| "¡Qué grande es el cine español!" (22/04/1996) |
Debate en torno a la película 'Los Tarantos', de Francisco Rovira Beleta (1963).
***
Esta película, en su tiempo de gran éxito, y muy celebrada en ciertos ámbitos -aunque también despreciada en otros, y despachada por muchos como una típica "españolada"-, y que estuvo nominada para el Óscar a la mejor película extranjera, ha caído en el olvido de una forma sorprendente, hasta tal punto que una especie de "remake" realizado por Vicente Escrivá en 1988 o 1989 ni siquiera fue comparado con precisión con el modelo originario -al que, por lo demás, y pese al gran encanto de Esperanza Campuzano, no llegaba al tobillo-, al que nadie se hubiera atrevido a intentar suplantar de no estar tan totalmente olvidada y fuera de circulación la película de Rovira-Beleta.
Aunque a mí, personalmente, no me parece que esta película sea una maravilla, ni que esté a la altura de la mayoría de las que se han programado hasta ahora, creo que su revisión es extremadamente oportuna, y puede deparar alguna sorpresa, no sólo a los espectadores que no la hayan visto nunca sino sobre todo, probablemente, a los que la vieron en su momento sin apreciarla. Al contrario de lo que algunos han fingido creer, para atribuirnos un triunfalismo que no es sino entusiasmo selectivo y ecléctico, el título de este programa, mera adaptación del anteriormente dedicado al cine no español, no pretende que todo el cine español sea "grande", ni trata de hacer pasar por geniales todas las películas que presentamos y comentamos, sino simplemente como pruebas, muchas veces totales, en ocasiones sólo parciales, de que también el cine español ha tenido, tiene y puede alcanzar una grandeza que no es patrimonio exclusivo del cine de otros países.
En este sentido, la figura de Francisco Rovira-Beleta, muy mayor ya y de salud delicada desde hace años, y por ello hace mucho inactivo, merece un respeto y un interés que tienden a negársele, y dentro de su filmografía, en la que encuentro varias obras muy estimables e interesantes, junto a otras casi siempre ambiciosas pero menos logradas, y algunas de menos elevados objetivos, es muy posible que Los Tarantos sea la más conseguida, junto con La Dama del Alba (1965) y El amor brujo (1967), y eso que, de sus películas más antiguas, hace mucho que no vuelvo a ver Expreso de Andalucía, que me pareció bastante impresionante y que a lo mejor las supera.
Es cierto que Los Tarantos tiene en su contra, y quizá más todavía hoy que cuando se hizo, una especie de barrera de obstáculos que casi impide verla. Para hacerlo, es preciso superar una auténtica muralla de prejuicios, muy arraigados en la mayor parte de los espectadores españoles, sobre todo en los más cinéfilos, y que encuentran ampliamente donde apoyarse, dada la acumulación de convenciones que se dan cita en ella:
1º) por un lado, podría decirse, a primera vista, que es -y hasta cabe temérselo incluso sin verla- una más de las numerosas "películas de gitanos" que se han hecho en España, desde el cine mudo incluso, pero que van de la excelente Morena Clara de Florián Rey, rodada en 1936, a Alma gitana hoy mismo; no es que lleguen a constituir un "género", pero suponen una presencia intermitente pero casi constante en el cine español de todas las épocas, desde tiempo inmemorial, y casi ninguna consigue rehuir ciertos tópicos ni una serie de escenas aparentemente "obligatorias" e ineludibles, como si fuesen "pies forzados", entre las que cabría mencionar, sin ánimo de exhaustividad, las ceremonias nupciales (las muy vistas y vistosas "bodas gitanas"), las comprobaciones y proclamaciones de la virginidad de las novias, los tratos y negociaciones, las maldiciones que lanzan (generalmente las mujeres), los consejos y juicios de los viejos, las peleas a navaja, las manifestaciones de duelo, y, de forma genérica, los bailes y el cante.
2º) por otro, Los Tarantos cuenta una historia, mil veces repetida en todas las épocas y todos los países, basada vagamente -y aquí de un modo más bien preciso- en el Romeo y Julieta de William Shakespeare (véase a Antonio Gades como Mercuccio, a los Tarantos y los Zorongos como Capuletos y Montescos cuya enemistad obstaculiza el amor juvenil de una pareja que aquí se llama, sin tomar los nombres pero respetando las iniciales, Rafael y Juana). Hay millones de versiones, en géneros diversos, y varias con gitanos.
3º) además, y como una de las más famosas versiones de Romeo y Julieta, por entonces muy de moda, el West Side Story de Jerome Robbins & Robert Wise, y como casi todas las películas con gitanos, es en parte un musical, género que no sólo es en sí muy particularmente tributario de las convenciones, sino que tiende a apartarse del realismo, al menos ocasionalmente.
4º) por si fuera poco, la acción se desarrolla en pocos días y culmina en torno a la Nochebuena, con lo que cabe hacerse la idea de que la película de Rovira-Beleta es "pura imaginería" -aunque sea una mezcla muy lograda de varias imaginerías diferentes- y está llena de cosas -desde el enamoramiento inicial, que se ve venir, hasta el trágico final- que resultan previsibles, por sabidas, por convencionales, por tener incluso un carácter ritual.
Ahora bien, y contra lo que cabría esperar, Los Tarantos no es en absoluto una película "blanda" ni estetizante, en parte porque, al contrario, por ejemplo, que Saura cuando hace Bodas de sangre o El amor brujo (obra que, curiosamente, también filmó Rovira-Beleta, y mucho antes, en 1967, es decir, cuatro años después de Los Tarantos, aunque también es cierto que se le había adelantado Antonio Román en 1949), Rovira no cae en la solemnidad de la "alta cultura", eso que los americanos llaman high-brow, ni se deja arrastrar por las pretensiones artísticas y decorativas, sino que opta, sin olvidar un momento sus dimensiones míticas y teatrales, a las que se adscribe una parte de su cine, como La Dama del Alba, a veces combinada con el musical -como en El amor brujo-, y pese a contar con una base extracinematográfica previa menos famosa que García Lorca o Manuel de Falla y Gregorio Martínez Sierra (con o sin María Lejárraga), pero también "respetable" (Alfredo Mañas), por un enfoque low-brow, mucho más modesto pero también más anclado tanto en la realidad como en otra parte de su filmografía.
De ahí que Los Tarantos tenga un lado de thriller urbano-juvenil nada desdeñable, curiosamente no muy alejado de varias de las películas sobre delincuentes juveniles que hizo Nicholas Ray (They Live By Night, Llamad a cualquier puerta, el western Busca tu refugio y Rebelde sin causa), casualmente -aunque más bien como consecuencia de su permanente interés por los marginados, los incomprendidos y los perseguidos- uno de los raros cineastas americanos que han prestado atención al mundo de los gitanos (Hot Blood, 1956).
De ahí la energía, la rapidez narrativa, el ritmo trepidante, las elipsis, el carácter expeditivo y poco truculento o sangriento de la violencia -abundante-, la tensión, la crónica de sucesos en los márgenes de la legalidad y de la sociedad burguesa, y también lo que, a falta de un término mejor, calificaría de "suciedad", una falta de "pulido" y una rugosidad o aspereza que llamaban la atención ya en Expreso de Andalucía y que sorprende encontrar en lo que algunos acusaron de cine artístico-folklórico de exportación.
Actores -quizá no profesionales- como los que encarnan al viejo Zorongo y a Curro el Picao -cuyo nombre ignoro, aunque sus rostros me sean familiares-, Carmen Amaya, Sara Lezana, Daniel Martín y Antonio Gades, la fotografía del italiano -luego realizador- Massimo Dallamano, el uso de los zapateados y las palmas como tensante fondo musical, la descripción de la montaña de Somorrostro, del mercado, de la feria de ganado, de los bares, de una Barcelona casi desierta y nocturna, todo eso tiene hoy una fuerza documental que nada tiene que ver con las postales turísticas. Hay una extraña fusión de neorrealismo y musical, sordidez documental y lirismo, tristeza y vitalidad, poesía y rutina, que sorprendentemente funciona. Lo que me gusta más puede ser la muerte de Gades, sin un grito, casi imperceptible, a manos de Curro y delante de Rafael, o el momento en que, con unas inverosímiles mangueras que riegan de noche las Ramblas ya desérticas, el mismo Gades baila en solitario.
Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine español! (22 de abril de 1996)
No hay comentarios:
Publicar un comentario