The Last Picture Show (La última película, 1971) dio a conocer como director —aunque era su tercer largo— al crítico Peter Bogdanovich. Su éxito universal puso en marcha una carrera singularmente irregular, llena de altibajos y problemas, que trató de enderezar en 1990 con esta especie de "continuación" que es Texasville, a mi entender muy superior a The Last Picture Show y a todas las demás de Bogdanovich salvo They All Laughed (Todos rieron, 1981).
La novela de Larry McMurtry que catapultó a la fama a Bogdanovich hace veinte años describe las relaciones entre algunos habitantes de Anarene, Texas, en 1951. La acción de Texasville reencuentra a los supervivientes un cuarto de siglo después, aunque los actores que ha vuelto a emplear Bogdanovich tienen sólo diecinueve años más. En lugar del blanco y negro aún normal en 1951 —pero ya excepcional en 1971—, esta vez la película es en color, como era de rigor en 1976 y es todavía casi obligatorio hoy en día. Gana así Texasville una espontaneidad a la que también contribuyen la mayor experiencia y el desencanto cinematográfico de Bogdanovich, y la deliberada y saludable eliminación de toda referencia cinéfila, cuya abundancia resultaba abrumadora y postiza en la primera entrega de la crónica.
Texasville es más triste, pese a tener mucho más humor y no ocurrir nada trágico, sin duda porque los personajes están viejos y cansados, han perdido las ilusiones y el rumbo, y los Estados Unidos de 1976 se han degradado respecto a los de 1951. Ha desaparecido, además, el tono "retro" y nostálgico, excesivamente subrayado para mi gusto, de The Last Picture Show, bien porque Bogdanovich no añora 1976, bien porque está hecha con simplicidad casi documental, como si estuviese filmando la actualidad en lugar de una película "de época". Y ya no es preciso que los diálogos hagan explícito el tema de la película, ni que su trama ilustre el efecto disgregador, decepcionante y erosivo del paso del tiempo: su huella puede verse directamente en los rostros de los actores, en sus gestos, en su mirada, en sus silencios o lacónicas respuestas, en los recuerdos que, sin necesidad de flashbacks, compartimos con ellos. Es una película sumamente madura, tanto en lo que se refiere a la visión serena y nada ternurista de los personajes como en su estilo casi invisible, de un clasicismo no imitado sino conquistado, sin citas de Hawks, Ford o Minnelli: todos están, por fin digeridos. Quizá por referencia a la vida, y no al cine, Texasville ha pasado sin pena ni gloria, ante la indiferencia general, y no ha dejado rastro.
En “Todos los estrenos. 1991”. Madrid : Ediciones JC, diciembre de 1991.
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