Chabrol es, con Pollet (aunque de forma muy diferente), el único de los directores de Paris vu par... que explota a fondo las características sociales del distrito parisiense en el que tiene lugar la acción de su episodio. La Muette, rodado en 1965, toma su nombre de un barrio burgués y elegante de la capital francesa. En consecuencia, Chabrol ha escogido como protagonista a una familia burguesa, compuesta por un matrimonio (Claude Chabrol y su esposa en la vida real, Stéphane Audran), su hijo (Gilles Chusseau) y la criada (Dinah Saril), sobre la que Chabrol se ha complacido en volcar su humor ácido y sarcástico y a la que ha contemplado desde un punto de vista cercano al de Billy Wilder: a través de una lupa que aumenta caricaturescamente lo mucho que hay de ruin y viciado en sus personajes.
Con estos elementos, Chabrol ha construido un film muy sencillo y claro, estructurado en breves escenas descriptivas de la vida burguesa, que se repiten con diversas variantes una y otra vez: regreso del niño del colegio, su madre hablando por teléfono sobre cosméticos, la familia (en especial Chabrol) comiendo vorazmente mientras hablan de temas tópicos y banales y el niño contempla alternativamente a cada uno de sus progenitores como en un juego de ping-pong, agrias discusiones conyugales (cuyos ecos llegan al niño, encerrado en su cuarto y aburriéndose en compañía de su perro), los flirteos del padre con la criada, nuevas discusiones (por celos, por dinero), de una forma que recuerda el prólogo y el epílogo del Tartufo (Tartüff, 1925) de Murnau y que aúna la mirada lúcida y despectiva de Fritz Lang con la sátira corrosiva de Lubitsch y Wilder, sin olvidar un desenlace mortal que recuerda a Hitchcock (Psicosis) y a Bellocchio (I pugni in tasca): el niño, que se ha puesto tapones en los oídos para no soportar las sórdidas disputas de sus padres ni sus banales hipocresías, se va al colegio sin enterarse de que su madre agoniza dando alaridos al pie de la escalera por la que, en su afán de insultar al amo de la casa (que se ha ido al trabajo), ha caído rodando.
Este episodio, quizá el más "clásico" del film, reposa casi por entero en una excelente dirección de actores, especialmente a cargo del propio Chabrol, que hace un burgués truculento a base de muecas y de una caracterización muy divertida: peinado con raya en medio, con gestos de malvado y masticando y engullendo con la mayor grosería y glotonería imaginables, en medio de un decorado lujoso y de falso "buen gusto".
De esta forma, Chabrol añade un retablo más a su ya larga colección, y se revela como el más lúcido y despiadado pintor de la burguesía de la Francia gaullista, que lleva analizando desde 1958 (Les Cousins, Los primos) en todos sus aspectos: fascismo más o menos latente, hipocresía, vulgaridad, avaricia, mediocridad e inmovilismo.
En Nuestro Cine nº 91 (noviembre de 1969)
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