Dado que, gracias a TVE, Raoul Walsh está de actualidad, resulta conveniente intentar situarlo en el panorama actual del cine. Para ello, nada mejor que su más reciente película, Una trompeta lejana, no sólo por ser una de las más personales que ha dirigido nunca, sino porque probablemente será la última, ya que, desahuciado por las compañías de seguros, hace cinco años que no logra hacer una película.
Ante tan sombría perspectiva, Una trompeta lejana se presenta como un "testamento", reflexión sobre el cine y sobre toda la obra que la ha precedido y cimentado, pero también sobre la vida y sobre el mundo, sobre la historia de la colonización de los Estados Unidos en su segunda etapa (no ya a manos de los ingleses, sino de los nuevos americanos despojando a los indios de sus tierras).
La película puede parecer, en muchos aspectos, un "remake" de una de sus obras más famosas y más importantes, Murieron con las botas puestas (They Died With Their Boots On, 1941), y así lo han entendido, esquemáticamente, los detractores de ambos films. Sin embargo, esto es un error de indudable gravedad, ya que Una trompeta lejana es, en realidad, una "revisión crítica" de Murieron con las botas puestas. Si el film de 1941 presentaba a George A. Custer como un héroe, en Una trompeta lejana se le califica de "fantasioso cuentista", y su personaje correlativo, Matt Hazard (Troy Donahue), es casi su reverso. Mientras que Custer aparecía como un arribista, ingeniosamente tramposo, que se tomaba muy poco en serio la disciplina y las enseñanzas de West Point, que lograba victorias desobedeciendo órdenes superiores (de forma que, si era un héroe, no cuadraba en absoluto con la noción de "buen militar" que se haría cualquier Estado Mayor) y que se sacrificaba en un insensato combate contra los Sioux (que se mostraban mucho mejores soldados), Hazard se presenta como un estudioso y cumplidor novato, apocado y respetuoso, que sólo tímidamente toma iniciativas propias, que no odia a los indios en absoluto y que, si bien como instructor resulta muy efectivo, es poco eficaz como guerrero. Desde la primera escena defiende a los indios, a los cuales el veterano general Quait (James Gregory) le ha enseñado a respetar y a admirar. Lejos de él cualquier instinto sanguinario, combate contra ellos guiado por un pasivo sentido del deber y de la disciplina, y llega incluso a rebelarse (magnífico puñetazo a un superior) contra el ejército cuando, tras tratar la paz con los apaches Chiricahua (que nos son siempre presentados con una gran dignidad y nobleza), se da cuenta de que el Gobierno ha traicionado a los indios y los conduce prisioneros a una reserva. Su trayectoria es, pues, similar a la del capitán Archer (Richard Widmark) en El gran combate (Cheyenne Autumn, 1964), de John Ford, film cuyo sentido es el mismo que el de Una trompeta lejana. En vista de la actitud de sus superiores, Quait y Hazard dimiten, rechazan condecoraciones y honores y, por medio de la Prensa, se disponen a defender a los indios. Esta presión sobre la opinión pública obliga al Gobierno a deponer su actitud reaccionaria (véase el secretario de la Guerra, a quien molesta incluso el teléfono) y racista. La victoria de Hazard y Quait no se sitúa, pues, en el campo de batalla, sino en el terreno político, no aniquilando al enemigo (como lo hubiera hecho Custer), sino logrando la paz.
Este es un film desmitificador ("jamás me habían engañado así desde que Horace Greeley me mandó al Oeste"), lúcido y amargo, de un hombre que se da cuenta de que el mundo ya no es como era, de que ya no es joven (el personaje de Quait representa, en este sentido, a Walsh) y que debe dejar paso a hombres e ideas nuevas. Es, por tanto, un film de retirada, en que todo se nos muestra con objetividad y serenamente (así, no se nos oculta lo trágico de la rendición india: las lanzas que caen al suelo, las patas de los caballos que borran los dibujos —la cultura— de la tribu, su lenta marcha al abandonar las cascadas terrosas y las arenas grisáceas de su campamento; como tampoco se nos dulcifica la rigidez de las ordenanzas militares: el desertor marcado a fuego). De ahí que la siempre clara planificación de Walsh alcance aquí una limpidez digna de los últimos Lang, sensible sobre todo en la batalla, en la que Walsh despliega un sentido táctico, topográfico y geográfico que la convierten en la más ejemplar de la historia del cine, ya que sin ayuda de mapas ni dibujos, comprendemos en todo momento el porqué de cada movimiento de los dos ejércitos que se enfrentan, sin perder nunca la orientación espacial. Por si todo esto fuera poco, el film cuenta con la mejor fotografía en color de William H. Clothier (con unos tonos ocres, naranjas, verdes, azules, grises y blancos insuperables), una de las mejores músicas de Max Steiner, un excelente guión (escrito con John Twist, uno de sus más íntimos colaboradores) y una inolvidable galería de personajes (sobre todo Suzanne Pleshette y su oponente, Diane McBain), excelentemente interpretados (de James Gregory a Claude Akins, pasando por Judson Pratt e incluso el blandengue Troy Donahue). Todo ello rodado con una sobriedad, una maestría, una sencillez y un entusiasmo que se explica fácilmente al ver fotos de Raoul Walsh, montado a caballo, dirigiendo la película. Es decir, contemplando con serenidad y lucidez un mundo y unos personajes, pero no desde fuera, sino desde dentro.
Por eso este film de retirada es un film victorioso, y merecedor del honor de ser la última palabra de ese gran cineasta que es Raoul Walsh.
En El Noticiero Universal (18 de abril de 1969)
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