Pese a que no todas las películas de Allen están logradas, y alguna me parece francamente fallida y hasta un error desde su propia idea inicial, y no salvado sino agravado durante la realización, es probable que de todas ellas —y son ya un montón— sea Interiores la peor recibida, la menos rentable, la más detestada y la menos recordada. Que su acogida fuese fría (como un jarro de agua) y reservada (la gente se mordía la lengua para no insultar al genio descubierto y proclamado justo con la anterior, Annie Hall) no es lo que me sorprende, ya que Interiors pilló a los críticos desprevenidos, y eso es algo que los profesionales del ramo no toleran. Lo que no debiera a estas alturas asombrarme, y sin embargo lo hace, es el poco interés que han mostrado por reconsiderar su juicio apresurado sobre tal película, tan parecida en forma, contenido y personajes a muchas otras de Allen, y sólo diferente en el género (no es una comedia, sino un drama Ibseniano-Strindbergiano-Bergmaniano) y en el tono (sobriamente serio); creo yo, e igual me equivoco, que frustraron para siempre una posible y muy personal veta dramática de Woody Allen; de haber sido acogida con menos desprecio e incomprensión, no me extrañaría que Allen fuese hoy muy raramente actor y con frecuencia un director de películas dramáticas de mayor alcance y variedad, y que hubiera conseguido, sin apenas esforzarse, no repetirse, hablar en tercera persona, proteger su intimidad con mayor éxito, y ser un cineasta de estatura considerablemente mayor, al no haberse convertido en un prisionero de sí mismo.
Ya sé que alguno dirá que es mi supuesto afán de llevar la contraria y de ejercer de abogado de causas perdidas lo que me lleva a defender Interiors. Lo siento, lo he hecho, bastante en solitario, desde el principio. Tal vez por no idolatrar a Allen, y por encontrar, junto a una mayoría de escenas admirables, cosas que me molestan o me irritan en Annie Hall —y, si lo pienso un poco, en casi todas sus películas, incluso las que yo mismo prefiero—, estaba más predispuesto a aceptar un brusco giro de tono. Puede que también porque nada puede extrañarme en Allen un lado dramático y seriamente desesperado —a fin de cuentas, he encontrado siempre mucha melancolía, desolación y soledad en casi todos los grandes cómicos: Laurel & Hardy, Chaplin, Keaton, Jerry Lewis, Tati; sólo los Marx parecen invulnerables—, y hasta cabe que no sea ajeno a ese interés por Interiors que prefiero, entre sus ídolos, que Allen copie a Bergman a que le dé por remedar al peor Fellini (el de Ocho y medio). El caso es que, ustedes me disculparán, siempre he encontrado Interiors una película admirablemente realizada, dramáticamente eficaz, sincera y emocionante; de gran belleza visual, con más orden y dominio que lo usual hasta entonces, con una dirección prodigiosa de los intérpretes (sobre todo, ciertamente, las actrices; pero también los actores, que sustituyen ventajosamente a Allen y no me hacen echarle en falta).
Interiors da la verdadera medida de la capacidad de Allen como director: contempla la acción desde fuera, sin confusión ni forzada (o dada por supuesta) complicidad con el que interpreta (y que contiene elementos autobiográficos) el propio Allen, que acababa de hacerse con las claves de su nuevo oficio (como demuestra la patente superioridad y soltura de Annie Hall frente a las anteriores), y eso le permite y obliga a la vez a dedicar más atención a los demás (y en particular a las mujeres) que a su propio ombligo; también le autoriza a presentar hombres con virtudes o defectos que, con su físico y su pinta, no serían plausibles en el suyo, lo que amplía su registro. Las unidades dramáticas del teatro clásico acuden, de la mano de Bergman si se quiere, puntuales a la cita; ayudan a Allen —que aún necesita adquirir cierta disciplina— a vencer sus tendencias centrífugas, su proclividad a la viñeta, de orígenes tan patentes (music hall, revista radiofónica, talk show televisivo) como poco conciliables con el cine sin un mínimo de reelaboración, que a veces requiere un marco engorroso y que puede ser un lastre para el ritmo.
Si Woody no hablase tanto, lo que le permitiría no dar constantemente el parte de sus preferencias actuales en todos los terrenos, y hubiera evitado cuidadosamente —lo que no es fácil con los operadores que emplea— toda semejanza de encuadres, composiciones e iluminación con su adorado Bergman, puede que alguien se hubiera olvidado del director de Fresas salvajes, La hora del lobo o Pasión —que entonces estaba poco de moda, más bien olvidado— y hubiera pensado, remontándose en el tiempo, en las películas de los años 30 y 40 de William Wyler, con las que tiene bastante más que ver, ya que hacían compatible una "escenificación" puramente cinematográfica con la concentración de las piezas de teatro bien construidas y un material humano y un bagaje de preocupaciones vitales puramente "americano", y más concretamente del Este de los Estados Unidos y sus ambientes más o menos cultivados (profesores de universidad, escritores y artistas en general, médicos, abogados, editores, actores, empresarios teatrales, algún que otro político), que Allen conoce y ha retratado en varias ocasiones.
Y, ya que su mera presencia provoca risitas, la ausencia de Allen era condición necesaria para que la película cobrara el tono serio, austero y hasta solemne que el drama que narra o expone requería. Para mí, pues, y más todavía que Annie Hall, Interiors confirmaba —y lo sigue haciendo hoy— que Woody es algo más que un cómico, que puede ser —si se lo propone y mantiene firme la decisión de aspirar a ese objetivo— un gran director de cine, es decir, alguien que, con ayuda de la cámara, es capaz de descubrir cosas de los seres humanos —reales o creados por su fantasía— que sin ella nosotros, los espectadores, no alcanzaríamos a vislumbrar o, mejor aún —puesto que nada es seguro— a intuir.
En Nickel Odeon nº 28 (otoño de 2002)
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