Cualquier imagen de José Isbert dice mil palabras. A mí me produce vértigo, porque me cuenta la historia de España. Y esa congoja, esa angustia que produce verle moverse, mirar, sobresaltarse, tener una ocurrencia o hundirse en la desesperanza no hace sino confirmarse cuando abre la boca, con una voz única, que tiene la virtud de poner en tela de juicio, cuando no de contradecir, lo que ha dicho. Isbert, sin comerlo ni beberlo, sin proponérselo ni ser siquiera consciente de ello, encarna la resignación y la resistencia, el fatalismo y la picardía, la paciencia y el inconformismo, el estoicismo y la quejumbre que caracterizan buena parte de la contradictoria y -por ello- forzosamente conflictiva realidad de España. Valió durante la República, durante todo el franquismo. Hubiera servido en la transición, serviría hoy, con unos o con otros en el poder, porque representaba la impotencia, incluso cuando desempeñaba cargos de alcalde o similares, en tiempos en los que poco se distinguían sus funciones de las del cacique o el jefe local del Movimiento.
Incluso inmóvil y callado, era el mejor actor que ha tenido nunca el cine español, uno de los más excepcionales que ha dado el cine. Y era siempre actor principal, cuando no el principal, de cada plano en el que intervenía: por eso, aunque en sentido estricto haya hecho papeles secundarios, colaboraciones episódicas, ni pensé en él cuando se me pidió una lista de mejores actores de reparto, y me vi sorprendido por el hecho de que ganara la votación del número 3 de esta revista. Para mí es el primero de todos, naturalmente de los protagonistas.
Lo que no sé todavía es cómo se las apañaba para centrar en su desgarbada y más bien diminuta silueta, en su rostro de garbanzo, la atención, que no parecía desear atraer, pero que conducía hacia él nuestra mirada, como si ocultase un imán en su interior. Quizá por contraste, por oponer al frenesí y a las gesticulaciones del entorno una inmovilidad y una discreción, una economía de ademanes que nos hacía fijarnos en él y quedar a la expectativa, pendientes de su menor reacción, de un parpadeo, de un leve jadeo, de un contenido sollozo, de una risita malévola y rápidamente borrada de sus labios pero aún perceptible en sus ojos.
Pese a su prominencia y centralidad cuando hacía acto de presencia, Isbert no dejaba huellas: era por eso el perfecto pasajero, el eterno actor invitado. No es casual que muchas películas -de las incontables que hizo- no estén construidas alrededor de su personaje, y que no recordemos siquiera si aparecía en ellas o no: se vive con la impresión de que "sale" en todas las películas españolas entre 1940 y 1960, más o menos. Y no es del todo falso ese espejismo, porque no sólo hacía "una colaboración" en muchas de ellas, sino que muy bien pudiera haber figurado en todas las demás. Había siempre sitio para él, cabía esperar su aparición, y hasta tener, una vez concluida la proyección, la sensación de que se había producido. No desentonaba ni hubiera chocado en ninguna, fuese un abuelo arrinconado, un mendigo con la mano vergonzosamente semiextendida, un campesino cazurro, un sordo, un funcionario aburrido, un transeúnte camino de ninguna parte.
Brilló especialmente con Sáenz de Heredia, con Berlanga, con Ferreri. Pero estuvo excelente con Forqué, con Lucia, con Orduña, con Marquina, con Nieves-Conde, con Joaquín Luis Romero Marchent (en la olvidada y magnífica Fulano y Mengano), con Pedro L. Ramírez, con Florián Rey, con Antonio Román, con Rovira-Beleta, con Ladislao Vajda, con Rafael J. Salvia. Podría haber estado en muchas películas de Bardem, de Mur Oti, de Neville, de Jerónimo Mihura, de Rafael Gil. Nunca estuvo mal, porque era siempre íntegramente él mismo: como John Wayne. Lo puedo imaginar en las mejores muestras del "nuevo cine español" de los 60, al que solo bordeó con Los dinamiteros de Atienza, cuando podría haber interpretado multitud de personajes de Saura, Camus, Fons, Summers, Picazo. Estaría espléndido atravesando el mundo de Almodóvar, el de Borau, el de Garci, el de Gonzalo Suárez. Hasta se abriría camino en las películas más "modernas" de los nuevos realizadores de moda, en las que se haría un hueco. No había para este superviviente un lugar intransitable, un sitio irrespirable, porque tenía dos virtudes excepcionales: la primera, que hasta desplazado, marginado y exiliado en su propia casa, o realquilado en un rincón, o en medio de una oficina siniestra o una pensión familiar sórdida y misérrima sabía estar en su sitio, lo mismo que haciendo de aristócrata venido a menos pero permanentemente ocioso, derrochador y piropeador de mocitas; la segunda, que era compatible con todos los demás actores, a los que no expulsaba del encuadre, con los que no tropezaba, con los que no chocaba por grandes que fueran las diferencias de estilo interpretativo, de talla o de volumen. Este misterioso don de la ubicuidad residía, creo yo, en su apariencia de hombre corriente, incluso vulgar, en la normalidad que a primera vista se desprendía de su figura, y que sólo más tarde, sometida a curioso escrutinio, revelaba su excepcionalidad, su individualidad inconfundible e intransferible. No había otro como él. De él sí que puede decirse, como tanto se repite, que era irrepetible, y no en el sentido vago y genérico en el que todos somos irrepetibles, sino en el más estricto: él era irreemplazable, y al mismo tiempo podía sustituir a cualquiera; podía hacer cualquier papel, hasta el "a priori" más absurdo y el más alejado de sus rasgos físicos, porque lo hacía suyo, creaba el personaje, lo transfiguraba a su imagen y maneras hasta tal punto que era ya inimaginable de otro modo, con otro rostro y otra forma de hablar. Y este proceso de vampirización de los personajes, prolijamente descritos o designados con una fórmula genérica y lapidaria —"un paleto", por ejemplo—, esta "isbertización" se producía de una forma automática, apostaría que instantáneamente, como si se echase al coleto un trago de vino y, con sólo eso, absorbiese el personaje, la criatura de ficción que, más que representar o interpretar, encarnaba, a la que conseguía dar vida propia sin método alguno, o bien con un "método" secreto mediante el cual lograba, además, irradiar espontaneidad, naturalidad y una sensación embriagadora de que aquello era muy fácil y además muy divertido.
Hecho para la sección “Una imagen y mil palabras” del nº 5 de Nickel Odeon pero no publicado. Escrito el 5 de noviembre de 1996.
Más que un actor o un arquetipo concreto, una institución. Desde su aparición en la temprana "El asesinato de Canalejas", don Pepe devino imagen perenne e imborrable.
ResponderEliminarPicander