viernes, 10 de abril de 2026

Vicios de cinéfilo

En la medida en que algunas manías de cinéfilo pueden convertirse en obsesiones, prejuicios y vicios, deben ser analizadas y, de carecer de justificación suficiente, abandonadas o superadas. Caso bien distinto es el de algunas exigencias mínimas que, desde fuera, pueden parecer maniáticas o excesivas, pero que tienen una base racional y constituyen –o al menos, lo hacían– rasgos definitorios esenciales de la cinefilia.

Lo que caracteriza a los vicios es que suelen ser adquiridos, a menudo por contagio o emulación de alguien admirado. Las manías también tienden a ser electivas, pero proceden de la propia experiencia. También es verdad, para complicar la cuestión, que algunas manías pueden tornarse viciosas por exceso. Por ejemplo, lo que podríamos llamar "completismo", que consiste en no descansar hasta llegar a ver la filmografía entera de nuestros directores favoritos. Esto, que puede ser, en teoría y en principio, una aspiración honrada y rigurosa, para colmo no siempre realizable (de muchos se ha perdido gran parte de lo que hicieron, de otros hay siempre obras que apenas circulan, o sólo en versiones abreviadas, mutiladas o manipuladas), si se amplia a un número muy elevado de directores, meramente "interesantes" o "curiosos", pero irregulares y con personalidad escasa o difusa, pasa de ser una manía a convertirse en una obsesión. No digamos si se extiende a cualquier fragmento que anónimamente el director de marras pueda haber filmado en películas que llevan la firma de otro, y que raramente serán reconocibles. De hecho, hasta con filmografías de dimensiones limitadas y bastante bien conservadas, la satisfacción del deseo puede suponer una decepción –nos parecían más admirables las tres o cuatro conocidas que las setenta que por fin logramos ver–, y en el mejor de los casos, supone una pérdida de interés: se nos acabó un objetivo, la meta conquistada ha perdido su gracia. Algo así debí pensar cuando, una vez vistos todos los largos conservados de Dreyer, preferí dejar para otra ocasión varios de sus cortos para que así me quedara algo por ver del gran autor danés. Por lo demás, como es imposible ver todo, más vale ser conscientes de ello, y renunciar a tan vana ambición; en muchos casos, más vale conocer a fondo unas cuantas que superficialmente todas las de un cineasta; contrariamente a la lógica y a la cronología, y por tanto a lo que permiten las grandes retrospectivas completas, creo que es mejor ver con calma y de una en una las películas que ver treinta en diez o quince días, aunque sean las de Ozu (y casi especialmente si son las de Ozu, que pierden su identidad individual si se ven en masa).

Sé que algunos consideran típica manía de cinéfilo tomar notas durante la proyección de las películas. Lo hice durante tantos años que aún lo hago hoy, aunque de forma residual. Antes era bien conveniente, pues era posible y hasta probable que uno no volviera a ver las películas en años, quizá nunca, y no estaban disponibles para revisarlas; desde la aparición del VHS y luego del DVD, tomar notas más o menos minuciosas, con frases de los diálogos y hasta dibujando a ciegas encuadres y composiciones, parece innecesario, aunque no siempre ventajoso: cuando uno tenía que ver tres o cuatro veces en una semana una película para memorizarla, se le queda a uno grabada (y más asequible al recuerdo) que ahora. Aunque también es verdad que la memoria deforma, y siempre conviene comprobar lo que uno escribe. Otra justificación de tomar notas (que, contrariamente al infundio que ha hecho correr un ex-crítico convertido en novelista y ocasional director, he tomado sin auxilio de ningún aparato luminoso, que he detestado siempre, por molesto para los demás y llamativo) es completar o contrastar las filmografías, comprobar la duración, apuntar la presencia de un actor reconocido pero no acreditado, o del propio cineasta. Yo añado la fecha del copyright, que considero más fiable que la habitual y perezosa confianza otorgada a la fecha de estreno.

Otra manía personal, que considero más razonable que la de algún cinéfilo ilustre, como Godard (que al parecer veía todo en fragmentos de quince minutos), es no entrar si la película ha comenzado ya, incluso si hace un minuto solamente.

Durante muchos años, no me fui antes del final jamás, por mucho que detestase lo que estaba soportando, ni siquiera para llegar a tiempo a una que, forzosamente, había de ser mucho mejor. Pero desde los años 80 o así, curiosamente por culpa de dos o tres películas de Fellini que (tras verlas por fin enteras) he procurado borrar de mi memoria, identifiqué un peculiar malestar, entre claustrofobia y dolor de piernas, que me impele, con el acuerdo de quien me acompañe (que suele suspirar de alivio ante la propuesta, víctima de idénticos signos), a abandonar la sala sin más demora. Lo malo es que el arreglo es temporal, pues no considero la película como vista y no me consiento escribir ni apenas opinar de ella, con lo que he acabado por sufrirlas íntegras más tarde, en la TV o en DVD, y pocas veces me han parecido mejores, en ninguno verdaderamente buenas ni dignas de su prestigio "nato". Siempre las veo en orden, sin acelerar (como, por lo oído, tantos hacen con VHS y DVD); incluso me cuesta, si quiero simplemente verificar una escena, no empezar por el principio y verlas en su integridad. Sobre todo, claro, si son muy buenas, Vertigo, The Searchers, The Quiet Man. Para comprobar una frase, necesito las dos horas que duran.

Otra manía razonable, que sólo pude adquirir cuando en España empezaron a estrenarse algunas películas en V.O. subtitulada, y no, según la norma franquista, dobladas, es la de volver a ver todo lo visto doblado en su V.O. Todavía no he terminado, pero es una meta cumplida en muy elevado porcentaje. Años después, al estrenarse en Madrid al menos una copia en V.O. de casi todas las películas, decidí no ver nunca más una doblada. Llevo más de veinte años cumpliendo esta regla autoimpuesta de elemental higiene y nunca me arrepentiré de ella. Si alguna supuestamente "muy comercial" se estrena sólo doblada, aguanto sin verla hasta que sale en DVD (me pasa con Carpenter, Romero y algún otro).

También considero de higiene y salud mental, aunque sometida a todo tipo de excepciones, la de "borrar de mi lista" de directores que hay que seguir o verificar a los que –pese a su fama, reputación crítica, premios o éxito de taquilla, o todo ello junto– nunca me han logrado interesar lo más mínimo (o no soporto), cuyos elogios ajenos ni entiendo ni a menudo me creo, o que llevan más de diez años haciendo películas muy por debajo de lo que inicialmente prometieron (o dieron). Así, he dado definitivamente de baja a todos los apellidados Anderson en activo, a Lars von Trier, a Amenábar, a Vicente Aranda, y están a punto de caer Médem, Haneke y varios más, entre ellos, ay, mi antaño admirado Tim Burton, que después de Ed Wood no levanta cabeza. Hay, eso sí, que dar generosos márgenes de confianza: estuve a punto de tachar a Jane Campion por la innombrable The Piano, y hubiera caído Garci en ella de no encantarme Canción de Cuna y empezar con ella la mejor etapa de su carrera. También Ritt, Frankenheimer o Lumet acabaron por aprender a hacer cine, por lo que conviene ser especialmente paciente con los novatos. Tentado estuve de borrar a los Dardenne por culpa de Rosetta, pero sus películas siguientes me demostraron la conveniencia de no precipitarse.

Consigno que, a medida que uno va cumpliendo años, y que correlativamente se reduce su expectativa de vida, la idea de malgastar el tiempo que nos quede se hace más y más intolerable. Con ello, lo que de muy jóvenes pudo ser virtud, se nos antoja ahora no se sabe si vicio, masoquismo o vocación de mártires: cuánto tonto plomo (más que celuloide) vanguardista, progresista y supuestamente innovador se tragó uno en los años 60 y 70 y que revisado hoy –lo que conviene hacer, para deslindar lo que perdura y lo que se desvanece en la nada– se revela patética indigencia, simulación, ausencia de talento y hasta de ideas, afán de llamar la atención, confusionismo deliberado, repetición de "slogans" y de "tics" formales, copias bastardas de los verdaderamente revolucionarios, desprecio al espectador y una carencia patológica de sentido del humor.

Entre las manías que he ido descartando están muchas reglas autoimpuestas al cine o heredadas de otros críticos, cuando no mero reflejo de afinidades enigmáticas con el estilo o la visión de algunos cineastas. Creo desde el principio en que no hay géneros propicios e infaustos, menos aún deplorables o despreciables, pero confieso que no he logrado ver ninguna película pornográfica (tampoco soy un experto, pero nada me incita a ello) que me haya parecido erótica ni divertida, y que, si no rehúyo un Fuller porque sea de guerra o de submarinos, ningún género tendente –como también el carcelario– a prescindir de las mujeres me resulta a priori apetecible: me produce una sensación muy molesta, la misma que me hace cambiar de vagón del metro si me doy cuenta de que no hay ni una mujer en él (a ser posible agradable). Es decir, que cada cual tiene sus preferencias, pero no han de ser intolerantes. Así, nada impide que admire varias películas francamente gay, que admiro no por ser homosexuales sus autores sino por ser muy buenas películas.

He padecido durante algún tiempo lo que podría denominarse "zoomfobia", pero como he encontrado casos en los que el zoom, lejos de ser un vicio comodón y chapucero (cuando no onanista), adquiría sentido (Rossellini) o era dosificado con elegancia y precisión (muchos italianos, de Visconti a Pasolini), no me permito descalificar a un director que se sirva de él (aunque yo en mi cámara no lo usaré jamás). Me cargan, como a todos los refractarios a la publicidad, las cancioncillas (hasta buenas) introducidas en plan videoclip, tan frecuentes en los 70, a veces con calzador, y aunque queden confinadas a los créditos. Pero eso no me convierte en abominables las películas (a veces muy buenas) a las que se le impuso tal peaje, a menudo en contra de los deseos de su director.

Tras leer a Bazin o las lecciones teóricas de Eisenstein recogidas por Vladimir Nizhny, y disfrutar películas de Welles, Mizoguchi o Preminger, y alguna de Hitchcock de los 40, se puede tener la tentación de exigir a todo el mundo que haga planos secuencia, o planos largos con profundidad de campo. Tras ver mucho cine soviético mudo, leer al primer Eisenstein o a Vertov, o embriagarse de Hitchcock, Bresson y algunas de Welles, se puede pedir o preferir lo contrario. Se puede, pero no se debe. Ni lo uno ni lo otro.

Y como creo que ya hay bastante autoflagelación y autojustificación, añadiré otra manía cinéfila bastante extendida, que yo comparto: la de hacer listas. Yo confieso que las hago, y no sólo de las mejores, sino de todas las que considero dignas de recordar (evidentemente por mí), año por año, y dentro de cada año en orden de preferencia. A veces, por países, por géneros, por zonas del mundo. Las hago, pero no las publico. Una lista seria da mucho trabajo, exige haber visto mucho y recordarlo, y requiere un gran esfuerzo de memoria, odiosas comparaciones, revisiones, revalorizaciones, y encima, siempre deja insatisfecho, aunque sólo sea por tener siempre que dejar fuera algo que a uno le entusiasma. Ese esfuerzo es útil, al menos para uno mismo, para establecer criterios y jerarquías, pero no puede ser normativo, y su resultado se devalúa si está rodeado de listas frívolas, caprichosas, ignorantes, partidistas, calculadoras, convencionales, consensuales o improvisadas.

Artículo no publicado. Escrito hacia 2010.

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