viernes, 9 de enero de 2026

Divorzio all'italiana (Pietro Germi, 1961)

"Qué grande es el cine" (19/10/1998)

José Luis Garci modera el debate en torno a la película ‘Divorcio a la italiana’, de Pietro Germi.

Le acompañan Antonio Giménez Rico, Miguel Marías y Fernando Guillén.

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El caso de Pietro Germi me parece característico de los vaivenes de interés y prestigio que sufren, a la largo de los años, determinados directores, obras, géneros, a veces cinematografías enteras.

Hubo un tiempo en que se infló el valor de varias de sus obras, en el contexto de una sobrevaloración general del cine italiano, que tuvo su reflujo, a costa precisamente de los nombres "sobreañadidos", que de pronto se desinflaron; así, Germi pasó de recorrer festivales cosechando premios a que se le negase el pan y la sal y a que, tras su muerte, concluido el "duelo" y sus rituales loas e indulgencias plenarias, se lo tragase el olvido. En el mejor de los casos, es uno de esos cineastas que uno aprecia pero sin acordarse de ellos, sin tenerlos en cuenta.

Como en el caso de algún otro italiano y de varios ingleses, yo debo mi renovado interés por cineastas como Germi a la insistencia de José María Carreño, que se pasó los que no sabía que iban a ser los últimos años de su existencia actuando como recordatorio viviente. No era por nostalgia, sino por afán justiciero. Como a mí también me irrita que se prodiguen elogios a los cuatro imbéciles petulantes de cada temporada, mientras se borra del mapa a gente mucho más valiosa, siempre trataba de comprobar si estaba de acuerdo con José María, revisando las películas de los directores que reivindicaba, procurando ver las que me faltaban, y documentándome sobre sus autores, cuando realmente me parecían interesantes.

De Pietro Germi siempre me fascinó la que consideró la mejor película policiaca europea, Un maldito embrollo, que después de varias nuevas visiones al fin en V.O., me parece su obra maestra. Otras, en cambio, me habían decepcionado, aburrido o irritado.

Las sucesivas revisiones me han llevado a conocer bastante bien su carrera, y a aumentar muy considerablemente mi aprecio por su figura, que hoy me parece, tras Rossellini y Raffaello Mattarazzo, y con Giuseppe De Santis, el más apasionante cineasta italiano, por encima de Visconti, Antonioni, Fellini, Comencini, Risi, Zurlini, Bolognini, Castellani, Olmi, Pasolini, Monicelli, De Sica y otros, incluidos los recientes Moretti y Amelio, y, por supuesto, muy por encima de Bertolucci, Scola, Rosi y otro buen montón de chicos y chicas con mejor prensa de la que merecen.

Aprecio de Germi, con Un maledetto imbroglio (1959), Il Cammino della Speranza (1950), L'uomo di paglia (El hombre de paja, 1957), L'immorale (Muchas cuerdas para un violín, 1967), y un poco más abajo Divorcio a la italiana (1961), Sedotta e abbandonata (Seducida y abandonada, 1964) o Il ferroviere (El ferroviario, 1956). Y sin desdeñar Il brigante di Tacca del Lupo (1952), In nome della Legge (1949), Gelosia (1953), Il testimone (1945), Giuventù perduta (1947).

Un elemento que, paradójicamente, juega en contra de una justa valoración del cine italiano en España, es la proximidad: a menudo la materia prima es tan semejante que parece fácil de trasponer y encontramos paralelismos y concomitancias que, lejos de facilitar la mejor comprensión, la enturbian, sobre todo por el efecto "boomerang" de las malas imitaciones españolas, antaño frecuentes, cuya baja calidad revierte contra los originales, contaminándolos.

Otro es que los defectos y los excesos del cine italiano son a menudo los del español, por lo que nuestra tolerancia a las "italianadas", a lo que se nos antoja un abuso del "folklorismo" o una desmesura caricaturesca próxima al chafarrinón es muy baja.

Por ejemplo, uno puede hartarse de uno de los temas predilectos de Germi, Sicilia, pues es una región que ha dado lugar a un auténtico "género" dentro del cine italiano, y la insistencia sin mesura suele conducir al hartazgo y el empacho. Hubo una época, lo admito, en que cuando empezaba una película italiana y aparecía un cartel señalando "Palermo", como cuando había un titular sobre la Mafia o aparecía un bandido calabrés, me decía "horror, otra" y abandonaba, quizá prematuramente, toda esperanza.

Además, cuando nadie hace caso a las películas que uno encuentra geniales -como me sucedía a finales de los 60 con Prima della Rivoluzione, la segunda del todavía desconocido Bertolucci- y en cambio el éxito crítico, académico y de taquilla saluda a Divorcio a la italiana o Seducida y abandonada, uno tiende a cargar las tintas, lo que resulta fácil cuando -como en el caso de esta película de Germi- se bordea constantemente el precipicio.

No hace falta inventarle defectos y excesos, abusos y simplificaciones, tosquedades y cinismos, porque los hay. Lo que es absurdo es dejar que nos tapen por completo sus muy numerosas virtudes, que al hacer un balance equilibrado, arrojan un saldo positivo muy abultado.

Son indudables -porque, además, la película hace alarde constante de ellos, sin asomo de falsa modestia- su ingenio, su brillantez y su mordacidad. Es, en efecto, despiadadamente feroz, no deja en sus burlas y críticas títere con cabeza, y no se libran de sus dardos los personajes ficticios ni las instituciones reales.

Germi se reía de su propia sombra y de sí mismo, al tiempo que era altivo y orgulloso, pero hasta que uno es capaz de percatarse de que no se escudaba tras la ironía, sino que se ofrecía como blanco de sus propias flechas, puede irritar la falta de conmiseración, no ya de respeto, con la que trata a todo el mundo.

El que no es un hipócrita es un puritano de cara al prójimo, el que no mata, atraca o, si es más listo, roba en gran escala o estafa impunemente. El que no es "cornudo" está en lista de espera, es cuestión de tiempo, o es un sinvergüenza, no siempre redimido por su labia y gracejo personal. El que no engaña es porque no puede, tiene miedo o es tonto, no porque sea franco, honrado y leal. Los amables se hacen pesados, o buscan algo a cambio. La amorosa y fidelísima esposa del protagonista es más bien gorda y tiene bigote, y no brilla por su inteligencia. La bella jovencita que encandila al barón Cefalù se revela no tan inocente y bastante inconstante.

Entre risa y risa, la visión del mundo que transmitía Germi se solía librar de la más rencorosa misoginia sólo porque los ataques no iban dedicados en exclusiva a las mujeres, es decir, porque era parte de su omnicomprensiva misantropía. Ya se sabe que los muy negativos, como los muy desconfiados, acaban por fatigar, y terminan granjeándose a pulso las más variopintas enemistades: a todo el mundo le gusta reírse, pero no a costa propia, ni ser él mismo el blanco de las mofas ajenas.

Divorcio a la italiana bordea constantemente la caricatura. Basta atender, en las primerísimas secuencias, la caracterización, vestuario y catadura de Marcello Mastroianni, que se desliza hacia la farsa por una pendiente de 45 grados como primera medida. Al no ser esto lo habitual, ni precisamente lo más natural y espontáneo del estilo interpretativo del gran actor, hay que concluir que se trata de una exageración voluntaria, deliberada y medida al milímetro, simplemente para que pueda caminar por la cuerda floja sin caer en la autoparodia. Ver a Mastroianni engominado, sudoroso, en camiseta y con mirada displicente, dando caladas a una boquilla produce tanta hilaridad como inquietud: la sensación de artificiosidad llega a ser agobiante.

Otra virtud peligrosa es el afán de eficacia, que a veces pierde a Germi y sus congéneres. Parecen incapaces de renunciar a una idea ingeniosa, a una carcajada, a un golpe de efecto brillante y sorprendente. No son lo bastante autocríticos para detenerse siempre al borde del abismo de la facilidad. Se pirran en demasía por "rizar el rizo", como lo delatan a menudo los finales múltiples, en cascada, que a veces parten en tantas direcciones contradictorias que acaban por descuartizar el sentido último de la película, o por impedirnos que nos tomemos en serio lo sucedido o que nos siga importando alguno de los personajes, ni siquiera uno solo.

Es un riesgo que Billy Wilder, devoto admirador confeso de Germi -votó en 1995 Seducida y abandonada como una de sus diez favoritas-, se cuidaba de mantener a raya, como prueba su película más italiana, Avanti! (1972). Germi también lo logró superar a veces, como en L'immorale, pero ya no -y todavía no de nuevo- en Divorcio a la italiana y Seducida y abandonada.

Por ejemplo, al final de Divorzio all'italiana, nos maravilla y pasma su habilidad. Nos sorprende primero que, cuando Fefè Cefalù se dispone a matar "por razones de honor" a su mujer, tras haberla empujado en brazos de Carmelo Patané (Leopoldo Trieste), suenen disparos porque la prometida burlada del seductor se le haya adelantado. Nos admira que, ni corto ni perezoso, Cefalù remate la faena ejecutando a su esposa, tal y como lo había tan minuciosamente planeado, para aprovecharse del grotesco artículo 87 del Código Penal italiano, que la película contribuyó a lograr que fuese modificado. Pero es ya pasarse -en barroquismo narrativo y en misantropía- que "Qualche mesi dopo", casados ya Cefalù y Angela, Stefania Sandrelli, mientras besa a su todavía incauto esposo, acaricie voluptuosamente con el pie el del marinero que lleva el timón del velero. Indudablemente, es muy brillante, acaba la fiesta en "crescendo", pero es también un exceso, un derroche innecesario.

También caen a menudo algunos italianos en otras facilidades, no se sabe si por cómodo afán de ahorrar esfuerzo, aunque sea a costa de un efectismo tan tosco como molesto: véanse los insistentes y estrictamente innecesarios, además de malvenidos y bruscos, zooms con los que de vez en cuando, siempre más veces de lo tolerable, nos obsequian, en una malentendida ambición de dar "un toque de modernidad" a una batería de trucos y procedimientos que son, en su mayoría, de añeja tradición.

Dicho esto, hay que reconocer que tales vacilaciones, defectos y debilidades en nada empañan la inteligencia de un guión, impecablemente realizado, que si puede ser acusado de "demostrativo", procede con la lógica implacable (y a menudo trucada) de la demostración de un teorema matemático, de la argumentación (también con frecuencia tramposa) de un abogado defensor o un fiscal, o de un silogismo, aunque sea un disparate o una exageración mayúscula la premisa que le sirve de punto de partida.

La ejecución, a veces excesivamente plana y apegada al texto, que en ocasiones se limita a ilustrar, adolece, en todo caso, de excesiva funcionalidad, o de una notable falta de escrúpulos a la hora de elegir entre los medios alternativos para alcanzar los fines. Y cuando uno de estos cineastas está inspirado, o se deja guiar por la sed de transparencia, o se aferra a un último vestigio de verosimilitud, aunque sea a costa de sacrificar un gag o un retruécano, ah, entonces suele dar gusto ver cómo una idea cobra forma, se encarna ante nuestros ojos y se desarrolla, implacable y certera, en la pantalla. 

Lo que más me gusta de Divorzio es su momento más inesperado, y uno de los más elegantemente realizados, cuando Cefalù se revela más candoroso que su bigotuda y algo agobiante mujer: están en misa, y suena la voz del "castrati" con el que, sin caer en el detalle que su voz angelical delata, Fefè está pensando emparejarla para tener una excusa para matarla y así salvar el obstáculo que -en ausencia de divorcio- supone para su felicidad; Fefè comenta a Rosalia qué voz tan bonita, y ella dice "Si, poverello"; él pregunta por qué, y ella le susurra al oído la explicación, que no es preciso oír. 

Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine! (19 de octubre de 1998)

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