miércoles, 21 de enero de 2026

Truhanes (Miguel Hermoso, 1983)

Tiene Truhanes dos virtudes: no parecerse en nada a las restantes «óperas primas» recientes —o ya viejas— del cine español y saber encontrar el lado bueno de las limitaciones.

En cuanto a lo primero, no juega la carta autobiográfica; no halaga a los jóvenes o ex jóvenes entre los que presumiblemente encuentra el cine el grueso de sus clientes; no es una comedia con aspiraciones a la brillantez ni al clasicismo «americano»; no es una parábola ni trata de la guerra civil; no es un retrato indirecto ni una declaración de principios de su director. No ser nada de esto tampoco es, por sí solo, un mérito, pero da una pista acerca de la modestia —quizá excesiva— con que Miguel Hermoso, tras muchos años a las puertas del cine, ha puesto fin a esta espera y ha realizado su primera película.

No conozco a Hermoso, que yo sepa, y por tanto ignoro si se le reconocerá en su película, pero no me extrañaría demasiado. Supongo que no, que en todo caso, en sus personajes —y eso que se trata, fundamentalmente, de una película de personajes, y poco más...—, en el tono, el ánimo, que tiene Truhanes, tan apartado de lo que se lleva tanto por estas tierras como fuera de ellas, lo mismo ahora que hace los años que se quiera. Porque, pese a ser una película de hamperos, de delincuentes de menor cuantía y magros resultados, nada tiene en común con el cine americano que toma por protagonistas gente de este tipo, ni con el francés; ni siquiera, pese a que tiene bastante de comedia, con el italiano. Y no creo que este original temple provenga del guión, que imagino de aluvión, sometido a presiones, supeditado a los posibles y, en el fondo, bastante indeciso, sospecha esta última corroborada, para mí, por el final, típico de una historia que, por falta de dirección y consistencia, no se sabe acabar. Pienso que lo único y valioso que tiene Truhanes está, más allá de la elección —que dudo libre— de los actores, en su uso, en su aprovechamiento, en el partido que se ha sabido sacar de ellos, tanto de sus dotes como de sus limitaciones.


Esto presupone, si no un conocimiento previo, sí una intuición considerable para descubrir unos y otras, sobre todo en Paco Rabal —que hace una de sus interpretaciones más convincentes—, Arturo Fernández —aprovechando su envaramiento y su falta de naturalidad para ponerle constantemente en situaciones incómodas, al borde del ridículo, que son las únicas en las que resulta creíble— y los amigos del presidio del primero; las mujeres quedan sensiblemente desdibujadas, salvo la fugaz aparición de Lola Flores, aceptada como es, y sin pretender hacer de ella otra cosa. De este modo, los actores colaboran en la creación de los personajes, en vez de limitarse a interpretarlos. Y ese afecto por los actores, a pesar de sus defectos, se extiende, a pesar de los suyos —hasta como delincuentes—, a los personajes. Por eso su ineptitud no es ni risible ni patética, y su tratamiento se aparta tanto de las actitudes moralizantes como de la mitificación. Ginés —Rabal— no es un «grande» venido a menos, envejecido, en el ocaso de su carrera; Gonzalo —Fernández— dista mucho de ser un lince, y por tanto no hace falta que sus enemigos tengan categoría. De hecho, ahí está también el riesgo de la película: se mueve en un terreno de «medias tintas», en un «tono menor», que amenaza con banalizar la peripecia y reducir al pintoresquismo sus personajes. Tal vez sea, por otra parte, excesivo el peso que los actores han de soportar, a falta de un guión más sólido: Arturo Fernández no será nunca Vittorio Gassmann. Durante media hora, todo marcha bien; cuando la película se apoya exclusivamente en Fernández, renquea; cuando reaparece Rabal, promete reanimarse, pero no siempre lo hace. Al final, aunque nada irrite, casi todo divierta, el conjunto sea simpático y aceptable, y haya escenas muy conseguidas en varios registros diferentes, la película resulta insuficiente. No está mal, pero es poca cosa. Tal vez no pudo ser más, y para ello más vale no pretenderlo ni simularlo, pero también cabe sospechar que, en otras condiciones, a partir de los mismos elementos, se podría haber logrado una película más sólida.

En Casablanca nº 36 (diciembre de 1983)

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