lunes, 12 de enero de 2026

Zamri-umri-voskriesni! (Vitali Kanievskií, 1989)

La primera y tardía película larga de Vitali Kanievskií está realizada —se nota— como si fuera a ser la última (por suerte, ya está rodando la continuación), y tiene, además de numerosos elementos autobiográficos, cierto carácter de exorcismo personal y de revancha sobre las dificultades. Se nota tras ella no sólo un hombre, sino el empuje del deseo, el empeño por hacer una película, y además concretamente ésa, y de esa manera y no otra. Sin concesiones, componendas o medias tintas, como si necesitara hacerla para seguir viviendo, para liberarse de una serie de recuerdos obsesivos.

No es frecuente ya que se hagan películas con tanta imperiosidad, con tal voluntad de expresión, con un conocimiento tan íntimo y sentido de lo que cuentan, con una sensación tan angustiosa de jugárselo todo a una carta, porque esa ansiada y tanto tiempo esperada primera oportunidad puede ser la última. Y se nota que a Kanievskií le iba la vida en ella, y que ha echado toda la carne en el asador, sin importarle quemar sus naves, y además que, si no consigue desahogarse, hubiera estallado. Tal pasión, que hoy se ha hecho excepcional, explica el efecto de meteorito de esta película, que no es tan subjetivista ni machacona como sus motivaciones podrían hacer temer, pero que tiene una veracidad, una inmediatez, una energía, una vitalidad totalmente insólitas y sumamente atractivas.


En Quieto, muere, resucita apenas hay retórica, ni siquiera refinamientos, ni figuras de estilo pretendidamente originales ni convenciones cinematográficas. Es una película aislada, única, que va por libre, sin ocuparse de tomar partido contra el resto del cine soviético, ni de proponer modelos, ni de adscribirse a escuelas o tendencias. Es una película, en el mejor sentido del término, "visceral", incluso "primitiva", de una sencillez elemental.

Se intuye que Kanievskií no ha pensado en el público: el ritmo responde a la necesidad de contar muchas cosas en el menor tiempo posible, y quizá utilizando un número escaso y contado de metros de película virgen, y casualmente es el adecuado para esa sucesión de peripecias. Es un film "en bruto", de una pieza, que va al grano sin rodeos ni miramientos. Quizá sea la primera película verdaderamente realista hecha en la URSS desde Dziga Vertov.

En “Todos los estrenos. 1991”. Madrid : Ediciones JC, diciembre de 1991.

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