lunes, 19 de enero de 2026

El verdugo/Il boia (Luis García Berlanga, 1963)

Sinopsis: José Luis, empleado funerario, ve que su oficio repele a las mujeres; por fin encuentra una, Carmen, que no le hace ascos: es la hija de un verdugo, Amadeo, que sorprende "in fraganti" a la pareja. Ante el embarazo de Carmen, no tienen más remedio que casarse a toda prisa. Para lograr una vivienda de protección oficial reservada a funcionarios, Amadeo, a punto de jubilarse tras cuarenta años de profesión, convence al pobre yerno de que solicite su plaza, arguyendo que hay menos condenados a la máxima pena que verdugos y puede que se jubile sin ejercer. Por desgracia, en el tardío viaje de novios a Mallorca para una ejecución, acaba por venir a buscarle la Guardia Civil para que cumpla una sentencia capital... Su suegro comenta de vuelta que la primera vez también él dijo que sería la última.

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Quizá ya y todavía hoy la más perfecta y madura de las películas de Berlanga -aunque yo y quizá alguno más prefiramos la anterior, Plácido (1961), dudo que alguno Calabuch (1956) y otros tal vez Bienvenido, Mister Marshall (1952)-, El verdugo tuvo en España defensores y enemigos acérrimos, estos por razones más políticas que cinematográficas (a los más despiertos de sus adversarios no les faltaban motivos, pues temían su eficacia perdurable). Fuera, pese a la coproducción italiana (con Nino Manfredi de protagonista y Guido Alberti en la crucial escena final), fue malentendida y tildada ¡en Positif! (si no yerro, por Robert Benayoun) nada menos que de "franquista" y de "partidaria de la pena de muerte", lo que ya es entender las cosas mal, y ni enterarse: justo lo contrario de lo que ostensiblemente, sin ningún género de dudas, era... y sigue siendo. Asombra que pudiera tergiversarse hasta tal extremo una película tan clara y evidente, arrojando sobre su autor una sospecha de la que no se libró del todo, de modo que Berlanga dejó de existir para la crítica europea en el momento culminante de su carrera. Nunca lo han tomado en serio, no han seguido con interés alguno su trayectoria, evolución y carrera, apenas saben quién es y lo han olvidado en vida, mientras todavía recuerdan los peores Bardem.

Desde Plácido, Berlanga recibe de Rafael Azcona -inspirador de las dos grandes películas españolas de Marco Ferreri, El pisito (1958) y El cochecito (1960)- una inyección de vitalidad y refinamiento. No es seguro que su reiterada colaboración posterior haya sido siempre beneficiosa, por lo menos para el ánimo y la exigencia de Berlanga, pero en Plácido y El verdugo, junto a un sensible ennegrecimiento del humor hasta entonces más bien bonachón aunque también satírico de que había hecho gala, y una misantropía generalizada que fue creciendo, Azcona aportó a Berlanga una mayor disciplina en la estructura narrativa y una concepción del espacio cinematográfico sin precedentes en su filmografía (y sin continuidad en el Ferreri italiano, por lo que cabe atribuir al guionista parte de estas innovaciones estilísticas). No es que Azcona descubra el plano-secuencia a Berlanga -sin duda lo conocía de Welles o Wyler-, pero le incita a usarlo, con resultados asombrosos; aunque luego quizá llegue a convertirse en un recurso sistemático, en una figura de estilo o hasta en un síntoma de pereza, en ese primer momento Berlanga lo emplea sin exhibicionismo (cuesta advertir que el plano no ha cambiado) tanto para acentuar la soledad de un personaje y el vacío que le rodea (véase la escena antefinal de El verdugo) como para expresar el agobio y la estrechez de un escenario y abarcar la multitud de personajes secundarios con vida propia que suelen poblar sus películas, y que a veces escapaban a su control o sometían la trama a un número excesivo de tensiones centrífugas.


El argumento tiene la lógica aplastante y fatal de un silogismo, y lleva todas las premisas a sus últimas consecuencias, de modo que cada escapatoria se convierta en una nueva trampa, de la que al final no hay salida, ni –se presiente– la habrá jamás, pues José Luis Rodríguez, empleado de pompas fúnebres, se ha dejado meter en el engranaje, persuadido primero por su suegro el veterano verdugo Amadeo (José Isbert), luego por su mujer, Carmen (Emma Penella), que le dice que lo que él quiera, pero le recuerda el niño, la casa, las deudas, y finalmente por el alcaide de la prisión provincial de Palma de Mallorca (Guido Alberti). Lo que empieza como comedia costumbrista algo macabra se torna absurda pesadilla real y acaba en muda tragedia de lo irreversible. Esta tremenda parábola más bien kafkiana acerca del riesgo de no decir "no" e ir haciendo pequeñas concesiones, confiando en la suerte, sirve para dibujar un retrato negrísimo de la España desarrollista, que el entonces Embajador en Roma -seis años después ministro a cargo del cine y la censura- denunció como "uno de los mayores libelos que jamás se han hecho contra España, (...) no contra el régimen sino contra toda una sociedad" tras proyectarse El verdugo en la Mostra di Venezia de 1963.

Votada muchas veces como la mejor o una de las mejores películas hechas en España por críticos y realizadores, el público al que estaba destinada siempre la entendió perfectamente. Pese a que la censura mutilase el guión y obligase a cortes adicionales tras la "première" veneciana, sorprende lo que la envoltura humorística permite a Berlanga mostrar. El verdugo se conserva plenamente vigente, mucho más que obras contemporáneas de ambición testimonial y tono realista, pero de visión más limitada y, por su tono solemne, más expuestas a la censura que las comedias o sátiras. El verdugo se mantiene tan fresca como hace cuarenta años, pese a lo mucho que ha cambiado la sociedad: su radiografía es válida y certera, y hay rasgos de los españoles que permanecen tal como los analizó Berlanga. Cada vez que pasa por la televisión, sigue inquietando, conmoviendo y haciendo reír, al mismo tiempo, a los que han aprendido a ser escépticos acerca de muchos de los progresos de los últimos decenios. Junto con El mundo sigue de Fernando Fernán-Gómez (1963, pero nunca estrenada en Madrid y sólo a partir de 1965 en Bilbao y otras ciudades) constituye, quizá sin siquiera planteárselo, el documento más realista y profundo de cómo era España hace menos de medio siglo.

En “Enciclopedia del Cinema”. Roma : Istituto della Enciclopedia Italiana, 2004.

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