miércoles, 28 de octubre de 2026

Place de l’Étoile (Éric Rohmer) [Paris vu par…, 1965]

Place de l'Étoile (1964), de Rohmer, es un film geográfico y geométrico. Autor, entre otras cosas, de Les Métamorphoses du paysage industriel (1964), Pascal (1965) y Louis Lumière (1966) para la Televisión Escolar, coautor (con Chabrol) de un libro sobre Hitchcock, no tiene nada de extraordinario el que su episodio de Paris vu par... sea el más claro y simple de los seis y analice, con un rigor pascaliano y una sencillez digna de Lumière a la vez la historia de un "falso culpable" y de las obras que, desde 1962, entorpecen la circunvalación a pie del Arco del Triunfo por dentro de la Plaza de l'Étoile.

Como, en el fondo, todos sus films, de Le Signe du Lion (1959) a Ma nuit chez Maud (1969), pasando por La Collectionneuse (1966) este sketch es una fábula, un "cuento moral". Un empleado de una camisería sale del metro todos los días y tiene que dar la vuelta a media plaza para llegar a su trabajo. Ordenado, meticulosamente limpio, tiene estudiados sus movimientos para llegar a su destino con la menor pérdida de tiempo posible y, además, sin ensuciarse. Un día, en su apresuramiento, tropieza con un borracho y se entabla una disputa que acaba con la caída de éste. Creyéndole muerto, el pulcro peatón huye despavorido, abandonando su paraguas. En una escena puramente hitchcockiana —si no bressoniana—, coge en la tienda un nuevo paraguas y deposita en caja su precio. Desde entonces inspecciona la prensa, en busca de la fatal noticia, pero no la encuentra. Temeroso, evita pasar por el "lugar del crimen" y se ve obligado a dar todo tipo de rodeos. Finalmente, en el metro, reencuentra al borracho.

La característica principal de este cuento —en sí insignificante, de anécdota exigua—, es la voluntad de conseguir un tono frío y distanciado (breve voz en off descriptiva, rótulos) y una narración clara y objetiva. La película se estructura, como un mapa, en torno a las doce avenidas que confluyen en la plaza, y que el protagonista se ve obligado a cruzar. Su desarrollo, lógicamente, ha de ser circular, acabando como había empezado, tras haberse visto sumergido el personaje en una prueba desagradable —y en este caso totalmente ilusoria— que le hará ver de forma distinta la molesta realidad de la rutina cotidiana, y que, una vez superada, le hará más apto a soportarla. Es ésta la misma trayectoria de Le Signe du Lion, cuyo protagonista se queda sin casa ni dinero en pleno verano parisino, cuando no están en la ciudad sus amigos, y se ve obligado a experimentar un proceso de clochardisation, a vivir sin medios, a dormir a la intemperie, a pasar hambre, a pedir limosna, a recorrer a pie las tórridas calles de París en agosto y a trocar su compañía habitual (jóvenes más o menos artistas y bien situados) por la de pobres y vagabundos. Mientras, por ironía del destino, ha heredado de un pariente una elevada suma de dinero, pero como ya no habita en su domicilio habitual, no se lo han podido comunicar. Al fin del verano se desmaya junto a un café, pidiendo limosna, y allí le encuentran sus amigos y le dan la buena noticia. Ahora, tras la prueba de ese difícil verano, merecerá la recompensa, y habrá aprendido a valorarla. El sentido de Place de l'Étoile es, como se ve, prácticamente el mismo: el héroe, sibarita, a quien todo molesta, se verá enfrentado con el temor y la culpabilidad hasta que aprenda que sus motivos de queja (sortear las zanjas y los montones de arena que obstaculizan la plaza) son, en realidad, vanos y fútiles. Mensaje, en cualquier caso, no lejano de algunos de Bresson, Hitchcock o Rossellini.

En Nuestro Cine nº 92 (diciembre de 1969)

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