Erotómano inconsciente, geómetra de lo inverosímil, Busby Berkeley se dedicó, durante los años treinta, a contradecir aquella frase que citaba Borges: “Copulation and mirrors are abominable…”. Berkeley, obsesionado por la repetición y los caleidoscopios, armado de una cámara voladora, de un escenario rotatorio y de infinitos espejos, se dedicó a multiplicar bocas, ojos, piernas de bailarinas, sumando y restando movimientos, edificando gigantescos monumentos ilusorios -puro reflejo, pura imagen- a base de mujeres, cascadas, fuentes, mesas, sillas, copas, etc., aun a riesgo de convertir también a las mujeres en objetos (objetos tentadores, acariciados, entrevistos, evasivos, movedizos, rutilantes, pero, al fin y al cabo, objetos). Estos torrentes de formas femeninas en incesante movimiento, fascinantes pero adormecedores, sirvieron para dorar la píldora de la Depresión a un público que buscaba refugio (de sus preocupaciones, del paro forzoso, de la intemperie) en los abarrotados cines de los años 30. Espejismos efímeros, estridentemente irreales, improbables, imposibles incluso, que hoy hacen las delicias de quienes, tranquilamente -y no sin cierta infundada superioridad-, los contemplan olvidando su contexto histórico, tras las lentillas coloreadas de un regusto “camp”.
Desgraciadamente, los suntuosos tiovivos de Busby Berkeley, que poco contribuyeron a la eclosión del musical como género autónomo y totalizador -Meet Me in St. Louis, The Pirate, On the Town, Singin’ in the Rain, The Band Wagon, Brigadoon, Seven Brides for Seven Brothers, It’s Always Fair Weather, My Sister Eileen, Funny Face, Bells Are Ringing-, se vieron pronto sustituidos -cuando Berkeley dejó de ser polizón en film ajeno, de Bacon a LeRoy, y se convirtió en director- por musicales melifluos, patrioteros y nada dinámicos, hijos bastardos de Boys’ Town, como Strike Up the Band o For Me and My Gal, sin duda la contribución del género al “esfuerzo de guerra”. Ante films tan carentes de imaginación, apenas salvables por sus intérpretes -Judy Garland sobre todo, aunque aún no habían llegado ni Minnelli ni Cukor-, se llega a echar de menos el enloquecido arabesco, casi inaprehensible, de los rostros y piernas de mujeres, tendidas sobre gigantescos pianos de cola, deslizándose sobre un suelo deslumbrante o por una idílica catarata, que pudo parecer superfluo.
Busby Berkeley fue, más que un director, un coreógrafo; tal vez genial, sin duda atosigante y abrumador, posiblemente monótono, tuvo el acierto de darse cuenta de que, en el cine, la cámara también formaba parte del conjunto cuyos desplazamientos debía controlar un coreógrafo. Desde entonces, los directores de cine musical permitieron que la cámara -montada casi siempre en una grúa- bailase también, y se moviese al ritmo de la música. Tal decisión permitió introducir un nuevo sentido del montaje, que se había perdido con la llegada del sonoro, y al que más tarde otros directores -no Berkeley, sino aquellos que, sin dejarse deslumbrar por sus virtuosismos más espectaculares, supieron apreciar su verdadera aportación al musical- dieron su carta de nobleza.
Inédito. Escrito en 1976.
Ya sé que desde 1976 nos han pasado por encima varias vidas, pero tengo una curiosidad. La ausencia en la lista de An American in Paris ¿es un olvido o es deliverada?
ResponderEliminarNo es una lista de todos los musicals, sólo de algunos de los que yo prefiero. La ausencia de "An American in Paris"es deliberada: para mi gusto, está muy bien pero la encuentro excesivamente pretenciosa. Gran fotografía de John Alton, pero la encuentro carente de espon´taneidad, y con un aire un tanto de "superioridad" que no me hace gracia. Nada muy grave, pero prefiero otros.
EliminarMuchas gracias por la aclaración. Me alegra ver algunos musicales algo maltratados (It's always fair weather, Bells are Ringing, My sister Eileen) y que están entre mis favoritos (sobre todo los dos primeros.
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