Se está proyectando en los cines de Arte y Ensayo, como de costumbre sin publicidad —y en Madrid, según me dicen, con la admirable La Vieille Dame indigne, de René Allio—, uno de los más grandes documentales que se han hecho en Francia: Le Sang des bêtes, de Georges Franju, rodada en 1949. El objeto de este comentario es, pues, ante todo, el llamar la atención sobre este cortometraje, intentando así evitar que pase tan desapercibido como esas obras maestras que son Les Jeux des Anges, La Jetée y Les Mistons.
Aux portes de Paris. Paisajes desolados, un árbol seco, los arrabales de París, una especie de Marché aux Puces, que nos ofrece las insólitas yuxtaposiciones de un maniquí desnudo tras el que pasa el tren, de una reproducción de Renoir y un paraguas, de unos muelles y unos niños que juegan al corro mientras suena un piano y un violín, de una lámpara y una mesa que se recortan contra el cielo, de un abanico que se despliega ante el objetivo de la cámara. Este inicio poético, rassurant, tranquilizador, nos define ya el carácter de la película: Le Sang des bêtes es, tras Las Hurdes (Terre sans pain, 1932) de Buñuel, el primer documental surrealista. Y no se piense que hay contradicción entre estos dos términos, ni que me dejo llevar de mi amor a la paradoja, pues el fin de esta obra de Franju —como, en última instancia, todas las suyas, y en especial la sublime Ojos sin rostro, un film de terror—, es el de descubrir lo fantástico y lo horrible a la vuelta de la esquina, en la más cotidiana realidad. Un comentario en off frío y poético al unísono (dicho por la bressoniana Nicole Ladmiral y por Georges Hubert), que impresionó, sin duda, a Resnais (Hiroshima mon amour es buena prueba de ello, y hasta cierto punto también esos otros documentales fantásticos que son Nuit et brouillard, Toute la mémoire du monde y El año pasado en Marienbad), y una absoluta falta de efectismo y truculencia hacen de esta película una incursión fascinante en los abismos de la sangre. En las afueras, en inhóspitos parajes poco transitados a la hora en que se cometen los crímenes, los matarifes despliegan, en un ambiente de ocultación y de sospecha, sus sangrientas actividades, mientras la carne de sus víctimas se agita aún, palpita en cuerpos desmembrados, sin cabeza, que dentro de poco serán despellejados, descuartizados, colgados de unos garfios sobre el reluciente suelo del matadero, por el que corren ríos de sangre aún humeante.


Si, como acertadamente ha observado Miguel Marías (Nuestro Cine, número 81, página 66), Un chien andalou es el primer film basado en unas "estructuras de agresión", parece evidente que Le Sang des bêtes es el segundo. No sólo el poético inicio del film nos desprepara a las alucinantes imágenes que van a golpearnos poco después, sino que, de tanto en tanto, Franju introduce una pausa apacible, lírica, con parisina música de acordeón, el Sena que fluye suavemente al ponerse el sol, grises paisajes de amanecer invernal, que nos tranquiliza un momento antes de volver a sumergirnos en el baño de sangre que es su película, digna, en este aspecto, de los más grandes poetas "malditos" del XIX francés (Lautréamont, Baudelaire, Rimbaud) o del necrofílico Edgar Allan Poe.
Pero si como poema surrealista Le Sang des bêtes es un logro absoluto, no lo es menos —de la mano del comentario en off que escribió Jean Painlevé y de la fotografía de Marcel Fradetal— como documento: se nos presenta primero el arrabal parisino, luego el matadero, ya dentro de él las herramientas que utilizan los matarifes, y después se procede a mostrar y explicar, en sus fases sucesivas, la matanza de caballos, vacas, terneros, corderos y ovejas. Y es, precisamente, el enlace entre los dos niveles descritos lo que da a Le Sang des bêtes toda su fuerza, al seguir la teoría de Paul Reverdy, que citaba Bretón en el Primer Manifiesto del Surrealismo: "La imagen no puede nacer de una comparación, sino del acercamiento de dos realidades más o menos lejanas."
En Nuestro Cine nº 93 (enero de 1970). Publicado como Luis Alfonso Baledón.
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