Si Montecarlo es, entre las "operetas" de Lubitsch (a las que puede asimilarse alguna que no lo es en sentido estricto), la que prefiero, pese a ser solamente la segunda de las cinco que cabe contabilizar —y, como tal, la más perfecta es, sin duda, la última, La viuda alegre—, se debe, fundamentalmente, a la ausencia de Maurice Chevalier, ventajosamente sustituido en esta sola ocasión por el inglés Jack Buchanan, comediante infinitamente menos conocido —al que los cinéfilos recordarán como el pretencioso director de teatro de The Band Wagon de Vincente Minnelli—; aclaro que no es que el contumaz portador de canotier esté estrictamente insoportable a las órdenes de Lubitsch (ni tampoco, a decir verdad, de Siodmak, Mamoulian o Minnelli), pero... la verdad, su pinta y el personaje que inmutablemente representa —aunque alguien se proponga alejarle de él— me fastidian personal y subjetivamente tanto como me encanta, en cambio —y gracias a Lubitsch por la compensación—, Jeanette MacDonald, hoy tan desprestigiada como antaño famosa, y siempre vilipendiada por los críticos de mi edad (no digamos más jóvenes) y los historiadores como cursi y relamida, pero que encuentro guapísima, muy buena cantante y excelente actriz, tanto de comedia como de drama, y no solo con Lubitsch sino también con Frank Borzage, W. S. Van Dyke II o Rouben Mamoulian.
Monte Carlo es —más o antes que uno de los primeros musicales del sonoro— una brillantísima comedia, centrada en uno de los diminutos países europeos que constituyen un punto ideal de reunión para los personajes de Lubitsch: un reino de juego, en el que se dan cita ciudadanos de todos los países, tanto ricos como arruinados, y en el que, a falta de otra ocupación, se entregan a los juegos del amor y del azar. Es una patria de acogida, sin apenas ciudadanos propios, abierta al visitante y entregada a su servicio, sin asomo de sentimiento nacionalista, sin ejército y sin política, en todo caso terreno de juego de intrigas y espionajes ajenos. Es un reino del momento, del instante presente que hay que aprovechar, de la eterna segunda oportunidad, y como tal propicio a la esperanza incluso por parte de los más desesperados y de los que han perdido todo.
Además, Monte Carlo es una película de gran belleza visual y contiene alguno de los mejores números musicales que he visto, aunando en algún momento un estilo de montaje aprendido de los rusos y procedente del cine mudo con experimentos sonoros.
En Nickel Odeon nº 18 (primavera del 2000)
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