miércoles, 21 de enero de 2026

Truhanes (Miguel Hermoso, 1983)

Tiene Truhanes dos virtudes: no parecerse en nada a las restantes «óperas primas» recientes —o ya viejas— del cine español y saber encontrar el lado bueno de las limitaciones.

En cuanto a lo primero, no juega la carta autobiográfica; no halaga a los jóvenes o ex jóvenes entre los que presumiblemente encuentra el cine el grueso de sus clientes; no es una comedia con aspiraciones a la brillantez ni al clasicismo «americano»; no es una parábola ni trata de la guerra civil; no es un retrato indirecto ni una declaración de principios de su director. No ser nada de esto tampoco es, por sí solo, un mérito, pero da una pista acerca de la modestia —quizá excesiva— con que Miguel Hermoso, tras muchos años a las puertas del cine, ha puesto fin a esta espera y ha realizado su primera película.

No conozco a Hermoso, que yo sepa, y por tanto ignoro si se le reconocerá en su película, pero no me extrañaría demasiado. Supongo que no, que en todo caso, en sus personajes —y eso que se trata, fundamentalmente, de una película de personajes, y poco más...—, en el tono, el ánimo, que tiene Truhanes, tan apartado de lo que se lleva tanto por estas tierras como fuera de ellas, lo mismo ahora que hace los años que se quiera. Porque, pese a ser una película de hamperos, de delincuentes de menor cuantía y magros resultados, nada tiene en común con el cine americano que toma por protagonistas gente de este tipo, ni con el francés; ni siquiera, pese a que tiene bastante de comedia, con el italiano. Y no creo que este original temple provenga del guión, que imagino de aluvión, sometido a presiones, supeditado a los posibles y, en el fondo, bastante indeciso, sospecha esta última corroborada, para mí, por el final, típico de una historia que, por falta de dirección y consistencia, no se sabe acabar. Pienso que lo único y valioso que tiene Truhanes está, más allá de la elección —que dudo libre— de los actores, en su uso, en su aprovechamiento, en el partido que se ha sabido sacar de ellos, tanto de sus dotes como de sus limitaciones.


Esto presupone, si no un conocimiento previo, sí una intuición considerable para descubrir unos y otras, sobre todo en Paco Rabal —que hace una de sus interpretaciones más convincentes—, Arturo Fernández —aprovechando su envaramiento y su falta de naturalidad para ponerle constantemente en situaciones incómodas, al borde del ridículo, que son las únicas en las que resulta creíble— y los amigos del presidio del primero; las mujeres quedan sensiblemente desdibujadas, salvo la fugaz aparición de Lola Flores, aceptada como es, y sin pretender hacer de ella otra cosa. De este modo, los actores colaboran en la creación de los personajes, en vez de limitarse a interpretarlos. Y ese afecto por los actores, a pesar de sus defectos, se extiende, a pesar de los suyos —hasta como delincuentes—, a los personajes. Por eso su ineptitud no es ni risible ni patética, y su tratamiento se aparta tanto de las actitudes moralizantes como de la mitificación. Ginés —Rabal— no es un «grande» venido a menos, envejecido, en el ocaso de su carrera; Gonzalo —Fernández— dista mucho de ser un lince, y por tanto no hace falta que sus enemigos tengan categoría. De hecho, ahí está también el riesgo de la película: se mueve en un terreno de «medias tintas», en un «tono menor», que amenaza con banalizar la peripecia y reducir al pintoresquismo sus personajes. Tal vez sea, por otra parte, excesivo el peso que los actores han de soportar, a falta de un guión más sólido: Arturo Fernández no será nunca Vittorio Gassmann. Durante media hora, todo marcha bien; cuando la película se apoya exclusivamente en Fernández, renquea; cuando reaparece Rabal, promete reanimarse, pero no siempre lo hace. Al final, aunque nada irrite, casi todo divierta, el conjunto sea simpático y aceptable, y haya escenas muy conseguidas en varios registros diferentes, la película resulta insuficiente. No está mal, pero es poca cosa. Tal vez no pudo ser más, y para ello más vale no pretenderlo ni simularlo, pero también cabe sospechar que, en otras condiciones, a partir de los mismos elementos, se podría haber logrado una película más sólida.

En Casablanca nº 36 (diciembre de 1983)

lunes, 19 de enero de 2026

El verdugo/Il boia (Luis García Berlanga, 1963)

Sinopsis: José Luis, empleado funerario, ve que su oficio repele a las mujeres; por fin encuentra una, Carmen, que no le hace ascos: es la hija de un verdugo, Amadeo, que sorprende "in fraganti" a la pareja. Ante el embarazo de Carmen, no tienen más remedio que casarse a toda prisa. Para lograr una vivienda de protección oficial reservada a funcionarios, Amadeo, a punto de jubilarse tras cuarenta años de profesión, convence al pobre yerno de que solicite su plaza, arguyendo que hay menos condenados a la máxima pena que verdugos y puede que se jubile sin ejercer. Por desgracia, en el tardío viaje de novios a Mallorca para una ejecución, acaba por venir a buscarle la Guardia Civil para que cumpla una sentencia capital... Su suegro comenta de vuelta que la primera vez también él dijo que sería la última.

***

Quizá ya y todavía hoy la más perfecta y madura de las películas de Berlanga -aunque yo y quizá alguno más prefiramos la anterior, Plácido (1961), dudo que alguno Calabuch (1956) y otros tal vez Bienvenido, Mister Marshall (1952)-, El verdugo tuvo en España defensores y enemigos acérrimos, estos por razones más políticas que cinematográficas (a los más despiertos de sus adversarios no les faltaban motivos, pues temían su eficacia perdurable). Fuera, pese a la coproducción italiana (con Nino Manfredi de protagonista y Guido Alberti en la crucial escena final), fue malentendida y tildada ¡en Positif! (si no yerro, por Robert Benayoun) nada menos que de "franquista" y de "partidaria de la pena de muerte", lo que ya es entender las cosas mal, y ni enterarse: justo lo contrario de lo que ostensiblemente, sin ningún género de dudas, era... y sigue siendo. Asombra que pudiera tergiversarse hasta tal extremo una película tan clara y evidente, arrojando sobre su autor una sospecha de la que no se libró del todo, de modo que Berlanga dejó de existir para la crítica europea en el momento culminante de su carrera. Nunca lo han tomado en serio, no han seguido con interés alguno su trayectoria, evolución y carrera, apenas saben quién es y lo han olvidado en vida, mientras todavía recuerdan los peores Bardem.

Desde Plácido, Berlanga recibe de Rafael Azcona -inspirador de las dos grandes películas españolas de Marco Ferreri, El pisito (1958) y El cochecito (1960)- una inyección de vitalidad y refinamiento. No es seguro que su reiterada colaboración posterior haya sido siempre beneficiosa, por lo menos para el ánimo y la exigencia de Berlanga, pero en Plácido y El verdugo, junto a un sensible ennegrecimiento del humor hasta entonces más bien bonachón aunque también satírico de que había hecho gala, y una misantropía generalizada que fue creciendo, Azcona aportó a Berlanga una mayor disciplina en la estructura narrativa y una concepción del espacio cinematográfico sin precedentes en su filmografía (y sin continuidad en el Ferreri italiano, por lo que cabe atribuir al guionista parte de estas innovaciones estilísticas). No es que Azcona descubra el plano-secuencia a Berlanga -sin duda lo conocía de Welles o Wyler-, pero le incita a usarlo, con resultados asombrosos; aunque luego quizá llegue a convertirse en un recurso sistemático, en una figura de estilo o hasta en un síntoma de pereza, en ese primer momento Berlanga lo emplea sin exhibicionismo (cuesta advertir que el plano no ha cambiado) tanto para acentuar la soledad de un personaje y el vacío que le rodea (véase la escena antefinal de El verdugo) como para expresar el agobio y la estrechez de un escenario y abarcar la multitud de personajes secundarios con vida propia que suelen poblar sus películas, y que a veces escapaban a su control o sometían la trama a un número excesivo de tensiones centrífugas.


El argumento tiene la lógica aplastante y fatal de un silogismo, y lleva todas las premisas a sus últimas consecuencias, de modo que cada escapatoria se convierta en una nueva trampa, de la que al final no hay salida, ni –se presiente– la habrá jamás, pues José Luis Rodríguez, empleado de pompas fúnebres, se ha dejado meter en el engranaje, persuadido primero por su suegro el veterano verdugo Amadeo (José Isbert), luego por su mujer, Carmen (Emma Penella), que le dice que lo que él quiera, pero le recuerda el niño, la casa, las deudas, y finalmente por el alcaide de la prisión provincial de Palma de Mallorca (Guido Alberti). Lo que empieza como comedia costumbrista algo macabra se torna absurda pesadilla real y acaba en muda tragedia de lo irreversible. Esta tremenda parábola más bien kafkiana acerca del riesgo de no decir "no" e ir haciendo pequeñas concesiones, confiando en la suerte, sirve para dibujar un retrato negrísimo de la España desarrollista, que el entonces Embajador en Roma -seis años después ministro a cargo del cine y la censura- denunció como "uno de los mayores libelos que jamás se han hecho contra España, (...) no contra el régimen sino contra toda una sociedad" tras proyectarse El verdugo en la Mostra di Venezia de 1963.

Votada muchas veces como la mejor o una de las mejores películas hechas en España por críticos y realizadores, el público al que estaba destinada siempre la entendió perfectamente. Pese a que la censura mutilase el guión y obligase a cortes adicionales tras la "première" veneciana, sorprende lo que la envoltura humorística permite a Berlanga mostrar. El verdugo se conserva plenamente vigente, mucho más que obras contemporáneas de ambición testimonial y tono realista, pero de visión más limitada y, por su tono solemne, más expuestas a la censura que las comedias o sátiras. El verdugo se mantiene tan fresca como hace cuarenta años, pese a lo mucho que ha cambiado la sociedad: su radiografía es válida y certera, y hay rasgos de los españoles que permanecen tal como los analizó Berlanga. Cada vez que pasa por la televisión, sigue inquietando, conmoviendo y haciendo reír, al mismo tiempo, a los que han aprendido a ser escépticos acerca de muchos de los progresos de los últimos decenios. Junto con El mundo sigue de Fernando Fernán-Gómez (1963, pero nunca estrenada en Madrid y sólo a partir de 1965 en Bilbao y otras ciudades) constituye, quizá sin siquiera planteárselo, el documento más realista y profundo de cómo era España hace menos de medio siglo.

En “Enciclopedia del Cinema”. Roma : Istituto della Enciclopedia Italiana, 2004.

viernes, 16 de enero de 2026

Lubitsch amordazado

Un fenómeno histórico-económico tan ajeno al talento de Lubitsch y a la calidad de cada una de sus películas como el simple hecho de que el cine mudo apenas circule, sólo en parte se conserve y atraiga poco, así como las contadas ocasiones en que se programa a los jóvenes espectadores, hace que la idea de Ernst Lubitsch que tiene hoy la mayoría no ya de los aficionados al cine, sino incluso de sus admiradores, sea parcial e incompleta, por sesgada hacia la parte no sólo americana sino además sonora de su carrera, que es la más próxima en el tiempo —relativamente, pues su último film tiene ya más de medio siglo de existencia— y la única que, además de ser visible, tiene aceptación general.

Y no es ya que siempre sea mejor conocer en su totalidad la obra de un cineasta si lo que se desea es disfrutarla y comprenderla, ni se trata de un afán de exhaustividad propio de quien se reconoce un maniático del cine. Es que en el caso de Lubitsch la amputación es mucho más grave que en otros cineastas que empezaron en el periodo mudo y que se cuentan entre los más grandes. No es probable que el desconocimiento de la parte muda —por amplia que sea— de la filmografía de John Ford, Jean Renoir, Howard Hawks, Kenji Mizoguchi e incluso Alfred Hitchcock lleve a malentender o valorar incorrectamente su cine sonoro; en cambio, las respectivas etapas mudas de Carl Th. Dreyer, Fritz Lang, Frank Borzage o Lubitsch son fundamentales, y de un nivel equivalente al de las sonoras: aquí no vale la suposición de que todo el mundo progresa, ni la fe ciega en la superioridad de las innovaciones técnicas. Y su ignorancia es la raíz de muchos de los malentendidos que, a pesar de su reverdecida fama, enturbian la comprensión del cine y la personalidad (al menos, como cineasta) de Ernst Lubitsch, que era ya, hacia 1919, uno de los más grandes de la Historia del Cine, y que lo sería aunque se hubiese muerto en 1920, sin pisar Hollywood ni hacer películas sonoras: nos hubiéramos perdido un buen puñado de obras maestras inolvidables, pero su puesto entre los gigantes del cine, entre los máximos creadores de formas, estaría asegurado incluso en fecha tan temprana, junto a los de D.W. Griffith, Louis Feuillade, Louis Lumière, Georges Méliès y Edwin S. Porter y, poco después, F.W. Murnau, Fritz Lang y unos cuantos más.

EL TRASTOQUE DE LUBITSCH

Aunque no parece figurar en diccionario alguno, y desde luego no se usa, me he permitido, por una vez, la licencia de emplear en el título un neologismo que se me antoja morfológicamente posible —de tocar, toque; de trastocar, trastoque—, porque no pienso que signifique exactamente lo mismo "trastueque" y porque en esta retorcida palabreja —no menos desusada y más impronunciable que la que propongo— se perdería toda alusión al celebrado "toque Lubitsch", que no sé si acuñó e introdujo, pero al menos catapultó definitivamente a la fama Herman G. Weinberg en su libro The Lubitsch Touch dejando la expresión incorporada para siempre al repertorio de tópicos críticos, y que, aparte de lograr que baste con invocarlo para ya no molestarse en decir nada que valga la pena sobre Lubitsch, tiene el inconveniente de no resultarme plenamente satisfactorio en ninguna de sus numerosas acepciones, ni en inglés ni en español.

Hoy, entre los jóvenes, observo que un "toque" es más bien un choque, un encontronazo brutal, un golpazo. Es decir, algo ajeno por completo a los modales y al estilo de Lubitsch. Pero hasta hace poco, sugería otras cosas, bastante diferentes entre sí, aunque convergentes, que no me hacen del todo feliz por tener únicamente en común dos rasgos —la superficialidad y la ligereza— que demasiado a menudo se le adjudican a Lubitsch, a mi modo de ver con un exceso de ligereza y superficialidad. Un toque es también un roce, una mota, un aroma, una pizca, pero sólo en lo que tienen de sensual —sea para el paladar, el olfato o el tacto— insinuarían estas acepciones algo de lo que el arte predominantemente visual y auditivo de Lubitsch tiene de más sustancial y característico, pues omiten siempre aquello que es, en el fondo, lo principal que Lubitsch manipula con esos medios —que son los del cine, sólo el primero en la era muda, ambos después— con extremada destreza, sabiduría, elegancia, complejidad, brillantez y originalidad: el sentido, el significado de lo que nos muestra o da a ver.

Si volvemos al diccionario —género literario no sólo útil sino fascinante e inagotable— encontramos, aunque casi siempre con un matiz negativo, una definición de trastocar como mudar el ser o el estado de una cosa que cuadra perfectamente con lo que quiero dar a entender mediante la palabra trastoque, y por tanto con lo que, a mi juicio, caracteriza en exclusiva a tres de los grandes cineastas de la historia del cine, Ernst Lubitsch, Alfred Hitchcock y Luis Buñuel, a los que, curiosamente, no se suele asociar, pese a que entre Angel (1937) y Belle de jour (1967) existen curiosas concomitancias y entre Hitchcock y Buñuel puedan establecerse múltiples conexiones.

Porque lo que hace constantemente Lubitsch —como, a su manera, también Hitchcock y Buñuel— es descolocar tanto a los personajes como a los espectadores, al insinuar de pronto algo que hasta ese preciso instante ni unos ni otros apenas hubiéramos sospechado o imaginado, al revelarnos con suma discreción y sin insistencia alguna o el menor subrayado un aspecto que no habíamos tomado en consideración, al descubrirnos, como quien lenta y suavemente hace girar una piedra preciosa tallada, una faceta a la que todavía no habíamos tenido acceso y que súbita pero permanentemente altera nuestro punto de vista y nos ofrece una nueva perspectiva de los seres de ficción que habitan la película y del drama (aunque lo encajen como si estuviesen protagonizando una comedia) que viven.

No es, como podría pensarse por la habitual insistencia en el "toque" y en su manifestación más frecuente —las famosas puertas—, un detalle meramente visual, sino un elemento narrativo, como delata el hecho mismo de que lo que resulta elocuente es a menudo lo que no se dice o lo que se nos impide ver (de ahí las puertas, casi siempre cerradas, y que revelan no al abrirse sino por cerrarse, obligándonos a pensar, a hacer nuestras propias deducciones), es decir, una u otra forma de elipsis (plástica o dialogal), esto es, algo pensado desde el momento mismo de la escritura del guión, no una ocurrencia de último minuto o un hallazgo de rodaje. Algo que, por ser premeditado, es plenamente consciente y responde a una estrategia deliberada.

Esto sucede, por lo demás, desde un momento muy temprano en la obra de Lubitsch, es decir, cuando todavía trabajaba en Alemania y en pleno periodo mudo, desgraciadamente tan poco conocido hoy que resulta casi inútil insistir en su importancia no sólo como disciplina formativa de los cineastas que trabajaron con el estímulo de la carencia de sonido, sino como caldo de cultivo idóneo para el desarrollo de un lenguaje que después ha evolucionado proporcionalmente muy poco más.

Que los personajes no pudieran hablar —ni, a través de ellos, decir cosas muy explícitas los responsables de la película— obligaba a los cineastas a aguzar el ingenio y a sacar el máximo partido de los recursos expresivos que tenían a su alcance para contar historias a menudo, contra lo que sin fundamento se supone (y desde la ignorancia se afirma), nada simplistas, sino sumamente complejas y llenas de matices y de giros.

El arte de Lubitsch, como el de todos los grandes humoristas, cualquiera que sea su medio de expresión, se dirige en primer lugar a la inteligencia, y pasa por ella incluso cuando su objetivo final es conmover. Si el cineasta confía en la inteligencia del espectador, podrá permitirse muchas cosas vedadas, por el contrario, a quien menosprecie su capacidad; por eso los que más respeto demuestran hacia el público son los que se atreven a llegar más lejos, los más elegantes y, con un poco de suerte, los que consiguen, casi sin proponérselo, una mayor eficacia. Alcanzan el éxito por elevación —porque necesitan la inteligencia de sus interlocutores y no tienen más remedio que contar con ella y estimular su ejercicio—, no se arrastran tras él rebajándose al nivel ínfimo que otros atribuyen a la masa informe de los espectadores.

Cuando el cine era un arte universal, porque sólo dependía secundariamente de los idiomas —los rótulos eran, además, intercambiables por su equivalencia—, el público más educado tendía a despreciarlo y considerarlo bastardo e inferior al teatro; el que hacía cine había de dirigirse a personas de escasa cultura y procurar que entendiesen lo que no era, como reflejo de la realidad, sino una pálida sombra bidimensional y enmudecida.

El afán de buscar vías indirectas para hacerse comprender suponía un ejercicio de inteligencia e imaginación al que muchos cineastas se habituaron, sin renunciar a esa pesquisa formal cuando la llegada del sonido permitió delegar en el diálogo buena parte del sentido y ciertos elementos narrativos. Entre los que menos se apoltronaron en la tarea mucho más cómoda a que el sonoro reducía la función del director están, sin duda, Lubitsch y Hitchcock, que parecían construir sus películas, desde las primeras a las últimas, con la minuciosidad y la astucia de un ajedrecista que anticipa las reacciones de su contrincante (el espectador) a cada uno de sus movimientos, y que encadena mentalmente una jugada tras otra, sin permitirse un respiro ni una distracción.

Además, hay en su actitud también algo del orgullo profesional del artesano perfeccionista, nunca conforme con salir del paso, consciente de que todo es siempre mejorable, y que trata de llevar cada idea, cada hallazgo, cada escena, un poco más lejos, prolongando o aumentando o multiplicando las sorpresas o los matices, sin quedarse contento hasta que cree que no puede sacársele más partido.

Esto es, fundamentalmente, lo que admira y maravilla de Lubitsch, desde sus primeras películas hasta las últimas, y lo que se echa en falta, al menos en ese grado, con esa intensidad, en las que no llegó a realizar personalmente, por mucho que encomendase su dirección a discípulos de confianza, en sí mismos grandes directores también, pero de otro tipo de talento, con otras preocupaciones estilísticas y que, además, al tratar de imitar los modos del maestro, difícilmente podían conservar o reencontrar la frescura y la aparente espontaneidad del original, producto de su implicación personal y de su peculiarísima forma de razonar y de concebir la planificación (bien distinta de las de Preminger, Mankiewicz, Cukor, Borzage o Wilder) y de un esfuerzo adicional encaminado precisamente a evitar que el arduo proceso de elaboración fuese perceptible a simple vista.

Hay ejemplos asombrosos de este no cejar nunca en el empeño de introducir un nuevo giro, de no darse por satisfecho con lo ya conseguido, de no renunciar a incorporar un matiz adicional; podemos tomar como muestrario, y por centrarnos en una de sus películas más conocidas y que en este momento todavía puede verse con relativa facilidad, To Be or not To Be. Pero los hay también, y por eso supone una grave amputación desconocer esa enorme porción de su obra, tan importante como la etapa sonora, en sus películas mudas, y no sólo en las tardías, americanas, sino también en las alemanas, que distan mucho de ser esbozos, borradores o anticipos elementales de lo que vendría después, que son obras tan ricas, complejas, grandiosas y graciosas como las americanas, si acaso todavía más innovadoras y más adelantadas a su tiempo, en una posición más "de vanguardia" frente a sus rivales contemporáneos: en 1942, Lubitsch era ya un clásico, en 1919 —cuando hacía lo mismo Die Puppe que Madame Dubarry— era un creador del lenguaje cinematográfico que estaba todavía en pleno desarrollo, explorando e inventando formas nuevas.

Siempre estará bien conocer las sublimes obras de madurez y sabiduría tanto vital como cinematográfica: Angel (1937), Bluebeard's Eighth Wife (1938), Ninotchka (1939), The Shop Around The Corner (1940), To Be or not To Be (1942), Heaven Can Wait (1943) y el misterioso epílogo Cluny Brown (1946), el más insólito de los testamentos conscientes (Lubitsch sí sabía, casi con seguridad, que sería su última película). Pero uno saldrá ganando si ve también las mejores del periodo 1930-1934: Monte Carlo, Broken Lullaby/The Man I Killed, One Hour With You, Trouble in Paradise, Design For Living, The Merry Widow. Y es lamentable ignorar, como ocurre con excesiva frecuencia, las películas mudas americanas realizadas entre 1923 y 1929: The Marriage Circle, Forbidden Paradise, Lady Windermere's Fan, So This Is Paris, The Student Prince in Old Heidelberg, Eternal Love. Y considero trágico, una vez cubierta la laguna, desconocer las mejores de las que rodó en Alemania: Die Augen der Mumie Ma, Carmen, Die Austernprinzessin, Madame Dubarry, Die Puppe, Sumurun, Anna Boleyn, Die Bergkatze. Es más, conviene ver Schuhpalast Pinkus (1916) o Meyer aus Berlin (1918) ... e incluso echarle un vistazo, para calibrar la diferencia, a Der Stolz der Firma (1914) o Doktor Satansohn (1916), interpretadas pero no dirigidas por Lubitsch.

La grandeza y perfección de su obra se complementan con la amplitud y la variedad de su filmografía, de la que, al destacar ahora mismo las películas que considero más conseguidas de cada periodo, me he visto obligado a omitir varias que no son en modo alguno prescindibles, y cuyo único fallo es que no consiguen alcanzar o mantener armoniosamente el grado de perfección de las mencionadas, pero que son casi sin excepción muy notables en sí mismas, y más todavía si se comparan con las de otros directores en activo por esas fechas.

LUBITSCH EN ALMONEDA

Es curioso cómo el significado de muchas palabras, al generalizarse su uso, y con el paso del tiempo, no sólo se diluye, sino que hasta se invierte, y hace que lleguen a adquirir un sentido casi opuesto al originario. Dos de esas palabras desnaturalizadas por el mal uso o el abuso se cuentan entre las más empleadas para elogiar a Lubitsch (y a uno de sus discípulos, Billy Wilder), con lo que se le atribuyen rasgos que no sólo le son ajenos, sino que probablemente le repugnarían.

Los filósofos griegos de la Antigüedad a los que, por el lugar elegido para sus reuniones —no sé ya si un canódromo o una perrera—, acabaron por llamar cínicos sus adversarios, y de los que fue Diógenes el más destacado, propugnaban como el único bien la virtud, que cifraban en el autocontrol y la independencia. Ignoro cómo se pasó a considerar cínicos a quienes creían que el propio interés era la única motivación de la conducta humana, pero no paró ahí la cosa, y se saltó, con una nueva distorsión, a calificar de tales a quienes con desvergüenza defienden o practican acciones o doctrinas vituperables, o hacen gala de una impudicia u obscenidad descarada, con un cariz obviamente peyorativo, aunque últimamente es cada vez más frecuente que el cinismo así entendido sea motivo de elogio.

Otra vieja escuela filosófica griega era la sofista, a la que se le reprochaba el vicio de argumentar falsedades mediante racionamientos de apariencia correcta; se consideró sofisticado, al irse divulgando el término, lo carente de naturalidad, lo afectadamente refinado, lo falsificado, lo que ha perdido su simplicidad o pureza natural u original, y de ahí súbitamente se pasó a valorarlo positivamente, aplicando este adjetivo al aparato o mecanismo muy perfeccionado y complejo que incorpora la tecnología más reciente.

Tenemos así que la mayoría de los actuales admiradores de Lubitsch lo califican de cínico y sofisticado, lo que al autor de El abanico de Lady Windermere (1925), Un ladrón en la alcoba (1932) y Ser o no ser (1942), si levantara la cabeza, le devolvería a la tumba del disgusto.

Sin embargo, los que atribuyen a Ernst Lubitsch tan dudosas virtudes se cuentan, según propia declaración, entre sus más devotos admiradores, lo que refuerza mi vieja sospecha de que casi todos los éxitos se apoyan en un malentendido o es al menos una confusión lo que hace que alcancen una determinada dimensión.

Lubitsch tuvo desde muy pronto, con raras excepciones, un éxito considerable, y siempre hubo en esta aceptación algún elemento equívoco. Ya en su primera etapa cinematográfica, cuando —incluso antes de dirigir— encarnaba como actor a personajes —Meyer, Pinkus— de inequívocos e incluso caricaturescos rasgos judíos —tanto que ni siquiera era preciso aclararlo de forma explícita—, en farsas o comedias situadas en el sector de la confección y el comercio textil (del que procedían él y su familia), cabe dudar quiénes disfrutaban más de esas películas, si sus antiguos compañeros de fatigas, la gente de su misma extracción y cultura, que se reconocían en las tribulaciones, ambiciones y tretas de esos personajes arquetípicos y disfrutaban con ellas, o bien (o quizá también) los futuros prohombres del Partido Nacionalsocialista, los que veían corroborada en ellas su pésima opinión de los semitas, alimentando su desconfianza en busca de una justificación para acabar con ellos, treinta años más tarde, en las cámaras de gas.

Cuando sus películas —a menudo dramáticas, pero basadas en un tratamiento intimista, y por ello forzosamente irreverente, de los monarcas y las figuras históricas de la vieja Europa—, después de triunfar en nuestro continente, lo hacen igualmente en el Nuevo hasta el punto de incitar a los magnates de Hollywood a tratar de atraerlo a California a toda costa y hacer de él un cineasta americano, ¿qué buscaban realmente estos productores, saciar su afición al monopolio del cine taquillero que se hace en el mundo entero, fichando al talento extranjero para quedarse con su mercado y con los correspondientes beneficios, o más bien (o además) fomentar los ideales antiaristocráticos y republicanos, desprestigiando entre los inmigrantes los lazos que aún pudieran unirlos a su Europa natal?

Cuando, en plena Gran Depresión, los americanos en paro hacen cola para ver sus comedias —a veces musicales, siempre fantasiosas—, ¿buscan primordialmente descansar de la sórdida realidad que les rodea, o más bien soñar que algún día heredarán de una Europa decadente (ya desaparecida por entonces) esos fastos, esos palacios, esas ceremonias y ese "romanticismo" libre de prejuicios puritanos, o están viendo reforzado su ensimismamiento y su autosatisfacción, acrecentando su arsenal de aislacionismo ante la guerra que muchos olfatean ya que se avecina para la Europa en crisis y dividida de los años 30?

Cuando los europeos nacidos aproximadamente cuando tocan fin la obra y la vida de Lubitsch redescubrimos tardíamente sus películas, allá por los 60, ¿qué admiramos realmente en ellas, su recreación esencialista e idealizada de la Europa anterior a Hitler y Mussolini, incluso previa a la primera Gran Guerra y a la desmembración del Imperio Austrohúngaro (un fenómeno del que, como los Balcanes nos recuerdan con insistencia, estamos todavía pagando las consecuencias), o más bien la habilidad y la inventiva del cine americano en su apogeo, y la visión de Europa, irónica a la par que nostálgica, que nos dan esas películas, de las cuales sólo dos, si no me falla la memoria, y una de ellas más bien menor, suceden en América y tienen protagonistas mayoritariamente estadounidenses (aunque, eso sí, reciben invitados húngaros, tienen institutrices francesas o recurren al psicoanálisis de origen vienés)?

Porque en Lubitsch las contradicciones y las ambigüedades no proceden sólo de quienes las contemplamos, sentados en el patio de butacas o en lo alto del gallinero de las grandes salas, o ahora frente a una pantalla de televisor, sino que están arraigadas en la obra misma, en la exuberante y aparentemente extrovertida pero bastante secreta personalidad de su creador.

Que alguien tan documentado en el cine alemán y tan inteligente como Lotte H. Eisner vea (en L'Écran démoniaque / La pantalla diabólica) a Lubitsch como el típico representante de la pesadez teutónica y de la zafiedad populachera, atribuyendo a tales rasgos nacionales negativos su éxito generalizado, no deja de chocar, en primer lugar, a quien —antes de ver esas películas alemanas y mudas— tiene al autor de Angel y Ninotchka por un cineasta elegante, sutil y ligero, y lee por doquier que fue el maestro de la "alta comedia" y de la "tragicomedia sofisticada" o cosas parecidas; el estupor se acrecienta al ver finalmente las películas cuestionadas y descubrir en ellas otra forma —quizá— de sutileza y elegancia, pero al fin elegancia y sutileza, en lugar de chabacanería e insistencia, y comprobar que el de Lubitsch era ya un estilo cimentado en la elipsis (tanto visual como narrativa) hacia 1915, no digamos cuatro o cinco años más tarde, bastante tiempo y muchas películas antes de que cruzase el Atlántico.

Y no deja de ser chocante que, en 24 años de carrera americana (Rosita data de 1923, El pecado de Cluny Brown es de 1946), Lubitsch apenas recurriese a guionistas americanos (Ben Hecht o Donald Ogden Stewart alguna vez), y basase casi todas sus películas en desconocidas piezas teatrales, novelitas y relatos cortos escritos por húngaros, checos, polacos, austríacos, alemanes... más algún que otro inglés (con Noel Coward u Oscar Wilde) o francés, asistido por guionistas que pertenecían al ámbito de la cultura alemana o, por lo menos, habían recibido su influencia directa.

Cierto que algunos de sus protagonistas son americanos afincados o de viaje por Europa (como el Gary Cooper de La octava mujer de Barba Azul), pero la gran mayoría son y siguen siendo europeos. Heaven Can Wait, Design for Living, That Uncertain Feeling, Bluebeard's Eighth Wife serían, pues, sus obras relativamente más "americanizadas"... pero no se distinguen en nada de las demás, que lo son en muy escasa medida y que no es fácil confundir con las que los mismos intérpretes rodaban por las mismas fechas, incluso para la misma productora (a veces en los mismos decorados) a las órdenes de otros directores (a menudo igualmente centroeuropeos). Resulta imposible no llegar a la conclusión de que Lubitsch dedicó el último cuarto de siglo de su vida a recrear Europa en los estudios de Hollywood, y no precisamente para cantarla o idealizarla, sino también para criticarla y para analizar las causas de su descomposición, división y decadencia. Pero no cabe pensar que se trataba de un acto reflejo, producto del deslumbramiento causado por la América mucho más rica y dinámica que debió encontrarse en 1923, porque no otra cosa (remontándose a siglos más remotos —no ya el XIX, también el XVIII, el XVII y el XVI—, del mismo modo que su blanco no se limitó a Alemania, sino que abarcaba desde Inglaterra a Rusia, desde el Norte al Sur) había venido haciendo desde el comienzo de su carrera, de extraña y precoz madurez, sin por ello instalarse complacientemente en la imitación del propio estilo, sino que, alternando su desarrollo con su perfeccionamiento, lo fue haciendo de un modo cada vez más seguro y eficaz, pero asimismo más avanzado y complejo, sin cejar nunca en el empeño de afinar sus instrumentos de expresión, de agilizar su ejecución.

En Nickel Odeon nº 18 (primavera del 2000)

miércoles, 14 de enero de 2026

Una sinfonía del horror

Se está proyectando en los cines de Arte y Ensayo, como de costumbre sin publicidad —y en Madrid, según me dicen, con la admirable La Vieille Dame indigne, de René Allio—, uno de los más grandes documentales que se han hecho en Francia: Le Sang des bêtes, de Georges Franju, rodada en 1949. El objeto de este comentario es, pues, ante todo, el llamar la atención sobre este cortometraje, intentando así evitar que pase tan desapercibido como esas obras maestras que son Les Jeux des Anges, La Jetée y Les Mistons.

Aux portes de Paris. Paisajes desolados, un árbol seco, los arrabales de París, una especie de Marché aux Puces, que nos ofrece las insólitas yuxtaposiciones de un maniquí desnudo tras el que pasa el tren, de una reproducción de Renoir y un paraguas, de unos muelles y unos niños que juegan al corro mientras suena un piano y un violín, de una lámpara y una mesa que se recortan contra el cielo, de un abanico que se despliega ante el objetivo de la cámara. Este inicio poético, rassurant, tranquilizador, nos define ya el carácter de la película: Le Sang des bêtes es, tras Las Hurdes (Terre sans pain, 1932) de Buñuel, el primer documental surrealista. Y no se piense que hay contradicción entre estos dos términos, ni que me dejo llevar de mi amor a la paradoja, pues el fin de esta obra de Franju —como, en última instancia, todas las suyas, y en especial la sublime Ojos sin rostro, un film de terror—, es el de descubrir lo fantástico y lo horrible a la vuelta de la esquina, en la más cotidiana realidad. Un comentario en off frío y poético al unísono (dicho por la bressoniana Nicole Ladmiral y por Georges Hubert), que impresionó, sin duda, a Resnais (Hiroshima mon amour es buena prueba de ello, y hasta cierto punto también esos otros documentales fantásticos que son Nuit et brouillard, Toute la mémoire du monde y El año pasado en Marienbad), y una absoluta falta de efectismo y truculencia hacen de esta película una incursión fascinante en los abismos de la sangre. En las afueras, en inhóspitos parajes poco transitados a la hora en que se cometen los crímenes, los matarifes despliegan, en un ambiente de ocultación y de sospecha, sus sangrientas actividades, mientras la carne de sus víctimas se agita aún, palpita en cuerpos desmembrados, sin cabeza, que dentro de poco serán despellejados, descuartizados, colgados de unos garfios sobre el reluciente suelo del matadero, por el que corren ríos de sangre aún humeante.


Si, como acertadamente ha observado Miguel Marías (Nuestro Cine, número 81, página 66), Un chien andalou es el primer film basado en unas "estructuras de agresión", parece evidente que Le Sang des bêtes es el segundo. No sólo el poético inicio del film nos desprepara a las alucinantes imágenes que van a golpearnos poco después, sino que, de tanto en tanto, Franju introduce una pausa apacible, lírica, con parisina música de acordeón, el Sena que fluye suavemente al ponerse el sol, grises paisajes de amanecer invernal, que nos tranquiliza un momento antes de volver a sumergirnos en el baño de sangre que es su película, digna, en este aspecto, de los más grandes poetas "malditos" del XIX francés (Lautréamont, Baudelaire, Rimbaud) o del necrofílico Edgar Allan Poe.

Pero si como poema surrealista Le Sang des bêtes es un logro absoluto, no lo es menos —de la mano del comentario en off que escribió Jean Painlevé y de la fotografía de Marcel Fradetal— como documento: se nos presenta primero el arrabal parisino, luego el matadero, ya dentro de él las herramientas que utilizan los matarifes, y después se procede a mostrar y explicar, en sus fases sucesivas, la matanza de caballos, vacas, terneros, corderos y ovejas. Y es, precisamente, el enlace entre los dos niveles descritos lo que da a Le Sang des bêtes toda su fuerza, al seguir la teoría de Paul Reverdy, que citaba Bretón en el Primer Manifiesto del Surrealismo: "La imagen no puede nacer de una comparación, sino del acercamiento de dos realidades más o menos lejanas."

En Nuestro Cine nº 93 (enero de 1970). Publicado como Luis Alfonso Baledón.

lunes, 12 de enero de 2026

Zamri-umri-voskriesni! (Vitali Kanievskií, 1989)

La primera y tardía película larga de Vitali Kanievskií está realizada —se nota— como si fuera a ser la última (por suerte, ya está rodando la continuación), y tiene, además de numerosos elementos autobiográficos, cierto carácter de exorcismo personal y de revancha sobre las dificultades. Se nota tras ella no sólo un hombre, sino el empuje del deseo, el empeño por hacer una película, y además concretamente ésa, y de esa manera y no otra. Sin concesiones, componendas o medias tintas, como si necesitara hacerla para seguir viviendo, para liberarse de una serie de recuerdos obsesivos.

No es frecuente ya que se hagan películas con tanta imperiosidad, con tal voluntad de expresión, con un conocimiento tan íntimo y sentido de lo que cuentan, con una sensación tan angustiosa de jugárselo todo a una carta, porque esa ansiada y tanto tiempo esperada primera oportunidad puede ser la última. Y se nota que a Kanievskií le iba la vida en ella, y que ha echado toda la carne en el asador, sin importarle quemar sus naves, y además que, si no consigue desahogarse, hubiera estallado. Tal pasión, que hoy se ha hecho excepcional, explica el efecto de meteorito de esta película, que no es tan subjetivista ni machacona como sus motivaciones podrían hacer temer, pero que tiene una veracidad, una inmediatez, una energía, una vitalidad totalmente insólitas y sumamente atractivas.


En Quieto, muere, resucita apenas hay retórica, ni siquiera refinamientos, ni figuras de estilo pretendidamente originales ni convenciones cinematográficas. Es una película aislada, única, que va por libre, sin ocuparse de tomar partido contra el resto del cine soviético, ni de proponer modelos, ni de adscribirse a escuelas o tendencias. Es una película, en el mejor sentido del término, "visceral", incluso "primitiva", de una sencillez elemental.

Se intuye que Kanievskií no ha pensado en el público: el ritmo responde a la necesidad de contar muchas cosas en el menor tiempo posible, y quizá utilizando un número escaso y contado de metros de película virgen, y casualmente es el adecuado para esa sucesión de peripecias. Es un film "en bruto", de una pieza, que va al grano sin rodeos ni miramientos. Quizá sea la primera película verdaderamente realista hecha en la URSS desde Dziga Vertov.

En “Todos los estrenos. 1991”. Madrid : Ediciones JC, diciembre de 1991.

viernes, 9 de enero de 2026

Divorzio all'italiana (Pietro Germi, 1961)

"Qué grande es el cine" (19/10/1998)

José Luis Garci modera el debate en torno a la película ‘Divorcio a la italiana’, de Pietro Germi.

Le acompañan Antonio Giménez Rico, Miguel Marías y Fernando Guillén.

***

El caso de Pietro Germi me parece característico de los vaivenes de interés y prestigio que sufren, a la largo de los años, determinados directores, obras, géneros, a veces cinematografías enteras.

Hubo un tiempo en que se infló el valor de varias de sus obras, en el contexto de una sobrevaloración general del cine italiano, que tuvo su reflujo, a costa precisamente de los nombres "sobreañadidos", que de pronto se desinflaron; así, Germi pasó de recorrer festivales cosechando premios a que se le negase el pan y la sal y a que, tras su muerte, concluido el "duelo" y sus rituales loas e indulgencias plenarias, se lo tragase el olvido. En el mejor de los casos, es uno de esos cineastas que uno aprecia pero sin acordarse de ellos, sin tenerlos en cuenta.

Como en el caso de algún otro italiano y de varios ingleses, yo debo mi renovado interés por cineastas como Germi a la insistencia de José María Carreño, que se pasó los que no sabía que iban a ser los últimos años de su existencia actuando como recordatorio viviente. No era por nostalgia, sino por afán justiciero. Como a mí también me irrita que se prodiguen elogios a los cuatro imbéciles petulantes de cada temporada, mientras se borra del mapa a gente mucho más valiosa, siempre trataba de comprobar si estaba de acuerdo con José María, revisando las películas de los directores que reivindicaba, procurando ver las que me faltaban, y documentándome sobre sus autores, cuando realmente me parecían interesantes.

De Pietro Germi siempre me fascinó la que consideró la mejor película policiaca europea, Un maldito embrollo, que después de varias nuevas visiones al fin en V.O., me parece su obra maestra. Otras, en cambio, me habían decepcionado, aburrido o irritado.

Las sucesivas revisiones me han llevado a conocer bastante bien su carrera, y a aumentar muy considerablemente mi aprecio por su figura, que hoy me parece, tras Rossellini y Raffaello Mattarazzo, y con Giuseppe De Santis, el más apasionante cineasta italiano, por encima de Visconti, Antonioni, Fellini, Comencini, Risi, Zurlini, Bolognini, Castellani, Olmi, Pasolini, Monicelli, De Sica y otros, incluidos los recientes Moretti y Amelio, y, por supuesto, muy por encima de Bertolucci, Scola, Rosi y otro buen montón de chicos y chicas con mejor prensa de la que merecen.

Aprecio de Germi, con Un maledetto imbroglio (1959), Il Cammino della Speranza (1950), L'uomo di paglia (El hombre de paja, 1957), L'immorale (Muchas cuerdas para un violín, 1967), y un poco más abajo Divorcio a la italiana (1961), Sedotta e abbandonata (Seducida y abandonada, 1964) o Il ferroviere (El ferroviario, 1956). Y sin desdeñar Il brigante di Tacca del Lupo (1952), In nome della Legge (1949), Gelosia (1953), Il testimone (1945), Giuventù perduta (1947).

Un elemento que, paradójicamente, juega en contra de una justa valoración del cine italiano en España, es la proximidad: a menudo la materia prima es tan semejante que parece fácil de trasponer y encontramos paralelismos y concomitancias que, lejos de facilitar la mejor comprensión, la enturbian, sobre todo por el efecto "boomerang" de las malas imitaciones españolas, antaño frecuentes, cuya baja calidad revierte contra los originales, contaminándolos.

Otro es que los defectos y los excesos del cine italiano son a menudo los del español, por lo que nuestra tolerancia a las "italianadas", a lo que se nos antoja un abuso del "folklorismo" o una desmesura caricaturesca próxima al chafarrinón es muy baja.

Por ejemplo, uno puede hartarse de uno de los temas predilectos de Germi, Sicilia, pues es una región que ha dado lugar a un auténtico "género" dentro del cine italiano, y la insistencia sin mesura suele conducir al hartazgo y el empacho. Hubo una época, lo admito, en que cuando empezaba una película italiana y aparecía un cartel señalando "Palermo", como cuando había un titular sobre la Mafia o aparecía un bandido calabrés, me decía "horror, otra" y abandonaba, quizá prematuramente, toda esperanza.

Además, cuando nadie hace caso a las películas que uno encuentra geniales -como me sucedía a finales de los 60 con Prima della Rivoluzione, la segunda del todavía desconocido Bertolucci- y en cambio el éxito crítico, académico y de taquilla saluda a Divorcio a la italiana o Seducida y abandonada, uno tiende a cargar las tintas, lo que resulta fácil cuando -como en el caso de esta película de Germi- se bordea constantemente el precipicio.

No hace falta inventarle defectos y excesos, abusos y simplificaciones, tosquedades y cinismos, porque los hay. Lo que es absurdo es dejar que nos tapen por completo sus muy numerosas virtudes, que al hacer un balance equilibrado, arrojan un saldo positivo muy abultado.

Son indudables -porque, además, la película hace alarde constante de ellos, sin asomo de falsa modestia- su ingenio, su brillantez y su mordacidad. Es, en efecto, despiadadamente feroz, no deja en sus burlas y críticas títere con cabeza, y no se libran de sus dardos los personajes ficticios ni las instituciones reales.

Germi se reía de su propia sombra y de sí mismo, al tiempo que era altivo y orgulloso, pero hasta que uno es capaz de percatarse de que no se escudaba tras la ironía, sino que se ofrecía como blanco de sus propias flechas, puede irritar la falta de conmiseración, no ya de respeto, con la que trata a todo el mundo.

El que no es un hipócrita es un puritano de cara al prójimo, el que no mata, atraca o, si es más listo, roba en gran escala o estafa impunemente. El que no es "cornudo" está en lista de espera, es cuestión de tiempo, o es un sinvergüenza, no siempre redimido por su labia y gracejo personal. El que no engaña es porque no puede, tiene miedo o es tonto, no porque sea franco, honrado y leal. Los amables se hacen pesados, o buscan algo a cambio. La amorosa y fidelísima esposa del protagonista es más bien gorda y tiene bigote, y no brilla por su inteligencia. La bella jovencita que encandila al barón Cefalù se revela no tan inocente y bastante inconstante.

Entre risa y risa, la visión del mundo que transmitía Germi se solía librar de la más rencorosa misoginia sólo porque los ataques no iban dedicados en exclusiva a las mujeres, es decir, porque era parte de su omnicomprensiva misantropía. Ya se sabe que los muy negativos, como los muy desconfiados, acaban por fatigar, y terminan granjeándose a pulso las más variopintas enemistades: a todo el mundo le gusta reírse, pero no a costa propia, ni ser él mismo el blanco de las mofas ajenas.

Divorcio a la italiana bordea constantemente la caricatura. Basta atender, en las primerísimas secuencias, la caracterización, vestuario y catadura de Marcello Mastroianni, que se desliza hacia la farsa por una pendiente de 45 grados como primera medida. Al no ser esto lo habitual, ni precisamente lo más natural y espontáneo del estilo interpretativo del gran actor, hay que concluir que se trata de una exageración voluntaria, deliberada y medida al milímetro, simplemente para que pueda caminar por la cuerda floja sin caer en la autoparodia. Ver a Mastroianni engominado, sudoroso, en camiseta y con mirada displicente, dando caladas a una boquilla produce tanta hilaridad como inquietud: la sensación de artificiosidad llega a ser agobiante.

Otra virtud peligrosa es el afán de eficacia, que a veces pierde a Germi y sus congéneres. Parecen incapaces de renunciar a una idea ingeniosa, a una carcajada, a un golpe de efecto brillante y sorprendente. No son lo bastante autocríticos para detenerse siempre al borde del abismo de la facilidad. Se pirran en demasía por "rizar el rizo", como lo delatan a menudo los finales múltiples, en cascada, que a veces parten en tantas direcciones contradictorias que acaban por descuartizar el sentido último de la película, o por impedirnos que nos tomemos en serio lo sucedido o que nos siga importando alguno de los personajes, ni siquiera uno solo.

Es un riesgo que Billy Wilder, devoto admirador confeso de Germi -votó en 1995 Seducida y abandonada como una de sus diez favoritas-, se cuidaba de mantener a raya, como prueba su película más italiana, Avanti! (1972). Germi también lo logró superar a veces, como en L'immorale, pero ya no -y todavía no de nuevo- en Divorcio a la italiana y Seducida y abandonada.

Por ejemplo, al final de Divorzio all'italiana, nos maravilla y pasma su habilidad. Nos sorprende primero que, cuando Fefè Cefalù se dispone a matar "por razones de honor" a su mujer, tras haberla empujado en brazos de Carmelo Patané (Leopoldo Trieste), suenen disparos porque la prometida burlada del seductor se le haya adelantado. Nos admira que, ni corto ni perezoso, Cefalù remate la faena ejecutando a su esposa, tal y como lo había tan minuciosamente planeado, para aprovecharse del grotesco artículo 87 del Código Penal italiano, que la película contribuyó a lograr que fuese modificado. Pero es ya pasarse -en barroquismo narrativo y en misantropía- que "Qualche mesi dopo", casados ya Cefalù y Angela, Stefania Sandrelli, mientras besa a su todavía incauto esposo, acaricie voluptuosamente con el pie el del marinero que lleva el timón del velero. Indudablemente, es muy brillante, acaba la fiesta en "crescendo", pero es también un exceso, un derroche innecesario.

También caen a menudo algunos italianos en otras facilidades, no se sabe si por cómodo afán de ahorrar esfuerzo, aunque sea a costa de un efectismo tan tosco como molesto: véanse los insistentes y estrictamente innecesarios, además de malvenidos y bruscos, zooms con los que de vez en cuando, siempre más veces de lo tolerable, nos obsequian, en una malentendida ambición de dar "un toque de modernidad" a una batería de trucos y procedimientos que son, en su mayoría, de añeja tradición.

Dicho esto, hay que reconocer que tales vacilaciones, defectos y debilidades en nada empañan la inteligencia de un guión, impecablemente realizado, que si puede ser acusado de "demostrativo", procede con la lógica implacable (y a menudo trucada) de la demostración de un teorema matemático, de la argumentación (también con frecuencia tramposa) de un abogado defensor o un fiscal, o de un silogismo, aunque sea un disparate o una exageración mayúscula la premisa que le sirve de punto de partida.

La ejecución, a veces excesivamente plana y apegada al texto, que en ocasiones se limita a ilustrar, adolece, en todo caso, de excesiva funcionalidad, o de una notable falta de escrúpulos a la hora de elegir entre los medios alternativos para alcanzar los fines. Y cuando uno de estos cineastas está inspirado, o se deja guiar por la sed de transparencia, o se aferra a un último vestigio de verosimilitud, aunque sea a costa de sacrificar un gag o un retruécano, ah, entonces suele dar gusto ver cómo una idea cobra forma, se encarna ante nuestros ojos y se desarrolla, implacable y certera, en la pantalla. 

Lo que más me gusta de Divorzio es su momento más inesperado, y uno de los más elegantemente realizados, cuando Cefalù se revela más candoroso que su bigotuda y algo agobiante mujer: están en misa, y suena la voz del "castrati" con el que, sin caer en el detalle que su voz angelical delata, Fefè está pensando emparejarla para tener una excusa para matarla y así salvar el obstáculo que -en ausencia de divorcio- supone para su felicidad; Fefè comenta a Rosalia qué voz tan bonita, y ella dice "Si, poverello"; él pregunta por qué, y ella le susurra al oído la explicación, que no es preciso oír. 

Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine! (19 de octubre de 1998)

jueves, 1 de enero de 2026

Top 2025

31/12/2025

Great recent(made since 2021)

La Pie Voleuse(Robert Guédiguian, 2024/5)

Historias del buen valle(José Luis Guerin, 2025)

Quán Ky Nam (Leon Le, 2025)

Train Dreams(Clint Bentley, 2025)

Les Tourmentés(Lucas Belvaux, 2025)

Trois amies(Emmanuel Mouret, 2024)

Una quinta portuguesa(Avelina Prat, 2024/5)

Gou zhen(Guan Wu, 2024)

Por la pista vacía(Pablo García Canga, 2021/2)

The Shrouds(David Cronenberg, 2024)

Campo di battaglia(Gianni Amelio, 2024)

Becoming Human(Ly Polen, 2025)

Rust(Joel Souza, 2024/5)

La Pie Voleuse

Great older(made before 2021)

Asu wa Nipponbare(Shimizu Hiroshi, 1948)

Glória(Manuela Viegas, 1999)

Kaze Futatabi(Toyoda Shirô, 1952)

Mogura Yogochô(Shimizu Hiroshi, 1953)

Haha no Omokage(Shimizu Hiroshi, 1959)

Akatsuki no Gasshô(Shimizu Hiroshi, 1941)

Sang Titre(Jean-Luc Godard & Anne-Marie Miéville, 2020)

The Prisoner of Zenda(Rex Ingram, 1922)

Desk Set(Walter Lang, 1957)

The Thief’s Wife(Allan Dwan, 1912)

La finestra sul Luna Park(Luigi Comencini, 1957)

Asu wa Nipponbare

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Very good recent

Adolescence(Philip Barantini, 2025)

For Love(Amir Saghafi, 2025)

Tardes de soledad(Albert Serra, 2024)

Chasing the Star(Yuzhu Hao & Yanv Chen, 2025)