el de Welles, Ophuls, Lang, Murnau, Dreyer, Siodmak, Sternberg y Fuller–, y se notaba interés y aplicación por lograr un travelling o que resultase fluido, funcional y lírico un plano en grúa, minuciosamente sincronizado, como en una coreografía de Busby Berkeley, con los desplazamientos de los actores, la música y el descubrimiento de una pista –quizá falsa– en el relato.
Luego, a medida que su productividad se acrecentaba, el descuido e indiferencia se fueron haciendo cada vez mayores, hasta que sus películas empezaron a ser totalmente anónimas, inidentificables, imposibles de distinguir de las de otros muchos artesanos de la serie Z multinacional. Cuando Godard rodaba dos películas a la vez, mi tío Jesús rodaba cuatro o cinco, y con el material y el presupuesto que le habían dado para tres; si en los años 30 Ford o Michael Curtiz hacían tres grandes películas al año, empalmando el fin de un rodaje con el comienzo del siguiente, Jesús Franco hacía diez o doce malas, mezclando los rodajes entre sí, y a veces traspasando escenas de una a otra, quizá simplemente porque la "receptora" del trasplante había quedado corta. Sólo muy de tarde en tarde, un complicado movimiento de cámara, un encuadre ultrabarroco, una frase absurda e irrisoria, o un giro imprevisible de la acción, delataban su presencia, aunque por lo general la ilusión de que iba a desperezarse y recobrar el interés por el cine acabase por desvanecerse a los pocos minutos, cuando no a los tres segundos.
Y es una verdadera lástima, porque, además de saber mucho de cine -es una de las cada vez más escasas personas con las que se puede hablar, por ejemplo, de Dick Wilson, Patricia Roc, Ahmad Jamal, Charles Rosher, Kenny Dorham, Edmund Grainger, Wade Miller, Leon Fromkess, Lewis R. Foster, Vic Morrow, Edward Everett Horton, Robert de Grasse, Sam Comer, Daniele Amfitheatrof, Hal Mohr, Travilla, Margarito Luna, Morris Ankrum, Elisha Cook, Jr., Alan Napier, Ned Glass, Royal Dano, Charles McGraw, William Demarest, Irene Tedrow, Adam Williams, John Alton, Cecil Beaton, Lizabeth Scott, Mae Marsh, Darren McGavin, Barry Fitzgerald, David Buttolph, Charles G. Clarke, Lothar Mendes, Conrad Veidt, Ann Dvorak, Vince Barnett, Osgood Perkins, Arnold Leven, Joseph Pevney, Gilbert Roland, Alfred Ybarra, Shepperd Strudwick, Dave Willock, Vera Ralston, Adele Mara, Wesley Addy, Victor Buono, Richard Jaeckel, Barbara Russ, Marius Goring, Hurd Hatfield, Stuart Whitman, Richard Egan, Patricia Owens, Ted de Corsia, Jack Lambert, Nicholas Nayfack, Borden Chase, Nigel Davenport, John H. Auer, David Opatoshu, Gregory Ratoff, Werner Klinger, Michel Constantin, Tom Conway, Francine Bergé, Marisa Pavan, Doro Merande, Boris Ingster, Nestor Paiva, Michèle Girardon, Alexandra Stewart, Gia Scala, Ward Bond, O. E. Hasse, Hannes Messemer, Marc Michel, Herschel Burke Gilbert, Anton Walbrook, Maria Michi, John Le Mesurier, Claude Atkins, Juano Hernández, Beulah Bondi, Michel Vitold, Terry Moore, Constance Bennett, Aline McMahon, Richard Boone, Craig Stevens, Ike Quebec, Malcolm Atterbury, Hubert Rostaing, Luana Patten, Shadow Wilson, Sonny Red, Joe Walker, Ted Tetzlaff, Red Garland, Ben Reynolds, Josef Meinrad, George Coleman, Wilbur Ware, Marc Lawrence, Ernest Haller, George Waggner, Arthur Grant, Richard Addinsell, Hugo Friedhofer, Burgess Meredith, Russ Brown, Murray Hamilton, Joseph LaShelle, George Tomasini, Walter M. Scott, Nils Ashter, George Bancroft, Sacha Pitoëfj, Dan Taradash, Steve Sekely, Rudolph Maté, Doris Dowling, James Gleason, Rex Stewart, Henry Wilcoxon, Tom Bosley, Jean Parker o Rufino Inglés, con la seguridad de que sabría perfectamente quién es o era cada uno de ellos– y tener en la cabeza una especie de archivo de historias e imágenes, y saber contar películas con un arte que antaño no era infrecuente pero que hoy se ha perdido por completo, yo creo que mi tío tenía talento, sentido de la composición y del humor, gusto narrativo, inteligencia analítica suficiente como para haber impuesto rigor y lógica hasta a las historias más disparatadas y forzadas por las circunstancias. Quizá le faltase fuerza de voluntad para sobreponerse a las muchas decepciones y frustraciones, y optase, para no enloquecer ni deprimirse, para aguantar, en suma, por desentenderse, por despreocuparse, y por procurar estar el menos tiempo posible inactivo: actuar, hacer, rodar, en lugar de pensar.
Este rechazo de la reflexión, de la meditación, le ha llevado, creo yo, a no hacer guiones precisos ni reescribir los de encargo, a no preparar los rodajes, a no ensayar con los actores, es decir, a fiar todo a la inspiración –tan a menudo impuntual, o evasiva hasta la incomparecencia, cuando no un espejismo fugaz– del momento, a la improvisación sobre la marcha, a hacer películas “a salto de mata”, a veces tan impremeditadas que son de lo más parecido a la “escritura automática” que cabe encontrar en el cine.
Sin embargo, sospecho que, aunque las circunstancias hubieran sido muy otras que empezar a dirigir en España en 1958, y Jesús Franco fuera realmente Jess Frank, hubiese nacido a finales del siglo pasado en Alabama o Nebraska, y hubiera empezado a trabajar en los estudios de Hollywood en 1930, que quizá parezca lo más apropiado para un cineasta de sus inclinaciones y características, y puede que sea lo que mi tío querría haber sido, su cine tampoco sería universalmente respetado y apreciado, y que tendría que conformarse –si estas cosas le importan– con tener un par de seguidores fanáticos perdidos por el mundo, es decir, lo que ocurre ahora, aunque posiblemente con un poco más de fundamento. Porque creo que estaba en su carácter y en sus gustos convertirse en un modesto pero prolífico artesano, especialista de todos los géneros y particularmente de los menos respetables, y rodar constantemente, de prisa y con poco dinero. Habría sido, con Edgard G. Ulmer, uno de los pocos directores de cine capaces de vivir felices bajo contrato con la Monogram, la P.R.C., la R.K.O. o, más tarde, American-International, Hammer o New World Pictures. Todo hace pensar que, como mucho, hubiera tenido una carrera a lo Jacques Tourneur, de no acabar como Joe Kane o W. Lee Wilder: su innata afición a contar cuentos chinos, su absoluto desdén hacia la verosimilitud y el realismo, su grotesco y sardónico sentido del humor, la propensión típica de los aprensivos e hipocondríacos a inventar situaciones dominadas por la angustia y el miedo, su amor a la serie B (mucho antes de que estuviese de moda, cuando existía) e incluso a la Z, tenían que llevarle a una carrera oscura, marginal, hiperactiva, como la que, a fin de cuentas, ha desarrollado en toda Europa y buena parte del resto del mundo.
En Archivos de la Filmoteca nº 8 (diciembre de 1990-febrero de 1991)
Una filmografía global execrable la de Jesús Franco, a todo esto, quien nunca logró superar en calidad su ópera prima, TENEMOS 18 AÑOS, en verdad magnífica. Tuve el otro día la ocasión de revisar LOS DEPREDADORES DE LA NOCHE, y la experiencia resultó FRANCAMENTE desagradable... De sus más de 200 largos, quizá se salven apenas tres ó cuatro. Lástima.
ResponderEliminarPicander