viernes, 18 de septiembre de 2026

Encuentro bajo la lluvia

I

- ¡La amo! - exclamé, tratando de llamar su atención. Era maravillosa, un hallazgo que no podía dejar pasar de largo. No se inmutó, pese a que los transeúntes más próximos nos miraban, intrigados por mi vehemencia repentina y, sospecho, por su indiferencia.

Llovía torrencialmente, y no llevaba paraguas. Me acerqué, ofreciéndole cobijo bajo el mío, negro y ya muy viejo, pero de buen diámetro. Pareció sorprendida al dejar de mojarse. Sus ojos claros, apenas azules, muy grandes, seguían perdidos en algún punto indeterminado; si me había visto, disimulaba, quizá ofendida por el tono de voz que había empleado para retenerla, así que decidí cambiar de táctica. Le susurré, casi al oído, un sentido "La adoro".

Sonrió levemente, sin darme respuesta, pero sin protestar. Grité de nuevo: "¡La quiero!", tan fuerte como pude, y no pareció oírme. Frente a ella, extendiendo el brazo que el paraguas me dejaba en libertad, con un gesto grandilocuente, tal vez exagerado, temo que incluso ridículo, deletreé en silencio, moviendo muy lentamente los labios: "Te amo. Te adoro. Te quiero. Te deseo." Como si nada. Grité otra vez, desesperado; yo oía mi voz, los viandantes apresurados y encogidos o semiocultos bajo sus paraguas también, a pesar de cuellos subidos y sombreros calados.

"Está sorda", me dije. O lo finge a la perfección. Le lancé un beso. No pareció percatarse. La agarré de la mano, y entonces se volvió hacia mí, sorprendida, como si hasta entonces no hubiese sido consciente de mi presencia a su lado. Con la mano libre, sacó un papel arrugado del bolsillo de su impermeable de plástico negro y me lo tendió.

Lo leí temblando, y a medida que lo hacía el agua fue borrando la tinta azul del mensaje. Decía: "Soy ciega y sordomuda. No tengo familia. Necesito dinero."

Aún sin reponerme de la sorpresa, que por otra parte explicaba su indiferencia ante mis gritos y gesticulaciones, busqué mi billetera, conté los billetes y le puse en la húmeda palma tres mil pesetas. Traté de encontrar una forma de indicarle que nadie podría leer ya el papel, totalmente emborronado de azul. Me miraba, pensé, sin saber qué decir o cómo darme las gracias. Busqué en mis bolsillos un papel y encontré una tarjeta. En su reverso escribí, con bolígrafo y letra clara: "Soy ciega y sordomuda. No tengo familia ni dinero. Gracias.", y se la di también. Ella palpó la tarjeta, sin comprender muy bien de qué se trataba. Se la metí en el mismo bolsillo de la gabardina del que ella había extraído la nota inutilizada. No sé si entonces entendió, pero extendió hacia mí su mano, tanteando en el vacío hasta alcanzar mi hombro. Lo palpó, recorrió luego todo mi brazo, y estrechó mi mano. Una presión ligera, suave, fría y húmeda. Sin esperar que yo correspondiese a su apretón, se agachó como si presintiese el peligro de las varillas del paraguas y salió de su protección, perdiéndose al instante tras una tupida cortina de lluvia.

Me sentí avergonzado y perdido al mismo tiempo. Traté de seguirla, pero ya no la veía. Pregunté al portero del portal más cercano, que no se había fijado. Seguí mi camino, pensando en qué poco tiempo había encontrado y perdido a la mujer de mis sueños.

 

II

- Es una triste historia.

- Absurda.

- Acabas de inventártela.

- No. Pasó tal y como os lo he contado, y no tiene ninguna gracia.

- Increíble.

- Absurdo.

- Sigue.

- ¿Cómo que siga? ¿Que siga, qué?

- Buscándola.

- La historia.

- Veamos en qué acaba el folletín.

- Me empiezas a cansar con tu escepticismo. Te repito que no tiene la menor gracia. Que siga buscándola, dice el otro. Y ¿qué crees que llevo haciendo desde entonces?

- Sin éxito, supongo.

- Sin éxito, evidentemente.

- No, si yo no digo nada.

- Sin éxito, en efecto. Todos los días a la misma hora espero que aparezca por allí, confiando en que viva cerca o tenga que ir de vez en cuando a algún sitio y entonces pase por esa condenada esquina. A la ONCE, tal vez, que no queda muy lejos. Pero nada. Hasta ahora, ni rastro. Estoy desesperado.

- ¿Cuánto hace ya de eso?

- Tres semanas, lo menos.

- Yo no digo nada.

- Fue el 24 del mes pasado. Hace veinticuatro días justos.

- Bueno, aún es pronto.

- Pronto, ¿para qué?

- Probabilísticamente... bueno, yo me callo. Para qué seguir...

- Sí, más vale que te calles. Sí, ya sé que es imposible...

- Nada es imposible.

- Todo.

- Según. Vamos, digo yo.

- Si creyeras que es imposible no volverías por allí.

- Sí, eso es cierto. Pero cada día lo veo más difícil.

- Al contrario.

- A lo mejor va a algo una vez al mes, y dentro de seis días la encuentras.

- Eso.

- ¿Tú crees?

- Pero bueno... supón que la encuentras. ¿Qué piensas hacer?

- Eso, ¿qué harías?

- No sé... ya lo pensaré. Lo primero es encontrarla.

- Pero algo tendrás planeado.

- ¡Qué va! Éste nunca decide nada.

- Va al barullo, a ver...

- Oye, ¿no te parece un poco prematuro? Espera a que la encuentre, si es que lo consigo.

- Teóricamente, podrías haberla encontrado ya. Puede que esta misma tarde te tropieces con ella. ¿Qué le hubieras dicho ayer? ¿Qué le dirías hoy?

- No sé, no lo sé bien. Lo que yo quiero es verla, y saber dónde vive. Así, cuando supiera qué hacer, y qué decirle, podría ir a buscarla y decírselo, ¿no?

- Muy cierto.

- Sí, tiene razón.

- ¡Por supuesto! Sobre todo, teniendo en cuenta que es ciega y sordomuda, pequeño detalle que todos, hasta tú, parecéis haber olvidado. ¿Qué le iba a decir, y cómo?

- Pues es verdad.

- Muy cierto. Se me había olvidado esa dificultad.

- "Dificultad", dice uno; "detalle", dice el otro... ¿estáis tontos o qué?

- Así que lo importante no es qué decirle, sino localizarla, saber dónde para, qué ha sido de ella...

- Tú siempre andas metiéndote en líos.

- En éste, por desgracia, todavía no he conseguido meterme.

- Y no se lo buscó; fue pura casualidad.

- El destino.

- El azar.

- La fantasía.

- La mala pata.

- La imaginación.

- ¿Es que no te lo crees aún?

- ¿Que viera a una guapa ciega? Sí, ... pero...

- Pero ¿qué?

- Eso, ¿qué es lo que dudas, anda, dímelo, qué es lo que no te acabas de creer?

- Bueno, todo eso que dices de que es la mujer de tu vida...

- ¿Tú qué sabes?

- Hombre, pues ya es rebuscamiento que tenga que ser ciega, sordomuda, pobre, sin familia, sin paradero conocido, inhallable... y que, encima, nada más verla, y no muy bien, porque eran las ocho de la noche y estaba diluviando, en un santiamén, sin hablar con ella ni saber nada de su vida, ni de lo que piensa o le gusta, ya te hayas enamorado perdidamente para siempre...

- ¿Y por qué no?

- Bueno, mira...

- Tú siempre tan escéptico...

- Es que me parecen ganas de fastidiar, de complicarse la vida, de ser un desgraciado...

- Oye, que yo no salí a buscarla, me la encontré...

- Ya, pero nadie encuentra gente así...

- ¿Y quién te manda encapricharte con ella?

- Nadie, y no consiento que digas que es un capricho.

- Una obsesión.

- Una manía.

- Una desgracia, puede ser, pero no es un capricho, te lo aseguro.

- Una locura.

- Tú te lo has buscado, por novelero...

- Me estás cansando.

- Déjale en paz, que a fin de cuentas es cosa suya.

- Pues que no nos dé la matraca.

- Os pedía consejo, ayuda.

- Qué gracia, ayuda. Nos lanzaremos los tres a la calle, en busca... de tu dama misteriosa, ¿no? Como si no tuviésemos otra cosa que hacer sino pasarnos las tardes en la esquina de Caballero de Gracia con...

- Tú por lo menos trabajas cerca, pero yo...

- ¿Y cómo íbamos a reconocerla?

- Os la he descrito mil veces...

- O más. Pero muy mal.

- Sabemos que es rubia, ciega, sordomuda, de ojos grandes azul pálido -crees tú, y no estás muy seguro-, y que tiene un impermeable de plástico negro. ¡Pues sí que es mucho!

- Pon un anuncio: "Se busca bella joven ciega y sordomuda..."

- ¡Qué gracioso! Para que me tomen por un pervertido, o me contesten estudiantes desocupadas para tomarme el pelo, ¿no?

- Y si es ciega y vive sola, no es probable que se vaya a enterar de un anuncio publicado en un periódico, tonto.

- ¿Por qué no preguntas en la ONCE? Tendrán un fichero...

- Pero no dejan verlo. ¿Crees que no se me había ocurrido?

- ¿Y cómo iba a buscarla, si no sabe cómo se llama?

- Pensándolo bien, tu única esperanza es que te busque ella.

- ¡Pues sí que es una esperanza! ¿Por qué iba a buscarme?

- ¿Y cómo?

- Cómo no lo sé, pero tiene tu tarjeta, con tu dirección y tu teléfono.

- Pero eso no lo sabe, porque es ciega.

- Alguien puede llamar de su parte.

- ¿Y cómo le dice a ese alguien que le telefonee?

- Y yo qué sé... se me ocurrió que, aunque ella lo ignore, es más fácil que ella, con ayuda de alguien que vea y pueda hablar, te localice a ti, que tú a ella; podría pedirte dinero, ya que una vez la ayudaste.

- Bueno, veo que no se os ocurre nada práctico ni constructivo, ni estáis dispuestos a buscarla. Adiós.

- Adiós.

- Hasta la vista. Tennos al corriente, ¿eh?

- Sí. Adiós.

- No sé si desearte suerte... creo que más te valdría no encontrarla, y olvidarte de ella.

- ¿Crees que no lo he intentado?

- Bueno, adiós.

- Lo que deba ser, será.

- Lo que sea, será, de todos modos.

- ¡Uf!

- ¿Qué te ha parecido?

- Que está completamente loco.

- Sí, está un poco raro, como ido.

- Siempre fue rarísimo.

 

III

- ¿Diga?

- ¿Don Pablo García Veiga?

- Al habla. ¿Quién es?

- Comisaría del Retiro. Espere un instante, le paso al Comisario.

- ¿Don Pablo García Veiga?

- Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?

- Comisario Líbanos, Distrito de Retiro.

- ¿Qué pasa?

- Perdone la molestia, pero querría hacerle unas preguntas.

- Pero yo no he hecho nada.

- Nadie le acusa. Sólo le pedimos su colaboración, por si puede ayudarnos.

- ¿Yo? ¿A qué les voy a poder ayudar? Si yo no sé nada.

- ¿Sobre qué?

- Sobre nada. ¿A qué quiere que le ayude?

- Con un poco de suerte, y de buena voluntad, a esclarecer un caso.

- ¿Qué caso?

- Parece un suicidio, pero pudiera tratarse de un homicidio.

- ¿Un asesinato?

- No lo sabemos todavía.

- Pero ¿qué tengo que ver yo?

- Eso es precisamente lo que quisiéramos saber.

- Pero ¿quién es el muerto? ¿Lo conozco?

- Todo hace pensar que la conocía. Se trata de ver si Ud. consigue identificar a la víctima, pues no lleva documentación y nadie sabe nada.

- ¿Y cómo se les ha ocurrido pensar que yo sí?

- Porque llevaba una tarjeta suya en el bolsillo.

- Mire, yo trabajo en la Caja de Ahorros y todos los días le doy mi tarjeta a un montón de gente...

- ¿Con sus señas particulares?

- Naturalmente que no.

- ¿Ni siquiera a las mujeres?

- ¿Qué insinúa?

- Nada. Sólo pregunto.

- Oiga, es que la víctima es... ¿era una mujer?

- Claro, ya se lo dije.

- ¿Es joven?

- Muy joven, parece.

- ¿Rubia? ¿De ojos azules? ¿Muy grandes, muy claros?

- Rubia sí es, si no va teñida. Tiene los ojos cerrados. ¿La conoce?

- Espere. ¿Es ciega y sordomuda?

- Está muerta, señor mío. No nos consta que fuera ciega o sordomuda, aunque en su tarjeta de Ud. eso dice, por detrás. Claro que es letra de hombre, y puede ser mentira.

- No, es verdad. Lo escribí yo.

- Así que la conoce.

- La vi un día, un momento, hace más de un mes.

- ¿Y cómo se llamaba, dónde vivía?

- No sé. ¿Dónde la encontraron?

- En la esquina de Gran Vía con Caballero de Gracia.

- ¡Ahí es donde la vi!

- ¡Qué coincidencia! ¿Está seguro de que no sabe cómo se llamaba?

- Y tan seguro. He tratado de encontrarla y me ha sido imposible, precisamente por eso.

- ¿Y cómo no le dijo su nombre?

- Ud. olvida que era ciega y sordomuda.

- Ah, ya. ¿Está seguro de eso?

- Claro.

- Bien, le agradeceré que se acerque por aquí.

- ¿A estas horas?

- Sí, lo lamento, pero hay que instruir las diligencias.

- Bueno, ¡qué se le va a hacer!

- ¿Viene, pues?

- Deme... media hora.

- Agradecido, señor.

- De nada. Hasta luego.

- Hasta ahora.

 

IV

- Oiga, policía.

- A sus órdenes.

- Sargento, ¿tiene idea de hasta cuándo me van a tener aquí?

- Lo siento, no estoy al corriente.

 

V

- Oiga, guardia...

- A sus órdenes.

- ¿Sabe si va a tardar mucho todavía el Comisario... Líbanos?

- Está reunido.

- ¿No podría preguntarle si me puedo ir ya?

- Tengo instrucciones de no interrumpirle. ¿Fuma? Es negro.

- Gracias, gracias. ¿Tiene fuego? Muchas gracias.

 

VI

- Por fin, Comisario, por fin. ¿Puedo irme ya?

- Tendrá que aguardar un momento todavía.

- Pero es que voy a llegar tarde al trabajo...

- No se preocupe. Ya hemos avisado.

- ¿A quién han avisado? ¿A mi jefe?

- No, al Director de la Caja.

- ¿Al Director? ¡Vaya lío!

- En efecto. ¿Por qué dijo que era ciega y sordomuda?

- Porque lo era.

- Era cantante. Por lo menos, eso pretendía.

- ¿Cantante?

- Desconocida. De club barato. Sin voz, pero con figura. Bonitas piernas... ya me entiende.

- Pero no...

- ¿No qué?

- No sé, que una ciega...

- Tampoco era ciega. Ni siquiera albina.

- ¿Quién dijo que era albina? Era ciega y sordomuda. Ni me vio, y ella misma me lo dijo.

- ¿No era muda?

- Me enseñó un papel donde ponía...

- Eso lo escribió en su tarjeta Ud. Hemos consultado a un grafólogo, y Ud. mismo lo reconoció.

- Pero ya le expliqué que lo que hice fue copiar su nota en mi tarjeta, cuando la lluvia emborronó su papel...

- Qué pena que nadie haya visto el original.

- ¿Es que no me cree?

- Ni yo, ni sus compañeros, ni nadie en su sano juicio se creería semejante historia. Dígame, ¿por qué la mató?

- ¿Yo? Si no la volví a ver nunca.

- Todo el mundo sabía muy bien en qué barras alternaba...

- Pero si yo creía que era ciega y sordomuda...

- Eso se lo creerá otro.

- Está Ud. loco, Comisario.

- Sin faltar, que está Ud. en un buen lío. Queda arrestado.

 

FIN

Guión escrito por Miguel Marías

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