La enigmática y olvidada figura de John Brahm merece ser objeto de investigación. A priori, un director “americano” nacido en Hamburgo en 1893, director del Burgtheater de Viena en los años 20 y, en la década siguiente, del Deutsches Kunstlertheater y del Lessing Theater de Berlín, huído a Francia en 1933, y cuyo primer film fue, en 1936, un remake inglés de Broken Blossoms de Griffith, es un hombre cuya pista puede ser interesante seguir, con sólo pensar un momento en Dieterle, Ulmer, Siodmak, Preminger y tantos otros compatriotas suyos que, fugitivos del nazismo, aportaron al cine americano la negrura escéptica o expresionista de su formación teatral y germánica.
Entre sus películas americanas parecen especialmente interesantes Guest in the House (1944), Hangover Square (1945), The Brasher Doubloon (1947, basada en la novela The High Window, de Raymond Chandler) y, tal vez, el episodio The Secret Sharer (según Joseph Conrad) de Face to Face (1952), aunque en los años 50 parece haber entrado en decadencia, con trabajos como The Miracle of Our Lady of Fatima y Special Delivery, antes de dedicarse a la televisión.
Sin embargo, sólo por The Lodger (1944) y The Locket (1946), Brahm se hace acreedor a una atención que no se le ha prestado jamás. The Lodger es la patética historia de Jack el Destripador, prodigiosamente encarnado por el obeso Laird Cregar, narrada con un estilo barroco y expresionista, brumoso y retorcido, que encuentra, por una vez, plena justificación. The Locket es un film mucho más sutil y complejo, a mitad de camino entre el melodrama psicológico que tanto se prodigó por aquellos años y el cine negro que, por aquel entonces, alcanzaba uno de sus momentos de máximo esplendor. Con una complicadísima estructura en flashback, y ayudado por un Robert Mitchum más escéptico y desencantado que nunca, Brahm hacía gala de un cinismo corrosivo, a la vez que sentaba algunos precedentes de dos grandes películas -Out of the Past de Tourneur y Marnie de Hitchcock-, mientras nos contaba la historia de una cleptómana de aspecto inofensivo que conseguía, previsiblemente, empujar a la ruina y a la desesperación a varios hombres. La luz “submarina” de Nicholas Musuraca, la “turbiamente” inocente mirada de Laraine Day, el cansancio desengañado de Mitchum, la precisión narrativa de Brahm -que consigue que nos orientemos en un laberinto de flashbacks- y la demencia generalizada del guión hacen de The Locket un film inolvidable, una de esas oscuras pequeñas obras maestras que -como The Big Shot de Seiler o Dead Reckoning de Cromwell- hacen la grandeza y el atractivo del género negro.
Inédito. Escrito en 1976.
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